Siguen conversando y mirándonos. Algunos de ellos mascan betel y arrojan en el suelo salivazos rojos que parecen de sangre. La señora que acompaño se sube el pecho del vestido para ocultar su collar de perlas y da vuelta á sus sortijas de modo que las piedras queden invisibles dentro de sus manos cerradas.
Un vejete desdentado, semejante á un fauno, sonríe al ver estas acciones que pasaron inadvertidas para los otros... Y siguen hablando; y nosotros no entendemos nada, y fuera de este refugio continúan el trueno, el rayo, el diluvio tropical...
¡Ah, no!... ¡vámonos! Es una imprudencia continuar aquí. Nuestros dos muchachos parecen alegrarse al ver que volvemos al automóvil. Tal vez han pensado lo mismo que nosotros. Puede ser también que juzguen preferible correr á estar aguantando la tempestad dentro de un carruaje en el que entra la lluvia por todas partes.
Volvemos á rodar por los caminos inundados, bajo el martilleo de la tormenta. El chófer y su acólito conocen ya el terreno por donde corremos y señalan el horizonte amarillo de lluvia y surcado de relámpagos, repitiendo: «¡Garut!... ¡Garut!»
Adivino que aún estamos lejos de la ciudad, y como el aguacero continúa asaltándonos, descendemos otra vez en una casa de buen aspecto, rodeada de cocoteros y plataneros: una vivienda, al parecer, de campesinos acomodados. La habitación está en alto, y una docena de escalones de madera nos permiten subir hasta su plataforma, cubierta de esterilla fina y limpia. Los tabiques son de una estera más fuerte y encima de ellos hay un espacio libre que permite la ventilación de todas las piezas y está cubierto por la techumbre de troncos y paja. En este desván aéreo se han refugiado varios loros y otros pájaros domésticos, asustados por la tormenta. Vemos los ojitos brillantes de dos monos que marchan á cuatro patas en la penumbra, saltando de un tronco á otro.
En la pieza delantera, completamente descubierta, que sirve de salón y comedor, nos recibe sonriente el patriarca de la casa, un viejo, desnudo de cintura arriba. Otros hombres más jóvenes, que deben ser sus hijos, van aún con menos ropas que él. Las mujeres de la familia, sin más que su pañal de batik, nos hablan con una verbosidad inútil, sonriendo al mismo tiempo á los hombres de su casa y hasta á los dos muchachuelos del automóvil. Como es natural, se burlan un poco de los tres extranjeros que no pueden entenderlas, que intentan expresarse por señas, y mojados de cabeza á pies ofrecen un aspecto lamentable. Es la ropa chorreante lo que nos proporciona un aspecto ridículo. Los javaneses, por el contrario, parecen hermoseados por la lluvia, que da jugo y brillo á su desnudez.
Como empieza á decrecer la tormenta volvemos al automóvil. Las mujeres, más expresivas y habladoras que los hombres, consiguen hacernos entender por señas que la ciudad no está lejos. Los dos muchachos, con sus chillidos y gesticulaciones simiescas, nos repiten lo mismo.
Corre el vehículo por caminos cada vez más amplios, cuyos alrededores revelan la proximidad de un grupo de civilización. Al mismo tiempo la lluvia empieza á hilarse, pasando de la tromba compacta al filamento de gotas separadas. Se alejan los truenos; el rayo no es más que un resplandor temblón en el horizonte. Comienzan á subir del suelo los perfumes de ruda embriaguez que exhala la tierra mojada. Lanza de golpe la flora tropical todos sus olores contenidos durante la tormenta. Dilatamos nuestros pechos con una aspiración amplia y voluptuosa, saboreando de nuevo la belleza paradisíaca que nos rodea.
Una impresión de calma se esparce por nuestro interior. Nos sentimos en un estado de placidez, semejante al del que escucha la «Sinfonía Pastoral» de Beethoven, cuando se aleja la tormenta y la dulce tranquilidad del campo empieza á restablecerse.
Sigue cayendo la lluvia, una lluvia que parece luminosa y perfumada. Sus gotas son de ámbar y resbalan con suavidad sobre el cristal de la tarde. Los huertecillos se convierten gradualmente en jardines y las chozas en casitas de aspecto europeo. El camino es ahora una avenida urbanizada que va salvando sobre el lomo de los puentes varios arroyos y barrancos.