A continuación de este triunfo empezó el verdadero período glorioso de los faraones de Tebas, el de su influencia exterior. Tuvieron más soldados que nunca y realizaron expediciones militares por la Siria, llegando Tutmosis I hasta las orillas del Eufrates. Todos los egipcios, bajo las dinastías tebanas, fueron soldados ú obreros, y como recuerdo de un esfuerzo constructor que duró muchos siglos, quedan los monumentos de esta vasta llanura.
Homero, al hablar de Tebas en la Ilíada, dice que sería tan difícil enumerar sus riquezas como ir contando las arenas del mar. Él fué quien la dió su título, que ha conservado hasta nuestros días: «Tebas, la de las cien puertas».
Dicha frase no es rigurosamente exacta. Tebas no tuvo jamás puertas, pues esto significaría que tuvo murallas, y todas las ciudades egipcias fueron completamente abiertas. Los faraones, siempre agitados por un ansia constructiva para eternizar su nombre, jamás levantaron recintos fortificados en sus poblaciones. Se consideraban inútiles, ya que ningún enemigo próximo podía amenazarlas. Hubo invasiones de pueblos extranjeros, pero muy pocas, teniendo en cuenta que se sucedieron en un período de cuatro mil años. Transcurrían cinco ó seis siglos sin que la menor alteración turbase la paz del valle del Nilo. Los habitantes de los dos desiertos inmediatos eran pobres nómadas, temibles únicamente para el que fuese á buscarlos en su territorio, pero incapaces de bajar al rico valle, donde las poblaciones casi se tocaban unas con otras.
La frase de Homero debe traducirse con exactitud: «Tebas, la de los cien pilones», pues «pilón», en griego, aunque significa «puerta», corresponde á entrada de templo y no de muralla.
Sabido es que todo templo egipcio, al final de su avenida de esfinges, tenía el pilón, dos pirámides truncadas flanqueando una portada cuadrangular. El padre Homero tal vez se quedó corto al atribuir cien templos á Tebas, pues seguramente pasaban de dicha cifra sus majestuosas entradas.
Esta capital, cuya importancia duró más de mil años, ocupaba una extensión enorme, como las otras metrópolis egipcias, pero de su pasado glorioso sólo quedan en la orilla derecha, donde estuvo la verdadera ciudad, dos grupos de templos, y en la orilla izquierda numerosos hipogeos, cavernas fúnebres, tumbas perforadas en una cadena de colinas áridas, el sepulcral Valle de los Reyes y el menos conocido Valle de las Reinas.
En las ruinas de Tebas no se encuentran edificios civiles. Los palacios de los faraones han desaparecido. Tal vez estos monarcas orientales prefirieron la frescura de la edificación ligera hecha de adobes y revestida de adornos policromos; tal vez se instalaban simplemente en su templo predilecto. Sólo se han conservado en pie las casas de los dioses, construídas para la inmortalidad, con bosques de columnas tan anchas como el espacio comprendido entre ellas, monumentos imponentes, sombríos, gigantescos, levantados para que los habitasen concepciones ideales, no seres humanos.
De las barriadas donde vivía el pueblo es inútil hablar. El egipcio, en realidad, nunca tuvo casa. Ésta era una simple cabaña de barro con techo de troncos de palmera, y si algunas veces la añadía un piso superior, resultaba frágil y necesitado de continuas recomposiciones. Siendo la atmósfera de entonces más seca que la de ahora, dichas ciudades de barro podían existir, sin grandes desperfectos, treinta ó cuarenta años.
Dos veces por siglo llovía torrencialmente, y uno de estos aguaceros inesperados cambiaba la faz de Egipto lo mismo que un temblor de tierra ó una erupción volcánica. Ciudades enteras quedaban arrasadas. Los edificios se convertían en simples montones de fango y estacas rotas. Pero el pueblo egipcio, que no podía poseer la tierra cultivada por él ni ser dueño de nada permanente, con su fatalismo resignado empezaba á fabricar nuevos adobes, cortaba nuevas palmeras y construía en quince días otra vivienda sobre las ruinas de la anterior, que le servían de pedestal. A causa de esto, la mayor parte de los pueblos del valle del Nilo se hallan situados encima de colinas artificiales, formadas con escombros de las casas que fueron superponiéndose durante seis mil años.
Tebas perdió su importancia por obra de los faraones más gloriosos de las varias dinastías tebanas. La XIX dió dos conquistadores, cuyas victorias exageraron con hipérboles inauditas sus tropeles de cortesanos y aun ellos mismos: Seti I y su hijo Ramsés II, el Sesostris de que ya hablamos.