Sentados en el suelo, sobre esteras de junco, hay varios danzarines, hombres y mujeres. Ellas son las únicas que cantan, con una voz chillona y discordante que recuerda el cacareo de la gallina. En el espacio libre, ante la orquesta, un hombre y una mujer bailan esta danza coreada. En realidad permanecen inmóviles; sus pies no se separan del suelo. Son los brazos los que se agitan, y más aún las manos, acompañando con lentas dilataciones el ritmo de la música.

Entre las gentes del país acudidas para presenciar este baile hay cuatro jóvenes nobles que llaman la atención por la elegancia híbrida de sus trajes. Son javaneses por sus cabezas; del cuello á la cintura son europeos; luego recobran su nacionalidad hasta los pies. Me explicaré con más detalles. Van tocados con el pequeño turbante de batik negro y dorado, que forma un lacito de dos pequeños cuernos sobre la frente. Visten smoking y chaleco blanco. La pechera de su camisa es de encajes, y dos botones de diamantes centellean debajo de su corbata negra. A continuación llevan las piernas envueltas en una rica tela de batik obscura, con anchas rayas de oro. Por debajo asoman los pies pequeños, metidos en calcetines de seda calada y escarpines de charol. Los cuatro, como signo de su categoría, llevan un kris antiguo, una espadita dorada puesta oblicuamente sobre sus riñones, cuya empuñadura despega el smoking de su espalda.

Han venido en sus automóviles, atraídos por esta fiesta á la que asisten muchas viajeras americanas, hermosas y elegantes. Guardan una gravedad de próceres musulmanes. Ocupan una mesa, bebiendo simples limonadas, y miran con sus ojos negros y ardientes á tantas mujeres blancas, que parecen traer en su perfume las seducciones de un mundo lejanísimo. Los cuatro llevan el bigote recortado, según la moda actual, y revelan en todos sus gestos una educación á la europea.

El gerente del hotel va contando á los viajeros que estos jóvenes son ricos, de antigua nobleza, y viven además, como amigos y acompañantes, cerca del regente de la provincia. (El regente es el gobernador indígena, poderoso personaje que ha venido á sustituir á los antiguos reyezuelos.) El mismo gerente se hace lenguas de lo que son los cuatro jóvenes como bailarines. Por espíritu de tradición han sabido guardar fielmente las antiguas danzas de la isla. Los profesionales del baile javanés que están presentes reconocen y admiran la superioridad de estos señores.

—¡Ay!... ¡Si ellos quisieran bailar!...

Basta que el hotelero exponga esta posibilidad hipotética, para que varias señoritas americanas, con la intrepidez propia de su pueblo, deseen una inmediata realización. Algunas de ellas piden á los cuatro gentlemen de la espadita dorada que salgan á bailar, y ellos, respetuosos y algo avergonzados al verse objeto de la atención general, acaban por ceder, aunque ninguno quiere ser el primero.

Al fin, uno de ellos se desprende de los escarpines de charol y su chófer indígena surge de la masa de javaneses agrupada al pie de las escalinatas del jardín, para quitarle los calcetines. Avanza con los pies desnudos, color chocolate claro, que asoman por el borde de la rica falda de batik. Sus dedos se encorvan y se dilatan como si recobrasen la agilidad de los remotos ascendientes. Se ha puesto un gran velo verde sobre sus hombros, con las puntas caídas atrás y la amplia curva delantera más abajo de su pecho. Este velo va á resultar en el curso de la danza tan importante como su persona.

La primera de las bailarinas se coloca de pie ante él y empieza á cantar. El joven señor inicia su danza sin moverse del sitio que ocupa, expresándolo todo con las manos, con los balanceos lentos de sus brazos, con las posturas fijas que adopta luego su cuerpo. En realidad, la mujer no hace más que acompañar con su canto los gestos del bailarín. Algunas veces refleja los movimientos elegantes de éste, pero con una modestia de espejo pobre y turbio. Se nota su voluntad de no rivalizar con el hombre en unas actitudes que pueden llamarse escultóricas. Éste imita los contoneos soberbios y dominadores de los animales machos en la vida libre de la Naturaleza. Es una danza monótona, y sin embargo, pocas veces he visto un cuerpo humano en tan nobles posturas.

Los cuatro gentlemen van saliendo por turno. Cada uno de ellos interpreta de modo diferente danzas de miles de años que expresan la superioridad absoluta del hombre y la humilde servidumbre de la mujer en las sociedades primitivas.

Hablo valiéndome de un intérprete con el primero de los jóvenes que salió á bailar. Me mira con extraordinario interés al saber que soy un blanco de los que fabrican libros y alguna vez escribiré lo que he presenciado esta noche. Él ama los cantos de su isla, las representaciones teatrales. Tal vez compone versos, aunque protesta apresuradamente cuando el traductor se lo pregunta en mi nombre.