La gran República americana no es un Imperio de rapiña, una nación sin más ley que la fuerza, de esas que proceden en el curso de la Historia lo mismo que un bandido actúa en una carretera, apoderándose de la hacienda de los débiles porque son débiles. Muy al contrario, la historia de esta gran democracia abunda en esfuerzos y hazañas á favor de la libertad de los pueblos y la independencia de los humildes. Dicha historia habrá tenido eclipses, como la de todas las naciones; pero es indiscutible que los Estados Unidos arrostraron el peligro de morir despedazados y sostuvieron la más terrible de las guerras por suprimir la esclavitud de los negros, y hace pocos años vinieron desinteresadamente á batirse en Europa, llamando á su cruzada generosa «la guerra por la libertad del mundo».

El gobierno de Wáshington envió sus tropas á Filipinas para ayudar á los naturales en su guerra contra la metrópoli y para proteger su constitución futura de pueblo libre. A nadie se le puede ocurrir que la generosa democracia americana hiciese tal intervención para apoderarse simplemente de Filipinas y quedarse con el archipiélago, basándose en el bandidesco principio de que el más fuerte puede apoderarse sin escrúpulos de lo que pertenece á otros, aunque ellos no quieran. Esta política cínica fué la del Imperio alemán, y levantó contra ella la opinión de todo el mundo. Para seguir tan inmorales principios de derecho no valía la pena destronar á Guillermo II.

Apresurémonos á decir que los Estados Unidos jamás han manifestado de un modo preciso su voluntad de quedarse «para siempre» con Filipinas. Por el contrario, muchos de sus gobernantes y sus directores de opinión han reconocido á los filipinos la legitimidad de sus deseos en pro de la independencia. Lo único que discuten es la oportunidad de tal independencia, las condiciones actuales del archipiélago filipino para disfrutarla, creyendo que aún no ha llegado el momento de que este país, que tiene gran parte de su territorio en los albores de la civilización, pueda llevar la existencia de un pueblo libre y sin tutela.

Hay que añadir lealmente que el régimen dulce y tolerante seguido aquí por los Estados Unidos no se parece á la actitud que observan otras naciones en los territorios que dominan. Después de la ocupación militar, el gobierno de Wáshington dió al archipiélago un régimen puramente civil, y en tiempo del presidente Wilson, este régimen, cada vez más suave y transigente con los filipinos, se convirtió en una verdadera autonomía. Hoy Filipinas tiene una Asamblea legislativa, compuesta de un Senado y una Cámara de representantes, con ministros hijos del país que trabajan á las órdenes del gobernador general, quien es depositario absoluto del Poder ejecutivo. Pero con frecuencia surgen conflictos entre estos dos poderes, y los legisladores se colocan en actitud de protesta ante el gobernador enviado de Wáshington.

Un filipino ilustre, el gran orador Manuel Quezón, presidente actual del Senado, expresó el verdadero sentimiento de su pueblo al decir en uno de sus discursos: «No importa que sea suave el yugo de un poder extranjero; no importa que pese ligeramente sobre los hombros; si no está impuesto por la voz de su propia nación, el hombre no quiere, no puede ni cree ser feliz bajo tal peso.»

Todo el pueblo filipino piensa del mismo modo con rara unanimidad. Reconoce los beneficios de la dominación americana, agradece los esfuerzos hechos por ella para difundir la enseñanza, las obras públicas que lleva realizadas, la conducta benévola de las autoridades extranjeras en muchos asuntos... pero quiere la independencia.

Algunos filipinos conservadores intentaron crear partidos transigentes, poniéndose de acuerdo con las autoridades americanas; pero fracasaron por completo, faltos de apoyo popular. La Asamblea filipina, aunque compuesta de diversos grupos políticos, es en absoluto partidaria de la independencia, pues todos sus individuos comulgan en el mismo ideal. Cuando se realizan nuevas elecciones, únicamente triunfan los candidatos nacionalistas, que son los sostenedores de la independencia del archipiélago.

A los filipinos eminentes que trabajaron y murieron por la liberación de su país han sucedido otros muy jóvenes, que luchan con no menos entusiasmo, dentro de una política pacífica.

Pueden contarse á docenas los hombres notables de este movimiento. Sergio Osmeña, talento organizador, sabe razonar con una lógica avasalladora; Manuel Quezón, orador brillante, es el gran propagandista del nacionalismo. Para servir mejor á su patria aprendió el inglés, de tal modo, que puede pronunciar discursos en dicha lengua, y varias veces ha hablado en Wáshington ante los representantes del gobierno y en otras ciudades de los Estados Unidos, defendiendo la independencia filipina.

Es asombroso el espíritu liberal de la Constitución del pueblo americano, respetuosa para el pensamiento y su emisión como la de ningún otro país. Al amparo de ella los filipinos pueden abogar por su independencia y arbitrar toda clase de medios y recursos para conseguirla. Durante el gran banquete dado en mi honor por el Casino Español estuvieron sentados cerca de mí, en la mesa presidencial, varios almirantes y generales de los Estados Unidos que ejercen autoridad en Manila. Estos militares de la más verdadera de las Repúblicas escucharon con calma y respeto los razonados discursos de varios oradores filipinos proclamando la necesidad de independencia que siente su patria y su voluntad firmísima de trabajar por ella.