Apreciamos este mundo insular con una serenidad sintética y divinamente superior á causa de nuestra situación. Somos ahora la inteligencia que aprecia las cosas desde lo alto y pasa adelante, insensible á las influencias del medio. Desembarcados en cualquiera de dichas islas resultaríamos á los pocos meses uno más dentro del grupo humano que la habita, sentiríamos la servidumbre del ambiente, se nos impondrían con la fuerza del pasado personas y cosas. Pero vamos montados en una caja de hierro, con agujeros redondos para ver y respirar, la cual lleva una hoguera en sus entrañas y vence momentáneamente las influencias esclavizadoras del tiempo y del espacio.

Pasamos á través de sociedades humanas que se mueven siglos y siglos en el redondel aislado de estos oasis terrestres perdidos sobre el desierto salobre. Dichos pueblos insulares no son para nosotros más que un accidente de viaje. Los vemos como Gulliver á los pigmeos, y esta momentánea superioridad nos permite apreciar por comparación la pequeñez y monotonía de la historia general de nuestra especie.

Todas estas islas que viven breves horas ante nosotros y luego se disuelven, han tenido dioses que hablaron con voz de trueno entre las nubes de la gran montaña, santos que realizaron milagros, déspotas que las hicieron sufrir los martirios de una autoridad falsamente paternal, y recuerdan tal vez con orgullo las hazañas de algún jefe victorioso que arrastró las muchedumbres á la muerte. Todas ellas han visto nacer á un Napoleón, y sus habitantes se consideran los primeros hombres de la tierra, despreciando á los de la isla de enfrente por una inferioridad que justifica su deseo de esclavizarlos.

Nosotros también apreciamos orgullosamente la superioridad de nuestra isla flotante, en la que se juntan todas las maravillas de la civilización, comparándola con estas islas inmóviles, sujetas al fondo oceánico por raíces de granito ó de coral y que guardan estacionariamente los modelos más rudimentarios de la sociabilidad humana... Luego, un sentimiento confuso de justicia nos hace dudar de nuestro momentáneo orgullo de semidioses navegantes. ¿Qué somos verdaderamente?... Ochocientos seres humanos, entre señores y servidores, metidos en una caja férrea y llevando con nosotros un cementerio de animales puestos al frío para que puedan alimentarnos con sus cadáveres. Una música anima nuestras digestiones y sirve para que los aficionados á la danza puedan dar saltos y sientan el cosquilleo de la sensualidad después de las cinco comidas rituales.

Por arriba poblamos el azul oceánico de alegres ritmos y lo entenebrecemos con el humo industrial, residuo de fuerzas domadas que han transformado nuestra vida parasitaria sobre la corteza del planeta. Por abajo suelta nuestra isla obscura el sucio arroyo de unas aguas que han barrido todos los lugares cerrados, viles receptáculos de la humana miseria. Una estela de cajones y latas que contuvieron los medicamentos contra nuestra eterna enfermedad, el hambre, va marcando el paso del buque sobre esta llanura móvil y profunda, que es á la vez vieja como el mundo y pueril como los primeros vagidos de la vida planetaria.

Corta mis reflexiones un repique de campanas. Dentro de la garita en forma de púlpito que existe en el mástil de proa para que el vigía atalaye el mar durante la noche, un grumete mueve las dos campanas que sirven ordinariamente para marcar las horas de servicio á los diversos «cuartos» en que se divide la tripulación. Este repique me hace saber que estamos en domingo y son las diez de la mañana.

Un campaneo semejante al de una iglesia anuncia los oficios divinos todos los domingos. En el gran salón un oficial con uniforme de gala lee las plegarias, y la mayoría de los viajeros, libro en mano, canta.

Estamos ante las costas de Borneo. La melodía lenta y solemne de los corales evangélicos empieza á extenderse sobre el mar. Éste es ahora de un azul obscuro, erizado de pequeñas protuberancias angulosas, como si en pleno sol cayese sobre él un aguacero invisible. Senderos de azul más claro y completamente liso serpentean sobre su lomo como si fuesen ríos, revelando la existencia de ocultas corrientes.

El recuerdo de Filipinas, que va alejándose á nuestras espaldas, y la cercanía creciente de Java, cuyo misterio pretendemos imaginar, lleva nuestro pensamiento hacia los europeos que navegaron por primera vez en estos mares incógnitos y pusieron sus pies sobre las tierras oceánicas, innumerables ínsulas de misterio.

Java fué de los portugueses, como las Molucas, Sumatra, Ceilán y tantas otras tierras que están ahora cada vez más cerca de nosotros. Holanda, aprovechando su guerra con España, se apoderó en el siglo XVII de casi todas las posesiones portuguesas en el Oriente asiático. No hay que olvidar que Portugal había sido anexionado á España en dicho período, y precisamente bajo el dominio de los Austrias españoles fué cuando sufrió tan enorme despojo.