Vive mejor el fellah de ahora, aunque la suerte de los que siguen cultivando la tierra nilótica no sea extraordinariamente dichosa. Los hijos de muchos de ellos han abandonado el cultivo en los últimos años para vivir á costa de los invernantes. En los dos primeros tercios del siglo XIX, el progresivo déspota Mohamed-Alí y sus herederos imitaron á los faraones, tiranizando al fellah para que trabajase á golpes en obras civilizadoras. Luego la oleada de viajeros que todos los inviernos se extiende sobre Egipto ha ido libertando y elevando á los indígenas en los lugares visitados por tan rica inmigración.

Los habitantes de Luxor, Karnak y la orilla de enfrente, llena de tumbas y ruinas, viven de los miles y miles de curiosos que vienen á conocer el vasto emplazamiento de la antigua Tebas. Son domésticos en los hoteles, borriqueros, cocheros, guías. Los más jóvenes aspiran á la gloria de guiar un automóvil y todos ejercen el comercio de antigüedades falsificadas. Ofrecen con misterio escarabajos sagrados de piedra verde, diosecillos de fingido basalto, un sinnúmero de objetos «históricos», que fabrican á centenares otros egipcios, simples fellahs como ellos. Únicamente en Karnak, alejado del Nilo un kilómetro, cultivan los indígenas los campos de esta sección de la ribera.

Visito durante un día entero los monumentos de la orilla derecha comprendidos entre las dos antiguas aldeas árabes, que hoy son poblaciones modernas, habiendo acabado por juntar su caserío. No voy á describir la famosa sala hipóstila del templo de Karnak, cuyas ciento treinta y cuatro columnas son tan gruesas como la columna Vendôme de París, con una altura de veintitrés metros, lo que las hace parecer aún más robustas. Cada una de ellas es una torre cubierta de relieves y jeroglíficos.

Esta sala, que tiene más de cien metros de longitud, permanece como estaba hace tres mil años, con todas las columnas erguidas, conservando en algunos sitios sus vigas de granito, pues los egipcios, aunque conocían el arco, cubrieron siempre sus monumentos con superficies lisas de piedra. Este templo y el que existe en Luxor imponen respeto y admiración á causa de sus proporciones colosales. El visitante se siente humillado por su pequeñez al pasar junto á estas columnas-torres que forman un bosque compacto de granito.

Sin embargo, esto no es más que un esqueleto, y hay que darle carne y epidermis con un esfuerzo imaginativo. Sólo se ve el color rojo y amarillento de la piedra. Jeroglíficos y figuras se marcan con un relieve obscuro en las columnas y los pilones. El arte egipcio fué policromo. Toda esta piedra estuvo cubierta de estucos y los relieves humanos ó de bestias los animaron los artistas remotos con tintas brillantes. Cada templo fué un libro de páginas de alabastro, con figuras que sirven de letras y escenas de la vida ordinaria graciosamente coloridas.

Las murallas que faltaron siempre á las ciudades egipcias existieron en torno á sus templos. Un muro de ladrillo, alto y muy grueso, ponía la morada del dios á cubierto de ladrones é impuros. Junto á estas murallas estaban los almacenes de granos, frutas, aceite y cerveza destinados al personal del templo, las panaderías que fabricaban pan para los sacerdotes y tortas sagradas para los dioses, los talleres de vestidos y otros adornos, los laboratorios de perfumes dedicados á la divinidad local.

Una avenida enlosada de granito, con dos filas de esfinges, casi siempre leones rematados por cabezas humanas, conducía á la puerta del templo. Esta puerta, de forma cuadrangular, tenía á ambos lados dos torres enormes y macizas, dos pirámides truncadas cubiertas de relieves é inscripciones: el famoso pilón.

Ante él se alzaban dos agujas de granito, los obeliscos, de veinte á treinta metros de altura, con un casquete metálico en su remate, que muchos creyeron simple adorno y otros han supuesto de gran valor científico, como diré más adelante. Dos colosos sentados en las jambas de la puerta representaban al monarca que había ordenado la construcción del monumento.

Atravesando la puerta del pilón se entraba en el patio, dedicado á las procesiones durante las grandes fiestas. En el fondo, otra puerta de madera preciosa con chapas de oro daba acceso al verdadero templo.

La primera sala era llamada de «la Aparición», y las columnas cubiertas de pinturas que sostenían la techumbre afectaban en sus capiteles la forma de la flor del loto ó de las hojas de la palmera. Una luz difusa, favorable á las visiones extraordinarias, se introducía por el techo. Los fieles depositaban aquí sus ofrendas y los sacerdotes hacían sus sacrificios. Más allá se abría la «Cámara del misterio», donde sólo podían entrar los sacerdotes importantes, y en ella reposaba la imagen del dios, muchas veces sobre una barca de madera con adornos de oro.