Luego muestra una generosidad de gran señor. Quiere que me lleve un recuerdo de él, y desprendiéndose de su espadita dorada me la entrega. Para que aprecie más el regalo me hace ver la hoja, roída por el óxido de los años. Es un arma honorífica, uno de los muchos kris legados por sus abuelos, que él usa únicamente por su antigüedad. Me explica que la hoja, llena de rugosidades como la piel de la serpiente, está compuesta de numerosas piececitas fundidas unas sobre otras, como si fuesen escamas, y las pequeñas grietas en semicírculo de dichas escamas contuvieron un veneno casi fulminante, capaz de acabar á un herido en pocos segundos. ¡Pero han pasado tantos años desde entonces!... Ahora el terrible kris no es más que un arma de museo roída por la herrumbre y que puede romperse como el cristal.

Siguiendo un largo corredor y varias escalinatas cubiertas que nos libran de la lluvia, vamos á una especie de Guiñol establecido dentro del hotel.

Tienen los javaneses un verdadero teatro en el que figuran actores de carne y hueso, pero su espectáculo preferido es la representación por medio de muñecos. Tal vez estos autómatas, al ser más irreales, dejan mayor espacio á la imaginación del público.

El teatro es un salón sin ningún asiento. Gran parte de los espectadores están en el suelo. Un lado lo ocupa la orquesta. Son músicos iguales á los del baile, aunque todos ellos ofrecen la particularidad de que actúan con cierto cansancio, teniendo los ojos cerrados. Parece que estén dormidos, pero cuando le toca á cada uno hacer sonar su instrumento, cumple dicha función sin entreabrir los párpados y vuelve á inmovilizarse en su actitud soñolienta. Luego, pienso que adoptan este gesto por refinamiento artístico, para concentrar mejor sus facultades y aislarse de la realidad, viendo más intensamente en su imaginación las peripecias del drama.

Delante de los músicos y de espaldas á ellos está sentado en el suelo un viejo de voz lenta que habla sin mirar al público. Ante sus rodillas se extiende un tabladillo de escasa altura. A ambos lados tiene dos vasijas de porcelana, y dentro de ellas, en aparente desorden, están los personajes de la obra, monigotes de cabezas monstruosas, verdes ó purpúreas; vistiendo túnicas de floreado batik y con brazos articulados semejantes á las antenas de las langostas. Estos autómatas, que representan príncipes, guerreros, bellas damas ó humildes siervos, tienen al final de sus brazos dos altos bastones que recuerdan los que usaban las señoras de la corte de Versalles.

El viejo director constituye por sí solo todo el teatro. Unos muñecos los fija en los agujeros del tablado y quedan inmóviles como un coro que intervendrá oportunamente. Otros los mantiene en sus manos, agarrando al mismo tiempo el espigón central y los dos bastones terminales de los brazos, lo que le permite con una simple frotación de los dedos, ocultos bajo la falda, poner en movimiento su cabeza y las otras extremidades articuladas.

Los directores de estos espectáculos tienen el nombre de dálang y gozan de gran respeto. Guardan desde hace siglos una autoridad tradicional semejante á la del sacerdote ó el bardo. Todos ellos son poetas y grandes improvisadores. Estos dálang dirigen algunas veces representaciones con actores enmascarados, siendo los únicos que pueden hablar en ellas. Los comediantes no hacen más que una pantomima, acompañando con sus gestos la declamación del director. Las piezas se llaman topeng (lo mismo las representadas por seres vivos que las de monigotes), y sus argumentos están sacados de la mitología ó la historia heroica de Java. La música no cesa un momento y sirve de eterno fondo á los lentos recitados del dálang.

Me explican el drama: una lucha de paladines por el amor de una princesa; batallas, conquistas, raptos, persecuciones, y sobre todo muchos golpes. Existe un argumento, un cañamazo dramático, pero no hay nada escrito, y el viejo dálang va bordando sobre la materia tradicional todas las flores repentinas de su imaginación.

Esto no es un teatro. Para serlo tendría que ajustarse á los límites del espacio y del tiempo, á la estrechez de un escenario, á las murallas aisladoras de una decoración. En realidad es una novela contada todos los días con nuevas variaciones y ayudada por medio de los monigotes y la música.

Miro al viejo cuentista con un interés confraternal. Mantiene su cabeza baja, hablando y moviendo los personajes con el aire abstraído y concentrado del que se entrega á una improvisación.