Todas las Indias holandesas estaban organizadas como una oficina mercantil. El ejército, cuya oficialidad era en gran parte extranjera, dependía de los funcionarios civiles. Éstos veían designados los cargos de su escalafón en términos comerciales. Los más modestos se llamaban asistentes, y al ascender obtenían los títulos de tenedor de libros, submarchante, marchante, gran marchante y gobernador. Dichos grados civiles tenían sus correspondientes uniformes y gozaban de honores militares. El empleo de gran marchante estaba asimilado al de teniente coronel, submarchante equivalía á capitán, y tenedor de libros á teniente.
En ningún país de la tierra corrió el dinero como en la antigua Java; más que en Méjico y en el Perú, á raíz de la explotación de minas famosas. Los empleados percibían anualmente gratificaciones ocultas que representaban veinte veces el valor de sus sueldos. La Compañía no necesitaba cuidarse de la moralidad de ellos para mantener sus ganancias. Hubo años en que sus accionistas recibieron dividendos de 60 por 100.
La riqueza de este país consistió principalmente en la explotación de las especias. Al quedar los holandeses dueños absolutos de las Molucas, dominaron los mercados del mundo como únicos vendedores de tales materias. Nadie las poseía fuera de ellos. Los ingleses aún no les habían arrebatado Ceilán ni intentado el cultivo de las especias en sus colonias.
Deseosa la Compañía de mantener la rareza de tales productos, se valió de un sistema brutal. Todos los años cargaba en los navíos holandeses las especias que consideraba necesarias para el consumo de Europa, quemando á continuación el resto guardado en sus almacenes. Con el deseo de asegurar más aún su monopolio, decretó en cada isla un cultivo único. Sólo permitía á Ceilán que recolectase la canela. Las islas Banda eran las únicas que podían cosechar la nuez moscada. Amboine y otras tierras inmediatas tuvieron el monopolio del clavo de olor. Anualmente sus comisionados recorrían las islas con destacamentos de tropas, arrancando y quemando los árboles de especias en los lugares no autorizados para su cosecha. También repetían tal destrucción al encontrar, por ejemplo, árboles de canela en una isla solamente autorizada para recoger el clavo. Como el consumo de los europeos no exigía grandes cargamentos á causa del enorme precio de tales materias, el trabajo de la Compañía durante muchos años consistió especialmente en destruir los productos, para que no se generalizasen y abaratasen.
La situación exacta de los centros de especiería era un secreto de Estado. Los funcionarios, al irse de Java, debían hacer entrega de los planos y todos los papeles concernientes á dicho emplazamiento. Todavía en los primeros lustros del siglo XIX, un vecino de Batavia fué azotado, marcado con un hierro candente y relegado á una isla casi desierta, por haber hecho ver á un inglés un mapa interior de las islas Molucas.
Otro motivo de opulencia para la antigua Batavia fué que comerciantes y funcionarios enriquecidos en el país no lograban fácilmente volver á Europa con su fortuna. Los giros sólo podían hacerse por medio de la Compañía, y ésta tasaba á cada habitante el dinero que podía enviar fuera de la isla. Además, como la moneda javanesa era emitida por la misma Compañía, experimentaba un enorme descuento al pasar á Europa.
Fácil es imaginarse cómo sería la vida dentro de esta ciudad colonial, abundante en ricos que no sabían cómo gastar su dinero y sometida á una autoridad despótica. Todos los viajeros, hasta principios del siglo XIX, se hicieron lenguas de la opulencia de Batavia. Hoy parece una ciudad moribunda. Se desdobló hace un siglo, creándose á corta distancia de ella la ciudad de Weltevreden, y ésta, á su vez, tiene una prolongación que se llama Micer Cornelius. Las tres ciudades, Batavia, Weltevreden y Micer Cornelius, ocupando un área enorme, forman unidas la gran metrópoli javanesa.
Insisto en la extensión de su área. Hay que acostumbrarse á las modalidades de este país para saber cuándo se halla uno dentro de una ciudad ó en pleno campo, Corre el automóvil por amplias avenidas orladas de árboles grandiosos, como sólo pueden desarrollarse en estas tierras solares y fecundas. A un lado y á otro se extiende la vegetación de frondosos jardines, abundantes en flores. Y al preguntar el viajero cuándo llegará á la ciudad, le contestan que hace una hora que está dentro de ella.
Las avenidas son calles y los jardines son casas. Todo vecino tiene en torno á su vivienda un gran espacio de tierra, hermoseado por los olores y perfumes de la flora tropical. Como en este país de terremotos no pueden construirse edificios altos, las casas, de un solo piso, levantadas sobre plataformas, por elegantes y cómodas que sean, permanecen casi ocultas bajo el ramaje de los árboles. Hasta en muchas calles las tiendas están en el fondo de jardines. Únicamente en la vieja Batavia, construída con arreglo al gusto de otros tiempos, y en el centro de Weltevreden, abundante en comercios modernos, se encuentran plazas y calles cuyos edificios están unidos y sin jardín, dando las fachadas sobre la acera para lucir sus escaparates.
La vieja Batavia, tan hiperbólicamente descrita por los viajeros de hace un siglo, resulta pobre y decadente en la actualidad. Establecida sobre terrenos bajos próximos al mar y cortada por las acequias naturales de su desagüe, todavía los holandeses, con la nostalgia del colono que recuerda á todas horas la patria lejana, abrieron canales artificiales en sus vías más céntricas, á semejanza de los de Amsterdam. Inútil es decir lo que representan estas vías acuáticas en el interior de una ciudad, y bajo una temperatura extremadamente cálida, para la reproducción de los mosquitos. Con motivo fué reputada Batavia como una de las ciudades más insalubres del mundo. Los holandeses se enriquecían en ella con rapidez, pero morían no menos aprisa.