La inmensa ciudad inmóvil, con su pueblo de imágenes colosales y sus muros cubiertos de figuras y bestias, ofrecía un ambiente de hechizo, favorable á los mayores extravíos imaginativos. Aquí se comprenden las tentaciones de San Antonio—ridiculizadas luego por la ingenua devoción popular y los cuadros de los pintores cristianos—, las astucias inútiles del demonio corruptor, relatadas de buena fe por otros santos entusiastas del célebre anacoreta.

Tan numerosos fueron los solitarios en la Tebaida, que acabaron por juntarse en grupos, levantando á guisa de templo una cabaña y sometiéndose á una disciplina para las necesidades generales. De esta suerte, los anacoretas que buscaban la soledad terminaron por ser cenobitas, formando asociaciones.

Pacomio, antiguo soldado recluído voluntariamente en el desierto por consejo de un discípulo de San Antonio, dió á los miles de anacoretas una organización militar, ordenando sus chozas ó celdas bajo el mismo plan que el campamento de las legiones romanas, sometiendo á los solitarios á una disciplina guerrera basada en la obediencia absoluta.

Así se fundó el primer monasterio. Los ascetas venidos á las ruinas de Tebas por odio á las cosas mundanales, por librarse de las imposiciones de la sociedad, volvieron al mundo y á la sociedad, pero en masa, organizados como una fuerza que desde el desierto egipcio se desparramó por todo el mundo de entonces, y aún hace sentir su influencia en algunos pueblos después de transcurridos más de mil quinientos años.

Al retirarse los eremitas, cayó Tebas otra vez en el abandono y el silencio. Pasaron siglos sin que sus ruinas viesen otros hombres que los barqueros del Nilo navegando de largo ante ellas. Después, varios labriegos egipcios hechos musulmanes vinieron en busca de tierras y de vida libre, lejos de los califas del Cairo, y fundaron los dos pueblos de Karnak y Luxor.

Otros siglos más de olvido y silencio.

Un día llegaron Nilo arriba grandes barcazas llenas de combatientes. Iban tocados con sombreros de dos picos, y sobre sus fusiles el sol egipcio hacía arder las bayonetas lo mismo que llamas. Al desembarcar se desplegó sobre ellos una bandera de tres colores, y algunos, para hacer más viva su marcha, entonaron un canto llamado la Marsellesa.

Eran los soldados de Bonaparte y de Kleber.

Al ver de pronto la columnata gigantesca de Karnak enmudecieron. Un estremecimiento de emoción circuló por las filas, y los guerreros de la República francesa, apoyando el fusil en su pecho para tener libres las manos, empezaron á aplaudir lo mismo que si estuviesen en un teatro de París...

El decorado escénico merecía la ovación.