Vuelvo otra vez al centro del hotel arrostrando la lluvia, ya que el hombre de la cúpula portátil no acude á mis gritos. Bajo los pórticos del comedor encuentro á los primeros compañeros de viaje que acaban de llegar. Luego, en el curso del atardecer, van presentándose los otros vehículos llenos de gentes desfiguradas por la lluvia. Pero todos nos hemos resignado á esta humedad irremediable. Ha sido inútil emplear las contadas prendas de recambio que guardábamos en nuestros pequeños equipajes. Dentro de este hotel-jardín la lluvia las moja en seguida. Además, nos acostumbramos fácilmente á ir con los pies húmedos y el cuerpo impregnado de agua y sudor, en esta tierra donde los aguaceros son tibios.
Una orquesta rara pero agradable suena incesantemente en otro pórtico del hotel. Es una melodía bucólica, un susurro de suaves flautas, una música eoliana y vagorosa, sin la energía del soplido humano. Voy hacia ella y encuentro sentados en el suelo á varios adolescentes que hacen sonar el instrumento típico de esta parte de Java: una lira hecha con cañas.
Un grueso bambú horizontal sostiene cinco, más delgados, en forma de peine. Las cinco varillas están metidas en otras tantas cañas huecas, que al moverse chocan sus paredes con el espigón central. Cada una de las cañas emite una nota diferente, y en esto consiste el secreto de los fabricantes del rústico instrumento. Los pequeños músicos tienen en sus manos dos liras, ó sea diez notas, y agitándolas con rítmico movimiento producen una melodía indeterminada y soñolienta, dentro de la cual se forman al azar grupos de notas bizarras como las combinaciones caprichosas de los vidrios sueltos en el interior de un caleidoscopio.
Al son de esta melopea danzan varios muchachitos moviendo el vientre y las caderas lo mismo que las odaliscas. Todos ellos llevan el saroc de colorines arrollado sobre las piernas, tienen un rostro aterciopelado de chocolate con leche, y sus ojos grandes y un poco oblicuos parecen de mujer. Muestran la gracia equívoca del efebo asiático, que hace imaginar repugnantes vicios. También es posible que estos pequeños bailarines no hagan más que seguir una tradición, repitiendo danzas que vieron desde pequeños, sin sospechar su malicia ni las suposiciones del blanco escandalizado.
Mientras las liras de cañas susurran su melodía sin regla y siguen danzando los javanesitos, expelen las canales del tejado el agua á plenos chorros, los relámpagos iluminan otra vez con exhalaciones verdes la tarde color de ámbar, y rueda el carro de los truenos sobre edificios y arboledas.
A las nueve de la noche, después de la comida, asistimos á un gran baile javanés, para el cual han venido los mejores danzarines y la orquesta más famosa de toda la región.
La servidumbre descalza aparta las mesas, y todo el comedor queda convertido en una sala de espectáculos. Este comedor se halla abierto por tres de sus caras; es una techumbre sostenida por numerosos arcos blancos. Más allá hace brillar el jardín sus hojas de charol bajo unos focos de luz eléctrica, cuyas lunas se muestran rayadas incesantemente por hilos de cristal. Continúa la lluvia del Trópico, una lluvia sin medida en el volumen y la duración. Todo está impregnado de humedad: nuestras ropas, las servilletas, los manteles. Luego, en los dormitorios, encontraremos igualmente húmedas sábanas y toallas. Debajo de los techos la atmósfera, vibrante de perfumes vegetales, parece compuesta de agua flúida.
Este baile debe ser algo extraordinario, pues van llegando en sus automóviles los javaneses más opulentos de las inmediaciones. La mayor parte de la propiedad de la isla continúa en poder de los antiguos nobles y los comerciantes enriquecidos. Conservan sus trajes por un sentimiento oculto de nacionalismo, pero se apropian las comodidades más costosas de sus dominadores.
Los instrumentos de la orquesta del baile son tan originales como las liras de cañas. Los músicos, sentados en el suelo, hacen sonar una especie de violines, apoyándolos verticalmente en una rodilla como si fuesen violoncelos. Otros golpean con sus manos tambores y discos metálicos. Un viejo hiere con sus palillos un teclado de tablitas, cada una de las cuales emite una nota distinta. El más importante de los instrumentos es una especie de banco con grandes orificios, y en cada uno de ellos una vasija de metal semejante á los cántaros que emplean los lecheros. El músico golpea estos vasos con mazas forradas de piel, arrancándoles largas vibraciones.
Tocan una especie de preludio que en los primeros instantes parece arañar los oídos con sus discordancias. Poco á poco surge del enmarañamiento acústico algo concreto que podría llamarse la «Sinfonía de la selva». Los instrumentos reproducen la risa luminosa del arroyo, el murmullo de las hojas, el rebullir de la vida animal en los matorrales. Indudablemente, los instrumentos de cuerda imitan el zumbido tenaz de los insectos. El músico ha copiado con ingenuidad los vagidos de la Naturaleza, como en los albores de toda civilización los artistas primitivos reprodujeron á su modo las plantas y los seres que les rodeaban.