Ansioso de hacer saber á sus protectores los descubrimientos que llevaba realizados, abandonó á los otros buques de su flota, volviéndose á Méjico y pasando de allí á España. El resto de su vida lo empleó en solicitar recursos para una nueva exploración, pero todos se habían dado cuenta del verdadero carácter de este hombre y murió sin conseguir sus deseos.

Su segundo era un piloto de gran mérito, Luis Vaez de Torres. Al verse abandonado por Quirós tuvo que buscar refugio en Filipinas, pero antes exploró las costas de Nueva Guinea y de Australia, y todavía se llama de Torres el estrecho encontrado por él entre estas dos islas enormes.

Un siglo antes de que los holandeses creyesen descubrir Australia por primera vez, llamándola Nueva Holanda, así como otras tierras inmediatas, los españoles habían ya navegado frente á sus costas, desembarcando en ellas, faltos de víveres, para traficar con los naturales.

XVI
EL PAÍS DE LAS ESPECIAS

La vieja Batavia y la famosa Compañía de las Grandes Indias.—Cómo vivió Java dos siglos y medio de colonización holandesa.—Opulencia de Batavia.—Abundancia de dinero y de enfermedades mortales.—El monopolio de las especias.—Destrucción de artículos para mantener su escasez.—Las ciudades-jardines de Weltevreden y Micer Cornelius.—Una plaza de un kilómetro cuadrado.—El país del «batik».—Muchedumbres hermosas y colorinescas.—El dulce mahometismo del pueblo javanés.—Facilidad de las javanesas para desnudarse.—El turbante y los pies descalzos.—Baño de las mujeres en las calles.—Dos condiciones exigidas por los antiguos javaneses para dejarse matar tranquilamente.—El «traidor» Erberfeld y su eterna execración.—Reparto equitativo de las vergüenzas del pasado.

Al detenerse el Franconia en Tandjong Priok cae sobre nosotros el calor ecuatorial con toda su húmeda pesadez. Nos hallamos á unos cuantos grados nada más de la Línea, en una ribera de Java, entre terrenos de verdura exuberante pero bajos y casi anegados.

Batavia, la antigua metrópoli javanesa, está á varias millas del mar. Un canal navegable permitía la llegada hasta cerca de sus almacenes á los navíos de otros tiempos, que eran de poco calado. Hoy los vapores quedan en el puerto moderno de Tandjong Priok y por el canal sólo navegan sampanes del país y rosarios de lanchones tirados por remolcadores.

Ver Java fué uno de mis mayores deseos al emprender el viaje alrededor del mundo. Siempre leí con predilección los relatos escritos en pasados siglos sobre esta isla inagotablemente productora. Ya he dicho cómo los holandeses se la arrebataron á los portugueses en 1600, lo mismo que Sumatra, las Molucas y otros archipiélagos inmediatos. Los reyes indígenas, quejosos de la dominación portuguesa, se aliaron con los holandeses, y su auxilio fué decisivo para que éstos se apoderasen del país. Al poco tiempo se convencieron de que sus nuevos dominadores no eran preferibles á los antiguos. Holanda cedió á una sociedad mercantil el gobierno y explotación de sus colonias oceánicas, y ésta se hizo famosa en la Historia con el título de Compañía de las Grandes Indias.

El actual gobierno de los holandeses en Java es dulce, tolerante, progresivo, y ha realizado grandes obras; pero el período de 1600 á 1860—más de dos siglos y medio—, que fué el de la Compañía de las Grandes Indias y otras organizaciones sucesoras de igual carácter, puede considerarse como la muestra más completa que se conoce de colonización ávida, cruel é inexorablemente mercantil. Todos los defectos probados ó problemáticos de la colonización española en América pierden importancia si se les compara con la dureza explotadora de la célebre Compañía en sus posesiones oceánicas.

Un gobernador enviado de Holanda reinaba como monarca absoluto sobre todas las islas. Este personaje sólo se dejaba ver en una carroza dorada con tiro de seis caballos, escoltada por oficiales y precedida de varios negros armados de cachiporras de plata, dispuestos á golpear al que no hiciese alto reverentemente y saludase doblando el espinazo. Los criollos ricos y los holandeses que iban en carrozas más modestas debían echar pie á tierra con sus mujeres é hijos para unir sus encorvamientos á los de la muchedumbre. Este virrey tenía un Consejo de diez y seis ministros, llamados edel-heers, ó sea consejeros de Indias, que no por ser secundarios resultaban menos temibles. Los que de ellos no gobernaban por delegación en Macasar ó alguna otra capital isleña y permanecían en Batavia, podían usar también carroza dorada, pero de cuatro caballos, y los propietarios de los otros carruajes debían ponerse de pie para saludar á Sus Excelencias.