No intentaron los monarcas tebanos levantar pirámides sobre sus tumbas, como lo hicieron los reyes de Memfis dos mil años antes. La vida egipcia había cambiado. Los monarcas ya no podían dedicar todos los hombres y las riquezas del país á la construcción de su sepultura, igual que en tiempos de Kheops. Y como las Pirámides no son en realidad otra cosa que montañas artificiales en cuyas entrañas se ha abierto un pasadizo terminado por una cámara sepulcral, los reyes de Tebas perforaron las mismas habitaciones en la roca de las montañas naturales.
Así se fué extendiendo, siglo tras siglo, el enorme panteón faraónico, disimulado exteriormente y repleto en sus salas interiores de imágenes, objetos sagrados y muebles lujosos, que se conoce con el nombre de Valle de los Reyes.
En los desfiladeros de estas colinas rojas no existen solamente tumbas reales. Las hay en número infinito de sacerdotes, altos funcionarios, jefes del ejército y gentes de la clase media.
Para combatir la destrucción del cuerpo y sobrevivir ficticiamente á la muerte, todos los egipcios desearon ser potentados. Hasta los menestrales pasaban su vida haciendo economías para que los herederos pudiesen pagar su entierro y su tumba. La momificación de un cadáver de rico costaba un talento, cantidad que representa muchos miles de francos oro en la moneda actual. Los cadáveres de pobres eran tratados con menos atención, pero aun así consumía su embalsamamiento casi toda la herencia legada por el muerto. Los indigentes, incapaces de satisfacer los precios exigidos por los embalsamadores y de adquirir unos cuantos palmos de tierra en la necrópolis común, debían renunciar á la esperanza de conocer una vida más feliz, pereciendo por entero y para siempre.
El gran arte nacional fué el del embalsamamiento, y todos se preocupaban de él. Creyeron primeramente los egipcios que cuando una persona muere, algo de ella continúa viviendo, y á esta supervivencia le dieron el nombre de «doble», imaginándola como una especie de sombra ó fantasma, igual al cuerpo en sus líneas y colores, visible para los vivos, pero completamente impalpable. Durante miles de años creyeron igualmente que el «doble» sólo podía existir mientras el cadáver no sufriese descomposición, y de aquí los cuidados que dedicaron al embalsamamiento, consiguiendo que la momia se conservase entera siglos y siglos.
Luego triplicaron dicha concepción, reconociendo tres partes en cada persona fallecida: el cadáver, el «doble» y el alma. El «doble» quedaba dentro de la tumba viviendo al lado del cadáver, y el alma vagaba muy lejos, en el llamado «reino del Oeste», después de probar ante Osiris que merecía tal honor por las acciones benéficas y justas realizadas durante su existencia terrenal.
Herodoto y otros viajeros antiguos relatan los trabajos de los embalsamadores, presenciados por ellos, para impedir la descomposición de los muertos. Cuando eran ricos les extraían, valiéndose de ganchos, el cerebro y los intestinos, rellenando su interior con mirra, canela y otros perfumes. Después de coser al cadáver lo bañaban en sal sosa durante sesenta días, fajándolo últimamente con vendas de tela untadas de goma. En los embalsamamientos de segunda clase se abstenían de sacar las entrañas, poniendo tapones al cadáver para impedir la salida de sus líquidos, y lo metían igualmente dos meses en sal sosa para que ésta devorase sus carnes, no dejando más que la piel y los huesos. En este embalsamamiento, y en el de tercera clase para los más pobres, no quedaban los cadáveres envueltos en vendas, como las momias de los ricos.
Eran cientos de miles los obreros que trabajaban en todo Egipto preparando los muertos para que se mantuviesen sin deterioro en sus tumbas. Esta industria empleaba grandes cantidades de estofas preciosas, telas comunes, líquidos perfumados y antisépticos, substancias químicas, gomas, materias bituminosas, sin contar los amuletos preciosos y los ricos objetos sagrados cosidos á las vestiduras de los cadáveres.
Las vendas de tela fina que envuelven algunas momias de faraones tienen á veces un kilómetro de extensión, siendo varias las empleadas en un solo cadáver, y todas ellas fueron sumergidas previamente en líquidos perfumados con aromas de la Arabia Feliz. Según dicen algunos egiptólogos, la preparación y el cuidado de los muertos ocupaba en Egipto á una mitad de los vivos.
Como la tumba iba á ser la casa del «doble» durante miles de años, todos procuraban que resultase más amplia y rica que la poseída en vida por el difunto, dedicando á ello la mayor parte de sus bienes. El «doble» necesitaba ser alimentado, vestido y alojado lo mismo que el muerto durante su existencia.