Llegamos á Garoet. Antes de instalarnos en esta población, donde pasaremos la noche, vamos á correr un espacio de treinta kilómetros alrededor de ella para visitar sus lagos, que son antiguos cráteres de considerable profundidad acuática.

Varios automóviles nos llevan en fila veloz por unos caminos anchos y orlados de árboles gigantescos. Nos detenemos algunas veces en pequeñas aldeas para ver sus viviendas, con tabiques de fibras trenzadas y el piso á dos metros del suelo, montado sobre pilotes. Todas las casas javanesas se hallan en alto, á causa de la humedad del suelo y para defensa de los reptiles é insectos que tanto abundan en estos países cálidos de vida animal exuberante.

La gente sale á las puertas de sus chozas con una desnudez paradisíaca. Hombres esbeltos, de fuerte musculatura, miran con timidez casi infantil á las extranjeras que los examinan desde lo alto de sus automóviles. Algunas les hacen señas para que permanezcan quietos mientras preparan su máquina fotográfica.

Numerosas madres de familia se han despojado de su corta blusa y llevan por toda vestimenta un pañal colorinesco, que las cubre del bajo vientre á la mitad de las piernas. Hasta el ombligo todo es cara en ellas, y al hablar al extranjero casi lo tocan con sus exageraciones pectorales, firmes y puntiagudas. Muchas jovencitas van á estilo de muchacho, sin otra ropa que un simple calzoncillo, conmoviendo inconscientemente á los mirones con su desnudez dorada de Tanagra.

Ocupo uno de los automóviles, con una señora y su doncella, y los tres nos aburrimos de seguir á los demás vehículos que marchan en fila por los bordes monótonos de un lago. Con gestos más que con palabras, expresamos el deseo de volver á Garoet á nuestro chófer, javanés de unos diez y siete años, descalzo, con birrete redondo y pantalones blancos. A su lado lleva un ayudante de la misma edad é igual pergenio. Ninguno de los dos sabe expresarse más que en el idioma de la isla.

Los antiguos holandeses tuvieron buen cuidado en no enseñar su idioma á los naturales. Es más, consideraron delito el conocimiento de la lengua neerlandesa, mirando como sospechoso á todo indígena que la aprendía. ¡Quién sabe si con esta bárbara precaución, que estableció un abismo profundo entre gobernantes y naturales, impidieron el crecimiento de ese espíritu separatista que surge en todas las colonias, cuando el mestizo aprende lo mismo que el blanco y se considera igual á él!... Sólo hace pocos años permitieron los dominadores de la isla que los javaneses aprendiesen el holandés.

No conocen los dos muchachos del automóvil otra lengua que la de su provincia. Al fin nos entienden cuando repetimos muchas veces la palabra «Garoet» señalando el horizonte, y contentos de marchar con independencia se apartan del grupo de automóviles. Empezamos á correr solos, por caminos cada vez más arbolados y más solitarios. Noto que nuestra pareja indígena habla como si discutiese y mira en torno con cierta duda, sin refrenar por ello la marcha del vehículo. A la media hora de carrera veloz, nos detenemos cerca de una pequeña estación de ferrocarril. Los dos javaneses leen con sorpresa su rótulo. Vuelven á discutir, se enardecen como si se echasen en cara un mutuo error, y viran el carruaje, para retroceder por donde hemos venido. Sus sonrisas humildes nos revelan el misterio de sus palabras. Se han extraviado; es otra la dirección que debemos seguir. Y lo peor es que continúan discutiendo, dándonos á entender con esto que no saben por dónde van y marchan enteramente al azar.

Empezamos á reconocer la imprudencia de habernos separado de los guías é intérpretes de nuestro grupo, lanzándonos por el interior de Java como si fuese el Bosque de Bolonia en París, con dos muchachos cobrizos á los que no entendemos.

Al salir de los túneles verdes que forma la arboleda, notamos que el sol se ha ocultado y el cielo es cada vez más sombrío. Esto no significa que lo veamos obscuro. En Java no es posible la obscuridad, y hasta las noches más lóbregas son de un azul fosforescente. Pero la tarde parece de ámbar rojizo, y agrandado por el eco de las próximas montañas suena un estrépito creciente. Es la sucesión de truenos de toda tormenta en el Trópico, tan frecuentes é inmediatos que se juntan, formando una detonación única. Vemos también á través de la columnata interminable de los árboles el zig-zag de unos rayos que caen por grupos, culebreando al mismo tiempo en el cielo.

Se aproxima la tempestad de los países calientes con su rapidez casi instantánea. En unos cuantos minutos se ha aglomerado en el horizonte y va á descargar sobre nosotros. He visto muchas tempestades en América. Su lluvia abrumadora no parece caer á raudales, sino en masas compactas, como si el azul celeste fuese el lecho de una laguna que se desfondase de golpe. Creía imposible presenciar mayores violencias atmosféricas, pero la tempestad de Java sobrepasa todo lo que llevo visto y lo que podía imaginar.