El espacio está impregnado de vibraciones eléctricas. Respiramos con cierta angustia en una atmósfera que parece muerta por su calma absoluta. A pesar de la velocidad del vehículo, sentimos correr por nuestro rostro gotas de sudor. Los árboles se alzan inmóviles, sin el más leve estremecimiento. Como si hubiesen encontrado ya su ruta, los dos muchachos no se hablan y miran ávidamente el pedazo de camino visible ante ellos.

Se doblegan de pronto los árboles más fuertes, se acuesta la vegetación entera bajo una ráfaga aulladora, suena un estallido de catástrofe, el ámbar de la tarde se hace verde bajo la luz de un rayo que acaba de caer cerca de nosotros, y en el mismo momento una especie de mazazo hace temblar la capota del vehículo, como si la demoliese. Es simplemente la lluvia que empieza, la inundación aérea, la cascada celeste que mantiene la fertilidad de este paraíso, pero en el momento de su derrumbe tiene la violencia de una catástrofe.

En unos instantes cambia todo el paisaje. Los árboles convulsionados lanzan chorros por todas sus hojas, los campos se convierten en lagunas, el camino brilla como si fuese de metal, empiezan á caer gotas del techo del carruaje.

Es de cuero un poco viejo, pero en otro país resistiría perfectamente la lluvia. Aquí empiezo á creer que aunque fuese de metal representaría poca cosa para cubrirnos del aguacero feroz. Empieza á llover á través del techo, y á los pocos minutos chorreamos agua lo mismo que los árboles. Corre el automóvil fustigado por la tormenta; mejor dicho, huye, como si su fuga pudiera salvarnos de la lluvia. Nos cubrimos los ojos deslumbrados por unos relámpagos que inflaman el paisaje. El trueno ensordecedor contrae nuestros rostros con muecas de suplicio nervioso. Patinan las ruedas sobre un camino convertido en arroyo; trazan ángulos violentos rozando los árboles de las orillas.

Nos detenemos unos instantes, pero nuestra inmovilidad resulta peor. La lluvia pasa con más violencia a través del techo fijo ahora. Estamos al pie de árboles gigantescos que atraen el rayo. Cae una exhalación en las inmediaciones y emprendemos otra vez la peligrosa carrera, como si esto pudiera librarnos igualmente del mortal lanzazo eléctrico.

Vemos á un lado del camino una especie de kiosco como los que existen dentro de los arrozales. No es una vivienda; sirve simplemente de lugar de reunión. ¡Nos hemos salvado!

Ayudo á mis dos compañeras de infortunio á echar pie al suelo, y en el breve espacio entre el automóvil y la choza, una docena de pasos nada más, sentimos cómo la lluvia se desliza por dentro de nuestras ropas, á lo largo de las espaldas.

El refugio está lleno. Es una techumbre de paja sostenida por tabiques de troncos y esteras. En su interior, sentados en el suelo, hay unos veinte javaneses. Al vernos entrar hablan entre ellos y sonríen con una expresión intraducible. La sonrisa puede ser de burla; puede ser de lástima y simpatía.

Nos hallamos en un camino poco frecuentado. Esta gente no tiene la menor noticia de que un grupo de viajeros llegó horas antes á Garoet y visita el país. Nos ven entrar en su refugio como si nos hubiese vomitado la tempestad. Ignoran de dónde pueden venir unas gentes que no hablan el holandés y tienen un aspecto físico distinto al de sus dominadores. Todos ellos van casi desnudos y esparcen en este recinto cerrado un fuerte olor de carne masculina húmeda. Muchos llevan metido en la parte trasera de su faldellín un kris malayo, puñal de hoja flamígera que les sirve para su defensa.

Yo llevo un revólver en mi viaje, pero lo dejé en el bolso de mano que los mozos de la estación de Garoet trasladaron al hotel. No tengo ni un bastón, y estoy metido dentro de una choza, entre dos mujeres, inquietas y asustadizas, con sobrado motivo, y veinte hombres que representan otros tantos misterios.