Seis días va á durar nuestra navegación entre Manila y las costas de Java. En esta travesía cortaremos la línea ecuatorial, y como son muchos los viajeros que no han pasado dicha línea, los organizadores de fiestas del Franconia preparan su bautizo.

Conozco de sobra esta mascarada marítima que se desarrolla en los buques al pasar el Ecuador. Siete veces he ido de Europa á la América del Sur y otras tantas he hecho el viaje de vuelta. Como no me interesan los desfiles de ondinas y tritones acompañados de estridentes músicas, el cortejo burlesco de Neptuno, la inmersión de los neófitos en un estanque improvisado y demás ceremonias burlescas que van á entretener á los pasajeros durante un par de días, huyo de tales festejos, refugiándome en la cubierta más alta, como lo hacen otros que también están cansados del rito ecuatorial.

Compensa con exceso el espectáculo del mar la monotonía de nuestras horas solitarias. Cruzamos una de las secciones del Pacífico más hermosas y menos frecuentadas. La gran corriente de la navegación, al venir de Hong-Kong ó Manila, tuerce hacia el Oeste buscando la puerta del estrecho de Malaca, ó sea Singapore. Nosotros seguimos rectamente hacia el Sur, cortando la línea ecuatorial por una ruta que únicamente siguen los contados barcos que desde la China ó el Japón van á Java.

El mar es de un azul intenso, como si fuese sólido. Las nubes, bogando aisladas en el cielo esplendoroso, también son de una blancura tan espesa que parecen talladas en mármol, como las que figuran en los altares. Saltan ante la proa enjambres de peces voladores. Agitan sus alas unos momentos, y al volver á caer, parece que forcejean para introducirse en el agua, como si la taladrasen. A un lado del buque, el mar es de un azul compacto y mate; en el opuesto centellea como una llanura sembrada de espejos rotos. La atmósfera, cada vez más caliente, da un aspecto de solidez á la materia líquida y la materia gaseosa.

Transcurren los dos primeros días sin que veamos en el inmenso redondel, del que somos eterno centro, una blancura de vela, un hilillo de vapor. El Océano parece de una majestad sin objeto dentro de esta calma desierta.

Pienso que nunca volveré á pasar por aquí. La líquida llanura ecuatorial parece creada únicamente para los que permanecemos horas y horas en la solitaria cubierta con un codo en la barandilla y el rostro sobre una mano, embriagándonos de azul, de sol y de silencio. Pero nosotros desapareceremos y las olas seguirán hinchándose en aristas infinitas, y los peces continuarán sus saltos voladores, y se repetirán las albas y los ocasos. Y cuando, transcurridos los siglos, no quede un hueso ni tal vez dos moléculas juntas de la materia que forma ahora nuestros cuerpos, se reproducirá igualmente este espectáculo que nuestra vanidad humana se imagina fabricado expresamente para admiración y recreo de los animalillos razonantes que pasamos metidos en una especie de dedal.

El día antes de la fiesta de la Línea y los días siguientes navegamos entre islas. En estos parajes de la Oceanía próximos al macizo asiático las hay á cientos y á miles. Unas pocas alcanzamos á verlas con nuestros ojos. Detrás de ellas adivinamos con la imaginación toda la infinita variedad del continente esporádico de la Malasia.

Algunas son picos de sombrío rosa, que emergen del mar con gorgueras de espuma. Otras extienden una sucesión horizontal de montañas y playas. Estas últimas no se ven á cierta distancia y las montañas parecerían islas sueltas á no ser por las filas de cocoteros que surgen de la orilla arenosa. Sus troncos delgados se disuelven en el azul del cielo; sus copas robustas parecen hileras de embarcaciones negras flotando sobre el mar.

Más adentro de las costas y empalidecida por la distancia, hay siempre alguna montaña envuelta en nubes que aún parece más enorme por su aislamiento; cono de volcán dormido hace miles de años. Los naturales de la isla han poblado seguramente esta altura inaccesible con dioses y demonios, dedicándoles sacrificios humanos desde el principio de su historia. Siglos de guerras y matanzas han venido desarrollándose sobre estos fragmentos de tierra, por los consejos y mandatos de los habitantes de la Montaña Sagrada. Es todo un mundo igual al nuestro, pero dentro de marco más reducido.

La isla queda atrás. Sólo es ya una mancha sombría, una nube á flor de las aguas azules; luego se borra para siempre. Vienen al encuentro de nuestra proa nuevas montañas con su cúspide envuelta en vapores, nuevas arboledas bajas que parecen flotar sobre el horizonte, nuevas bocanadas de perfume vegetal, caldeado por el sol y salado por la respiración oceánica.