Obtuvieron estos reyes guerreros fáciles victorias atacando y cazando á las tribus negras de la Nubia. Pero otros enemigos más temibles vinieron á amenazarles: los que designan las inscripciones egipcias con el título de «Pueblos del mar» porque llegaban siempre embarcados ó por el istmo; hombres de tez blanca, con sus grandes cuerpos tatuados, llevando en sus cabezas cascos de metal ó testuces de fiera, cuyas pieles les caían por los hombros. Estos invasores sentían inmediatamente las seducciones de la rica civilización egipcia, y como su número era escaso para dominar tan vasto Imperio, acababan por someterse al faraón, agregándose á sus tropas mercenarias.
La vigilancia de las fronteras obligó á los reyes tebanos á instalarse en el delta, creando en él poblaciones que adquirieron poco á poco una importancia de capitales transitorias, Tanis, Bubaste y Sais. Por igual motivo, las dinastías sucesivas se establecieron definitivamente en el Norte, viendo sólo en Tebas una capital religiosa, el centro del culto de Ammón, dios particular de la ciudad, que había ascendido á ser el de todo Egipto, y cuyos grandes sacerdotes se convirtieron muchas veces en reyes.
Al perder Tebas su hegemonía terminó el Egipto más glorioso, el que todos conocemos, el que figura en los relatos literarios y las evocaciones históricas. La vida se fué retirando de ella poco á poco, decreció la población aglomerada en torno á sus templos, y al fin sólo la apreciaron como «una gran decoración del pasado». Las invasiones asirias y persas exterminaron gran parte de sus habitantes. En tiempos de los Ptolomeos una revolución local originó la última matanza sufrida por su vecindario, y un temblor de tierra hizo aún más horrible la obra destructiva de los hombres.
En los primeros siglos del cristianismo era ya una ruina gigantesca, que los viajeros griegos y romanos venían á contemplar con la misma curiosidad que llegan ahora los invernantes á las Pirámides y la Esfinge.
Diodoro de Sicilia, en su excursión por Egipto, describe á Tebas, la de los cien pilones, como un campo de ruinas. Tan desierta estaba, que los anacoretas cristianos, ansiosos de soledad, se establecieron en sus escombros, haciendo famoso el nombre de la Tebaida. Después que los ascetas abandonaron la ciudad muerta, los humildes fellahs, para cultivar los campos inmediatos al Nilo, fundaron en la Edad Media dos aldeas: Luxor y Karnak, situadas á dos kilómetros la una de la otra, y comprendidas, sin embargo, en el mismo solar de la enorme metrópoli antigua.
Estas aldeítas de barro son ahora poblaciones con lujosos hoteles, y se comunican por una avenida que sirvió antiguamente para las procesiones entre sus dos templos más famosos. Aún guarda dicha avenida su pavimento de losas de granito y la bordean dos filas de esfinges con cabeza de cierva. Muchas se mantienen relativamente completas, algunas están rotas, otras han desaparecido, dejando sobre el pedestal sus garras de león.
Por esta avenida pasaban los sagrados cortejos del dios tebano convertido en dios de todo Egipto, el poderoso Ammón, cuyo trono era una barca llevada en hombros por sacerdotes. El pontífice de Ammón pasó á ser rey muchas veces, y durante las invasiones llegadas por el Norte, él y sus sacerdotes se refugiaron en la Nubia, creando las monarquías teocráticas de Meroe y de Napata.
Aquí desfilaban igualmente los brillantes séquitos de los reyes tebanos. Nietos de simples príncipes, feudatarios de Memfis, se habían transformado en hijos del dios Sol, y el pueblo llamaba á cada uno de ellos «Poderoso Horus», prosternándose en su presencia y erigiéndole templos. Tal era su orgullo, que algunas veces se reverenciaban á sí mismos. Ramsés II aparece en una pintura haciendo oración ante otro Ramsés II sentado entre dos divinidades.
Estos dioses monárquicos, dueños absolutos de sus reinos, poseedores de todos los campos cultivados por el fellah, disponían igualmente de los habitantes, pudiendo ordenarles el trabajo que mejor les placiese. Una dominación sin límites les permitió edificar tantos monumentos, destinados en apariencia á los dioses, pero en realidad á mantener vivo el recuerdo de sus personas.
En las grandes ceremonias abandonaban su palacio, donde vivían rodeados de su harén y una muchedumbre de servidores. Entre sus altos dignatarios los dos más principales eran los espantamoscas, que se mantenían á su derecha y su izquierda moviendo los abanicos de plumas para ahuyentar á dichos insectos. Como el faraón necesitaba tenerlos siempre á su lado para que le librasen de las moscas, estos dos cortesanos acababan por conocer todos sus secretos, siendo sus favoritos más íntimos.