Hemos llegado en día de gran peregrinación. Es el Sivarat, la fiesta de Siva, que marca el principio de la primavera indostánica. Casas y templos desbordan de gentío. En las calles hay que abrirse paso con los codos. Los gaths tienen orlados sus peldaños de filas humanas multicolores, que permanecen inmóviles, contemplando el Ganges. Al bajar del tren encontramos automóviles, que nos llevan por las avenidas del Benarés moderno, donde viven los ingleses. Después seguimos caminos polvorientos, hasta llegar á los arrabales de la ciudad vieja. La estación del ferrocarril está lejos. Nuestro tren, después de atravesar el puente, ha hecho una curva de varios kilómetros, sin detenerse.
Hay que echar pie á tierra en la entrada del viejo Benarés. Ninguna de sus calles tiene más de cuatro metros de anchura, y hoy están obstruídas por la muchedumbre. En días normales tampoco puede circular por ellas ningún vehículo.
Avanzamos lentamente por las callejuelas que conducen al río. Todos marchan hacia el Ganges. Los vecinos de la ciudad, acostumbrados á ver extranjeros, apenas se fijan en nosotros; pero los más de los transeuntes son peregrinos venidos á la fiesta desde provincias remotas, y nos acosan con su curiosidad y sus demandas. Una turba de mujeres cobrizas como gitanas, de reptilesca delgadez, ostentando botones de plata en la nariz ó las mejillas, los brazos cargados de pulseras de plomo brillante y un velo de colores arrollado desde las rótulas á la cabeza, nos colocan ante el rostro su diestra pegajosa y fría para que les demos dinero. Grupos de niños desnudos se unen á esta demanda insistente, cortándonos el paso, agarrándose á nuestras rodillas, repitiendo la melopea de su petición. Para librarme de tales estorbos, los empujo y me echo á un lado, abriéndome paso á través de un grupo de indostánicos inmóviles.
Un alarido junto á mis pies; una cara achocolatada que me grita de abajo á arriba con expresión de alarma. Quedo en medroso equilibrio, con una rodilla en alto, junto á un cesto redondo del que se elevan varios cables obscuros y balanceantes. El que me grita es un sapwalla, para evitar que introduzca uno de mis pies, calzados con zapatos de lona, en el cesto de sus cobras.
Me echo atrás; un policía indígena me toma bajo su protección, y gracias al camino que va abriendo con la porra que empuña su diestra, consigo llegar á los gaths del Ganges.
Aprecio aquí la importancia religiosa de Benarés, mejor que en sus callejuelas. Puedo abarcar en una sola mirada la grandeza de este río divino y los miles y miles de seres humanos hundidos hasta el cuello en sus aguas ribereñas, con los ojos en oración. Toda la India inmóvil en su ensueño religioso, la India del quietismo contemplativo, que resulta incomprensible al ser estudiada en los libros, se revela de golpe con la majestuosa aparición del Ganges. En lo más alto del gath me siento zarandeado por la muchedumbre que se derrama poco á poco por las tres caras de su graderío. Es una muchedumbre multicolor, como no la he visto en ningún pueblo del Extremo Oriente, como jamás volveré á verla en otro país. Por un azar, la mayor parte del gentío de las callejuelas iba vestido de blanco, contrastando el albo color con sus carnes de bronce. Aquí, las mujeres se cubren con velos escarlata, azafrán, rojo, amarillo, verde, morado ó color de fuego. Muchos hombres llevan fajas y turbantes de iguales tintas: el turbante indostánico terminado en punta, con un extremo que cuelga sobre el pescuezo. Varones y hembras son de exagerada delgadez, que da á sus movimientos silenciosos una agilidad y una soltura extraordinarias, haciendo pensar al mismo tiempo en la extenuación del hambre. Cuando alguno de estos seres es obeso, su gordura resulta igualmente exagerada, con la hinchazón elefantíaca de ciertos ídolos.
Los bracmanes, vestidos de blanco ó rojo, descienden impasibles hacia el río, como si marchasen á través de la soledad. Otros sacerdotes de sectas incomprensibles para nosotros nos rozan al pasar con repulsivo contacto. Algunos llevan la cara pintada de ceniza y boñiga, como payasos grises. Otros, más pequeños, tienen aspecto de bufones sagrados y ostentan un gorro en forma de campánula invertida, cubierto de flores artificiales, con faldellines de la misma especie sobre las caderas. Los hay pintados igualmente con pasta de cenicienta palidez, los ojos perdidos en la profundidad de sus órbitas, los brazos óseos, el costillaje saliente por la flacura, cubiertos con una especie de sudario quemado y deshilachado, que parecen cadáveres recién expelidos por la tierra.
Descendemos un centenar de escalones, percibiendo á la vez la respiración húmeda del Ganges, el olor sudoroso de la muchedumbre que aún no se ha bañado y un perfume primaveral. En los últimos peldaños, los vendedores de flores agitan sus brazos cargados de guirnaldas. Todos los peregrinos, hasta los más miserables, compran un collar florido para ofrecérselo al padre Ganges.
Flores, flores por todas partes, rojas, amarillas, azules. El río tiene cubierto de pétalos su remanso frente á Benarés. Hasta diez ó doce metros de la orilla existe un banco flotante, color de sangre, de cielo y de oro, que sube y baja con las palpitaciones de la corriente ó el paso de las barcas, choca contra la orilla, se despega formando islas y vuelve á soldarse con la piedra de los peldaños.
La luz alegre de un sol adolescente saca destellos de esta muchedumbre apretada á lo largo del Ganges, pone resplandores en los pesados brazaletes femeniles, chisporrotea en los botones de plata ó los diamantes incrustados en mejillas y narices, hace relucir como pequeños soles los vasos de bronce que los devotos sostienen en una mano para llevarse á su vivienda el agua sagrada.