Desde el pilón hasta el santuario final, cada una de las salas era más alta que la anterior, de modo que el visitante iba subiendo siempre entre columnas rojas, azules y doradas. Los techos estaban adornados con estrellas y enormes gavilanes de alas abiertas.
Raro era el templo que no poseía animales vivos, á los cuales se tributaban por tradición honores sagrados, cual si fuesen dioses. Desde el buey Apis, divinidad nacional, hasta pequeñas bestias caseras, todos eran mantenidos por los sacerdotes y adorados y regalados con presentes alimenticios por parte de los devotos.
Muchas de las actuales ruinas sagradas, al mismo tiempo que evocan los períodos de mayor esplendor egipcio, hacen recordar sus épocas de completo abandono, cuando aún no existían las dos aldeas árabes de Luxor y Karnak.
Habían acabado por huir los cultivadores de estas riberas del Nilo tan abundantes en bosques de columnas, en colosos sentados que miran con terrorífica insistencia, en tumbas subterráneas, en ídolos de testa humana y cuerpo de león, ó al contrario, iguales al hombre desde el cuello á los pies y con cabeza de gavilán, de tigre ó de león. Los chacales vivían tranquilamente en edificios levantados por faraones ávidos de gloria, como Ramsés II y otros. El desierto se extendía por las dos riberas del Nilo. La arena de las mesetas, trasladada por el soplo ardiente del kamsin, se iba depositando sobre los monumentos de granito, subía á las rodillas de los colosos, ocultaba bajo su amarillento sudario las inscripciones jeroglíficas.
Durante los primeros tiempos del cristianismo, la soledad fué absoluta. Un día, la metrópoli muerta de piedra volvió á ver hombres, pero aislados, avanzando por las avenidas orladas de esfinges, como supervivientes de un mundo desaparecido ó como avanzadas de una humanidad nueva.
Iban casi desnudos, crecidas en salvaje libertad sus barbas y cabelleras, insensibles á las crueldades de la temperatura, encontrando su sustento en lugares donde no podían mantenerse las bestias más acostumbradas á privaciones. Eran los primeros eremitas, los cristianos, ansiosos de soledad y sufrimientos, que iban á imitar, sin saberlo, lo que hacían desde muchos siglos antes los contemplativos de la India, llamados después faquires, y otros santos asiáticos.
Necesitaban huir del mundo por un deseo de sacrificio, por libertarse de la esclavitud de las conveniencias sociales, para no presenciar la abominación que ofrecían las grandes poblaciones egipcias, como Alejandría y otras, donde el cristianismo triunfante se había corrompido, viviendo en alegre transigencia con el paganismo, opulento y todavía poderoso por la fuerza de la tradición.
Aquí, San Pablo de Tebas, el primero de los eremitas, pasó, según la leyenda piadosa, noventa y siete años metido en una gruta solo con Dios, y para que no muriese de hambre, un cuervo le traía todos los días un pan en el pico. Aquí también, según la misma leyenda, vivió Santa María de Egipto, célebre solitaria, que encontró Zozimas después de cuarenta y ocho años de aislamiento, con el cuerpo quemado por el sol y vestida solamente de sus largos cabellos blancos.
Pero el héroe de la Tebas abandonada fué San Antonio. Deseoso de mayor soledad, avanzaba por los páramos de la Tebaida, internándose cada vez más en el desierto, y una muchedumbre de ascetas jóvenes, atraídos por la fama de sus virtudes, seguía sus pasos para instalarse en torno á su refugio. Dormían en los sarcófagos de los antiguos idólatras; evitaban todo contacto con las esfinges porque tenían cara y pechos de mujer; los dioses tebanos y los colosos faraónicos perturbaban sus noches como apariciones del diablo.
Algunos de estos anacoretas, para aislarse de un mundo infernal que parecía hablar á las horas meridianas, cuando el sol dilata la piedra, ó gesticulaba en la noche azul por obra de la luna, que hace contraerse los rostros de las estatuas, se instalaron en lo más alto de columnas solitarias, y puestos de rodillas sobre el capitel en forma de loto, permanecían en oración, lo mismo que un faquir.