Es una obra de paciencia y de tenacidad. Esta lucha pacífica va á durar muchos años; pero vencerán finalmente los filipinos si el entusiasmo que muestran ahora no es una ráfaga estrepitosa y pasajera; si desafían al cansancio, si no se desalientan ante lo largo del camino, y acaban por convencer al pueblo americano de que son dignos de obtener su independencia, provocando uno de esos arrolladores y generosos movimientos de opinión tan frecuentes en la vida de los Estados Unidos.
Como dicen los cabalgadores de las llanuras sudamericanas: «Es asunto de ver á quién de los dos se le cansará antes el caballo.»
XV
EN EL MAR DE LA INSULANDIA
Un guerrero del aire.—El paso de la Línea.—Desfile de oasis montañosos sobre el desierto azul.—La historia del mundo reproduciéndose en cada isla.—Epopeya de los descubridores portugueses.—Lo que vieron un día en las Molucas.—Encuentro de los dos pueblos ibéricos al otro lado del planeta.—Los últimos héroes españoles del ciclo de los descubrimientos.—Mendaña y el oro del rey Salomón.—Una flota mandada por una mujer.—La almiranta doña Isabel.—El místico Quirós.—Llegada de la reina de Saba á Manila.—Los elefantes don Pedro y don Fernando.—Los descubridores de «Australia Ignota».—«Austrialia del Espíritu Santo».—El piloto Torres, primer explorador de las costas australianas.
Desde la barandilla de una cubierta saludo á los grupos de filipinos y españoles que han venido á despedirnos. El muelle está repleto de gentío. Los vendedores tagalos ofrecen pesados machetes, lanzas y espadas flamígeras de los moros de Joló, primorosos encajes manileños, cajitas fabricadas con fibras del país, y mis compañeros de viaje adquieren estos recuerdos de su paso por la isla de Luzón.
Estrecho una vez más la mano de Potous, cónsul de España, que empezó su carrera como magistrado, del conde de Paracamps, español de espíritu progresivo y el más notable organizador que existe en Filipinas, del ilustre periodista Romero Salas y otros amigos.
Unas señoritas vestidas de labradoras valencianas me entregan cestos de flores. La colonia española, como recuerdo de mis dos conferencias, me sorprende con un magnífico regalo. Recibo el saludo de varias damas filipinas que llevan el traje nacional. Unas son directoras de colegio, otras desempeñan cargos en la administración de justicia, lo que demuestra la cultura de la mujer en este archipiélago.
Parte el Franconia entre aclamaciones. Al mismo tiempo la atmósfera se conmueve con un estrépito mecánico que parece ahogar los gritos de la blanca muchedumbre agrupada en los muelles. Media docena de aeroplanos militares evolucionan sobre nuestro buque, acompañándolo durante su navegación por la bahía.
Viene con nosotros hasta Calcuta el general Mitchel, jefe de la aviación americana, que en el último período de la guerra europea mandó las fuerzas aéreas de todos los aliados. Es un hombre todavía joven y habla correctamente el español por haber vivido en distintas repúblicas de América. Luego de pasar varias semanas en Manila, continúa su viaje alrededor del mundo, estudiando la aviación de las naciones y colonias de Asia.
Este guerrero de la atmósfera me expone con voz dulce de poeta una serie de «anticipaciones» capaces de asombrar á la imaginación mejor preparada. Así me entero de cómo el avión ha cambiado completamente la guerra, cómo acabará por hacerla imposible, cómo podrá igualar tal vez un día su velocidad con la del curso del sol, dando las escuadrillas voladoras la vuelta á nuestro planeta sin dejarse alcanzar por la noche.