Ya estamos en las afueras de Garoet... Y es aquí, á las puertas de la ciudad, donde presencio uno de los espectáculos más inolvidables de mi vida.

La lluvia, que sigue cayendo con una insistencia dulce, representa un placer para los naturales. El hormiguero humano ha empezado á surgir de todos sus refugios. Los javaneses marchan en lentas filas por los senderos. Niños completamente desnudos se colocan debajo de los canalones para prolongar el deleite de la mojadura. La tormenta es un baño más para este pueblo que sufre calores tórridos.

Vemos venir hacia nosotros una muchedumbre de mujeres que nos parece interminable. Todas ellas son jóvenes. Deben volver de trabajar en los talleres de Garoet que fabrican el batik. ¿Cuántas son?... Difícil calcularlo. Van en grupos escalonados y llenan toda la extensión visible del camino.

Brillan de cintura arriba sus carnes mojadas. Las cabelleras, formando rodete sobre la cúspide de sus cabezas, tienen adornos de diamantes naturales con el chorreo de las gotas que se desprenden de ellas. La caricia fría de la lluvia las cosquillea al deslizarse por la piel dorada y fina de sus pechos y espaldas. Marchan abrazadas unas con otras, cantan y gritan excitadas por la electricidad de la atmósfera y los besos húmedos del aguacero.

Llevan como falda una pieza de batik. Pero esta tela de colorines puede ensuciarse en los charcos del camino y todas ellas, tranquilamente, se la han subido más arriba de las caderas, marchando con desembarazo sin preocuparse de su desnudez inferior, tan absoluta como la de arriba. Les basta para sus escrúpulos pudorosos llevar arrugado sobre el talle este fino pañal que abulta menos que una faja.

El primer grupo, al pasar junto al automóvil, nos saluda con gritos y risas, sin echar abajo su faldamenta. Creen innecesaria tal molestia... ¡Pasamos tan aprisa!

No es impudor. Para que lo fuese resultaría preciso que estas muchachas conociesen los escrúpulos de las gentes vestidas, y creyeran inmoral el desnudo. Pero saben que los blancos nos asombramos ante ciertas partes del cuerpo descubiertas, y como ellas marchan casi en cueros para sentir mejor la caricia de la lluvia, les place conmovernos un poco con su inocente exhibición. Algunos hombres que van entre ellas y son tal vez de sus familias ríen igualmente de esta broma juvenil.

Y así van pasando y pasando las muchachas, con su falda recogida en el talle... Son más de doscientas; tal vez trescientas.

Continúa mucho tiempo el desfile de caras sonrientes, de piernas desnudas, de triángulos sexuales, que asoman, se eclipsan y vuelven á surgir con los movimientos del paso. En algunas corre la lluvia sin obstáculos, lo mismo que si resbalase sobre la piedra lisa. En las más de ellas se detiene unos momentos, cautiva antes de caer, de igual modo que cuando se enreda en las marañas de una vegetación naciente.

XVIII
BAJO LA LLUVIA ECUATORIAL