XVIII
EL VALLE DE LOS REYES

La Tebas de la orilla izquierda.—Cuatro kilómetros de sepulturas.—El cadáver y su «doble».—Cómo los embalsamadores preparaban las momias.—Arquitectura de los hipogeos.—Astucias de los constructores para desorientar á los ladrones de tumbas.—La comida del muerto y de su «doble».—Los egipcios añaden el alma á estos dos seres encerrados en la tumba.—El tribunal de Osiris y la balanza para pesar las almas.—La primera concepción del Infierno y del Purgatorio.—Una aristocracia intelectual guardando en el misterio su monoteísmo.—El Valle de los Reyes.—El «snobismo» esperando ante la puerta del faraón puesto de moda.—La tumba del padre de Ramsés.—Amenofis II obligado á recibir diariamente una muchedumbre irrespetuosa.—Las horribles momias de cabellera bermeja.—Los colosos de Memnón, que nunca representaron á este personaje mitológico.—Cómo les dieron tal nombre, y el saludo musical de Memnón á su madre.—Arando con un camello y un asno.—Lo que me dijo el dueño de esta yunta extraordinaria.

El segundo día de mi permanencia en Luxor, atravieso el Nilo para visitar las ruinas de su orilla izquierda, llamada por los viajeros ingleses «la ribera del Oeste».

Entro en un lanchón movido por ocho remeros y con la vela plegada en lo alto del mástil. Algo mayores que él, y con una cámara baja en la popa, eran los barcos que remontaban el río desde El Cairo antes de que se estableciese la navegación á vapor, deteniéndose en los numerosos lugares de ambas orillas merecedores de interés. Este viaje, unas veces á remo y otras á vela, consumía seis ú ocho semanas entre la ida y el regreso, igualándose la excursión por el Nilo á una travesía de alta mar.

Ahora varias agencias ofrecen al público un servicio continuo de vapores-hoteles, semejantes al que nos trajo de la segunda á la primera catarata. Estas flotillas del Nilo clásico, entre la primera catarata y el delta, siempre tienen algún buque amarrado en el muelle de Luxor, acabado de llegar ó que se dispone á partir.

Se desliza nuestra lancha entre dichas naves, que parecen casas, con el casco casi á ras del agua y varios pisos superpuestos. Apenas salimos al río libre, los remeros entonan su cántico ritual. La travesía es muy corta, pero necesitan cantar como una justificación de lo que va á ocurrir así que nos aproximemos á la otra orilla. Uno de ellos abandonará el remo para presentar su gorro rojo como un platillo: Bacshis. La barca ha sido alquilada; su dueño, que está en tierra, cobrará el precio á la vuelta. No importa: Bacshis. En estos países orientales, desmoralizados por la afluencia de visitantes, las cosas hay que pagarlas dos veces y todo empleo se aprecia más por el bacshis que por su sueldo fijo.

Al saltar á tierra subo por un declive de barro seco y ocupo un carruaje de dos caballos, que guía un beduíno de altísimo tarbuch. Esto sólo lo consigo después de librarme de la horda de cocheros, borriqueros, vendedores de escarabajos sagrados é idolillos que está acechando desde el amanecer á los grupos de excursionistas que pasan el Nilo para visitar los colosos de Memnón, el Valle de los Reyes, las estatuas del Ramaseum y otras ruinas milenarias.

Siento cierta emoción al verme en la antigua Tebas de la orilla izquierda.

Como Egipto vivió con el pensamiento puesto en la muerte, sus habitantes se ingeniaron para hacer durar los cadáveres de un modo inaudito, amontonando por millones de millones las momias en el reducido espacio de las dos riberas nilóticas, de tal modo que en algunos lugares la tierra que se pisa es en realidad polvo humano. No hay un rincón en el antiguo valle del Nilo que no sea tierra sagrada.

Frente á la antigua Tebas ya he dicho que se extiende el desierto Líbico, con una cadena de montañas cuyas paredes abruptas forman anfiteatros paralelos al Nilo. Entre estos baluartes calcáreos y la ribera descienden muchas colinas rojas, y es en ellas donde los habitantes de la antigua Tebas depositaron sus muertos, extendiéndose la montañosa necrópolis cuatro kilómetros á vuelo de pájaro. Los reyes imitaron á los particulares que podían pagar una tumba y un embalsamamiento y abrieron sus hipogeos en los mismos declives.