También son ardientes propagandistas el incansable Teodoro Kalaw, presidente del Comité «Por la Independencia»; el enérgico senador Alegre, que hizo sus estudios en España, y tantos otros que desisto de nombrar, pues su mención resultaría larguísima.

El general Wood, actual gobernador de Filipinas y hombre de sólida inteligencia, tiene un espíritu civil á pesar de su profesión de soldado. Habla el español con facilidad, pues lo aprendió en su juventud, y luego ha viajado mucho por la América de nuestra lengua y por España. Le conozco desde que fué candidato en 1920 á la presidencia de los Estados Unidos, y, como ya dije antes, me obsequió con un almuerzo en su palacio, cuyos salones conservan aún los retratos de los antiguos capitanes generales españoles. Sobre la puerta del palacio de Malacañang queda también un gran escudo de España. Los gobernadores americanos se han limitado á ensanchar el palacio, sin tocar un cuadro ni un mueble de la antigua casa del gobierno español.

Hablo con Wood y otros personajes americanos residentes en el archipiélago. Noto en todos ellos una simpatía sincera por los filipinos. El gobernador no formula la menor queja contra los partidarios de la independencia, á pesar de que en la actualidad, por la pugna entre el Poder ejecutivo y el legislativo, algunos de aquéllos le han atacado. Pero aquí los ataques no rebasan los límites de la política y jamás resultan personalmente ofensivos, lo que prueba una vez más la cultura de las costumbres.

Todos los americanos que trato en Manila muestran igual opinión. Nadie niega rotundamente el derecho de los filipinos á su independencia. Sólo discuten la oportunidad de esta independencia. No creen llegado el momento de reconocerla.

—Si abandonamos Filipinas—dicen muchos de ellos—el pueblo no podrá mantenerse independiente. Necesita un ejército, una gran marina, para guardar sus tres mil islas. A las puertas vive el Japón, ansioso de nuevas tierras para expansionarse. ¡Lo que tardaría á encontrar un pretexto, á inventar un conflicto para dejarse caer sobre este archipiélago!... Y si nosotros nos fuésemos, resultaría muy difícil que pudiéramos repetir la visita. En los Estados Unidos todo lo dirige la opinión, y es casi seguro que luego de habernos marchado, esta opinión nos impediría volver, no queriendo arrostrar los peligros y gastos de una guerra por un país abandonado antes.

Debo mencionar también lo que dicen los filipinos ansiosos de independencia. Los más instruidos encogen los hombros cuando les hablan de que una gran parte de su país está todavía á medio civilizar. Lo mismo decían los ingleses cuando se declararon independientes las colonias de América, teniendo á sus espaldas tres cuartas partes del actual territorio de los Estados Unidos ocupadas por tribus enteramente salvajes. El fantasma de la invasión japonesa no les impresiona gran cosa. Con una arrogancia caballeresca, que revela su antigua educación española, contestan simplemente:

—De ocurrir eso nos defenderíamos todos desesperadamente hasta morir.

Además, juzgan que no sería incompatible una completa independencia filipina con el estacionamiento militar de los Estados Unidos en este archipiélago, para tener una base fuerte cerca del Japón.

El argumento de que no están preparados para la independencia les hace sonreir. ¿Dónde está el reloj que marca la hora justa para tal reforma?... ¿Quién tiene el instrumento capaz de medir si un pueblo debe ser independiente ó no merece serlo todavía?...

Esto lo considero cierto. Nadie puede probar que es nadador ó no lo es mientras no se meta en el agua. Y para que un pueblo demuestre que merece la independencia, lo primero es dársela.