Mi cama y mis compañeros de alcoba.—Los vendedores de Garoet.—La superstición del dólar.—Javaneses y malayos.—Locura homicida de los que «corren el amok».—La lira de cañas.—El baile en el hotel.—La «Sinfonía de la selva».—Los cuatro jóvenes nobles y sus danzas.—Regalo de un «kris» del antepasado.—El Guiñol javanés.—Una novela caballeresca con monigotes y música.

Nuestro hotel de Garoet es un jardín con numerosos edificios de un solo piso esparcidos en sus frondosidades. Nos refugiamos al bajar del automóvil en el más importante de ellos, donde están los salones comunes, los comedores y la oficina del gerente.

Me entero de que mi pequeño equipaje me espera en una habitación situada al otro extremo del hotel. Hay que buscarla bajo la lluvia por avenidas que deben ser interesantes á las horas de sol, á causa de sus arriates de flores y sus arboledas umbrosas, pero en este momento corren por ellas verdaderos arroyos, y cada rama deja caer un chorro continuo.

Silba el gerente y viene á buscarme un portero javanés, con turbante de batik, levita blanca y descalzo. Sostiene un paraguas con ambas manos, mejor dicho, una cúpula de cartón barnizado, debajo de la cual pueden marchar varias personas sin mojarse. Es tan enorme este techo portátil, que el javanés hace esfuerzos para sostenerlo, á pesar de que ha caído el viento y la lluvia desciende copiosa, pero mansa, á través de una atmósfera dormida. Como el porta-paraguas va descalzo y sólo se preocupa de mantener su cúpula, avanza rectamente, sin reparar en charcos. Nosotros le seguimos pegados á él, y esto libra nuestras cabezas de la lluvia, pero nos hundimos á cada instante en las charcas rojizas y los regueros serpenteantes del jardín.

Es mi habitación una pieza de grandes proporciones, con muebles holandeses, solemnes y viejos, que datan sin dada de la Compañía de las Grandes Indias. La cama se muestra tan ancha como larga; pero esta amplitud, que en el primer momento representa un motivo de agrado, queda olvidada á causa de su dureza. Tiene sin duda alguna un colchón, pero la materia que le sirve de relleno ha adquirido una densidad igual á la de las cortezas de los árboles. Las gentes del país afirman que en un lecho duro se siente menos el calor. Además, el mismo calor justifica la escasez de sábanas. La cama sólo tiene una, la que cubre el colchón. El viajero debe dormir sin taparse, y para el caso de que sienta frío, una manta ligera, á cuadros blancos y azules, está plegada á los pies.

En cambio abundan las almohadas, algunas de ellas de aspecto raro y uso desconocido para mí. Una, larga y dura como un madero, sirve indudablemente para apoyar la cabeza; otra es para colocársela entre las piernas, y dos más pequeñas se acoplan entre los brazos y el tronco. Hay que dormir con los miembros abiertos en cruz de San Andrés, la misma postura de los reos de otros siglos condenados á ser hechos cuartos por la dislocación. De este modo parece que se siente menos la caliginosidad de la noche ecuatorial, que hace correr sobre el cuerpo regueros de sudor.

Al inclinarme sobre mi pequeña maleta noto que el cuarto está ocupado por varios camaradas que me acompañarán toda la noche. Saltan sobre el suelo unos animalillos verdes. Las ranas invaden tranquilamente estas viviendas de un solo piso. Por las paredes y el techo corren lagartos rugosos y negruzcos. El servidor javanés, que ha dejado su paraguas á la parte de afuera, ríe de mi asombro y me habla, sabiendo que no puedo entenderle. Conozco sin embargo lo que me dice por haberlo oído en otros hoteles de países cálidos. Hay que respetar á estos compañeros de habitación para no privarse de sus buenos servicios. La rana se come los insectos que reptan y saltan sobre el suelo, bestias prolíficas que pueden depositar sus innumerables huevecillos debajo de nuestras uñas si descendemos de la cama con los pies descalzos. El lagarto se come los mosquitos.

Me falta tiempo para seguir examinando mi dormitorio. Éste tiene, como todas las casas de los javaneses acomodados, un salón exterior y abierto. El pórtico que extiende su techumbre sobre el frente del edificio se halla dividido por tabiques, y cada uno de tales espacios guarda sillones, una lámpara en el centro y macetas de flores que penden del alero.

Mi pequeño salón, al que se llega subiendo tres escalones, está ya medio invadido por una multitud infantil que se aprieta para quedar á cubierto, librando de la lluvia los objetos sostenidos por sus manos. Todo Garoet sabe que ha llegado un grupo de viajeros, y como el vecindario vive de los visitantes, aguarda con impaciencia el regreso de los automóviles que la tempestad ha sorprendido en pleno campo.

Nosotros somos los primeros en volver y recibimos el empuje de todos los vendedores de Garoet. Hombres y mujeres se mantienen al acecho en las inmediaciones del edificio central, pero han destacado contra nosotros sus numerosas proles cargadas de telas de batik y polichinelas del teatro javanés, á los que dan movimientos y posturas cómicas, imitando sus voces gangueantes. Se sientan á nuestras plantas para ofrecernos sus mercancías, marcando el precio con los dedos. Al principio usan la palabra guilder, que es el florín holandés, pero inmediatamente la abandonan para repetir con insistencia: «¡Dollar! ¡dollar!»