Vamos á Garoet, hermoso valle del interior de Java, situado á gran altura, lo que le hace ser deseado por los que sufren el clima abrumador de los terrenos bajos próximos al mar. Hasta de Singapore vienen muchas gentes quebrantadas por la temperatura ecuatorial para vivir unos meses en sus sanatorios y hoteles. Seis horas de ferrocarril necesitamos para llegar á dicha población, y durante su trayecto cambian los paisajes á medida que el tren va ganando altura de valle en valle.

Isla estrecha y larga, tendida exactamente de Este á Oeste, tiene Java una cordillera de volcanes muertos que es como su espina dorsal; pero esta barrera montuosa nunca fué un obstáculo para la vida de los naturales. Cortada casi simétricamente por numerosos pasos, les resultó fácil á los primitivos javaneses y á los navegantes malayos que se esparcieron por sus costas trasladarse de la ribera Norte á la del Sur para la explotación de sus terrenos feraces. Merced á esta facilidad topográfica, á la fecundidad del suelo y la dulzura del ambiente, Java ha sido en todo tiempo el país más poblado de la tierra. Tiene hoy 35 millones de seres, y en muchos de sus distritos se cuentan más de 600 habitantes por kilómetro cuadrado, cifra que no alcanza ninguna de las naciones de Europa.

Todas las colonias actuales holandesas que fueron antiguamente de la Compañía de las Grandes Indias representan una población de más de 50 millones de seres. Esto da á Holanda, que aparece en Europa mediocremente representada por la extensión de su territorio y la cantidad de sus habitantes, un aumento enorme de poder, económico y político.

La exuberancia de población la nota el viajero, especialmente, fuera de las ciudades. En otros países los campos están casi siempre solitarios, y hay que preguntarse quién pudo abrir los surcos y sembrar las llanuras que se muestran cultivadas. Sólo de tarde en tarde llega á verse algún hombre que trabaja, encorvado sobre la tierra, ó guía bestias de labor. En Java los caminos parecen calles, y sobre algunos campos se aglomera la gente lo mismo que si fuesen plazas.

No hay estación de ferrocarril, por modesta que sea, que no tenga en sus muelles una muchedumbre. La moderna colonización holandesa ha trazado una red de líneas férreas, excelentemente construidas, por las que circulan numerosos trenes. Son ferrocarriles como los de Europa por su material y su servicio. Sólo el gentío que llena los vagones nos hace recordar que estamos en Java; multitudes vestidas de batik con una riqueza colorinesca, semejante á la de las flores de sus jardines, y una parte considerable de sus cuerpos en tranquila desnudez.

El viaje á Garoet nos permite apreciar directamente la riqueza de Java y el trabajo de las muchedumbres laboriosas que surgen de todas partes, como las procesiones de un hormiguero.

Son arrozales los más de los campos, lagunas fangosas de una horizontalidad que se pierde de vista. Parejas de carabaos labran esta tierra medio líquida. Tienen los cuernos blancos y casi rectos. Su piel es obscura y lustrosa, como la del elefante y el hipopótamo. Avanzan con un esfuerzo tenaz, sudorosos bajo el sol tórrido, y cuando se detienen junto á una charca, sus dueños meten un cubo en el agua rojiza y bañan sus lomos y flancos, lo que los hace brillar por unos segundos como si fuesen tallados en azabache.

Los hombres van desnudos, con sólo un trapo entre las piernas. Sus espaldas son de bronce dorado. En la cabeza llevan un sombrero de paja del tamaño y la forma de una sombrilla japonesa. Formando largas hileras se encorvan y se alzan á un mismo tiempo cavando el barro. Las hembras se unen á ellos para realizar la misma operación, y desde lejos el grupo laborioso toma el aspecto de una orla de flores por sus pañales de batik rosa, azul, rojo ó azafrán.

Muchos han llamado á Java la Isla del Paraíso, y no resulta hiperbólico tal título en los valles situados á cierta altura sobre el mar, donde el clima es más dulce que en las tierras vecinas al Océano.

Tienen los caminos un color rojo obscuro de sangre coagulada. Ríos y arroyos son de un rojo más brillante y claro, igual al de la sangre fresca. Estos colores ardientes contrastan con el verde temblón de las plantas de arroz, el verde charolado de los plataneros y otros árboles frutales en torno á las viviendas, y el verde amarillento con reflejos metálicos de los matorrales y palmeras que cubren los terrenos sin cultivar. En otros países tropicales los bosques son leñosos, de escaso follaje, con las ramas atormentadas, torcidas, recias. Aquí se muestran siempre frescos y tiernos. Las hojas están impregnadas de humedad y bajo su sombra conserva la tierra una blandura rezumante de esponja. Las prolíficas fuerzas de este clima no dejan libre de germinación una pulgada del suelo. La verdura lo invade todo, agitando sus penachos de flores naturales. Solamente los caminos y las vías férreas dejan ver el color de la corteza terrestre, mas para esto es preciso que los limpien casi todos los días.