Viajando por estos mares es como se mide con exactitud la grandeza de los descubridores portugueses, dignos hermanos de nuestros descubridores y conquistadores de América.
Las grandes hazañas se aprecian mejor viendo el terreno donde se desarrollaron que leyendo su relato en los libros. Al navegar por las costas de la India, por el estrecho de Malaca, por los innumerables archipiélagos malayos que Reclús llama la Insulandia, se admira la audacia argonáutica de Gama, la energía colonizadora de Almeida y Alburquerque, el atrevimiento paladinesco de los capitanes lusitanos, que, semejantes á Cortés y Pizarro, se apoderaron de reinos importantes con unos cuantos compañeros de armas y unos pequeños buques, lo mismo que los héroes de las novelas de caballería.
En estos mares se desarrolló el episodio más trascendental de la historia humana. Un día, estando los portugueses en el archipiélago de las Molucas, cerca de Java, para cargar sus buques de especias—la mercancía más rica entonces, después del oro—, vieron asombrados cómo avanzaba hacia ellos un navío con cruces pintadas en sus velas cuadrangulares.
No venía del Occidente este buque de cristianos, ó sea de Portugal; se aproximaba por el Oriente, surgiendo de su inmenso y desconocido Océano. Era un resto de la flota de Magallanes, una nave española, al mando de Sebastián del Cano, que acababa de atravesar la ignota soledad del Pacífico dando la vuelta entera á la tierra. Los dos pueblos de la península ibérica, partiendo en opuestas direcciones, habían venido á encontrarse al otro lado del planeta. Su rivalidad en los descubrimientos sirvió para que los humanos conociesen la extensión y forma del globo que habitan.
Al recordar esto pienso en las afirmaciones absurdas que el apasionamiento religioso ha sugerido muchas veces á hombres superiores. El fanatismo hasta la ceguera no ha sido privilegio único de los católicos. Guizot, el seco é injusto protestante, afirmó que puede escribirse la historia de la civilización universal sin mentar una sola vez el nombre de España.
Evocan para mí estos mares el recuerdo de otros navegantes menos conocidos, héroes sin fortuna que fueron los últimos en la historia de los descubrimientos españoles. Abarco con la imaginación los archipiélagos innumerables de esta Oceanía, cuyos macizos más poblados vamos costeando.
Cuando los españoles, en el siglo XVI, habían tomado ya posesión de la mayor parte de América, quedaron muchos pilotos y soldados que, no contentos con los puestos que ocupaban en el llamado Nuevo Mundo, tendieron su ávida vista sobre el desierto del Pacífico. Un joven capitán, Álvaro de Mendaña, sobrino de un letrado virrey accidental del Perú, pudo formar, gracias á la protección de éste y á su propia fortuna, una pequeña flota, con la que se lanzó á realizar descubrimientos.
Después de sufrir grandes penalidades en la parte más desparramada de la Polinesia, donde las islas parecen insignificantes y perdidas como granos de arena, dió con el actual archipiélago de Salomón. Mendaña fué quien le puso tal nombre. Todos los navegantes de aquella época llevaban en su pensamiento la historia santa y el deseo de encontrar oro, acoplando inmediatamente ambas cosas á sus descubrimientos. Creyó de buena fe que estas islas cercanas á Nueva Guinea eran las visitadas por las flotas del rey Salomón para recoger en sus costas grandes cargamentos de oro. Repelido por los habitantes de dichas islas, que todavía son ahora antropófagos, hallándose con los buques maltrechos y sin bastimentos, Mendaña se volvió al Perú luego de llamar á una de las islas Guadalcanar y á otra Santa Isabel, nombres que aún conservan.
El rey de España le dió el título de Adelantado de las islas de Salomón, y con el resto de sus bienes pudo organizar otra flota, luego de casarse con una dama gallega, de carácter varonil, llamada doña Isabel Barreto.
Ésta se agregó á la expedición descubridora. Otras mujeres casadas con soldados y marineros se embarcaron igualmente para poblar las islas de Oceanía. Llevó Mendaña en tal viaje como piloto mayor al portugués Pedro Fernández de Quirós, navegante algo místico, que recuerda por su carácter raro y contradictorio la figura de Colón, como una copia borrosa puede recordar al original. Esta segunda flotilla, por circunstancias que no son del caso relatar, no volvió al archipiélago de Salomón.