Lo extraordinario en este amontonamiento de gente oriental es la abundancia de mujeres. En ninguno de los pueblos asiáticos son presenciadas las ceremonias religiosas por tal muchedumbre femenina. La mayor parte de los fieles profesa el induísmo, y sus mujeres van á cara descubierta, sin más que un velo sobre la cabellera. Todas se han puesto sus mejores joyas para la fiesta del Sivarat. Muchas, además de los botones y piedras preciosas incrustados en el rostro, ostentan grandes aros de oro y esmeraldas pendientes del tabique central de su nariz.
Como los induístas no llevan turbante, la mayor parte de esta aglomeración devota se compone de cabezas descubiertas recién esquiladas para que resulte más eficaz la inmersión en el río sagrado.
Salto á una de las barcazas que llevan viajeros por la curva del Ganges, de un extremo á otro del caserío. Son embarcaciones pesadísimas, en las que se atendió á la estabilidad más que á la rapidez. Sobre su casco existe una casa de madera pintada, cuya techumbre sirve de terraza. Subimos varios á esta azotea fluvial, tomando asiento en sillones de junco ennegrecidos y con patas vacilantes, restos del mueblaje de algún funcionario británico.
Junto á la proa bogan dos muchachos casi desnudos, que soplan de cansancio al mover sus remos enormes. Arriba, en la parte trasera de la terraza va el «capitán», indígena tostado é igualmente desnudo, que empuña á guisa de timón un remo todavía más grande. Nos deslizamos lentamente aguas arriba, á pocos metros de la ribera. Ahora podemos apreciar la cara gangética de Benarés, la altura enorme de sus muros sin ventanas, los palacios, cuyos dueños sólo vienen para morir.
Las cornisas de estos edificios tienen filas de palomas blancas ó de color metálico, inmóviles, en un quietismo medroso. Sobre el cristal del cielo se balancean buitres y aguiluchos, como borrones con alas. Las galerías de afiligranado arquerío dejan ver gasas multicolores y tapices venerables puestos á secar. En otros palacios, los salones han sido transformados en pajares, asomando por el hueco de sus dobles ojivas el amontonamiento de los haces. Algunas techumbres sustentan el aditamento de cabañas negruzcas, que sirven de vivienda á una servidumbre parásita y olvidada. Monos rojizos, de azogada inquietud, trepan por los salientes de las fachadas, desaparecen en los tragaderos de los ventanales y vuelven á surgir poco después.
Rozamos al pasar grandes barcos pintarrajeados, con uno ó dos mástiles: yates indígenas de príncipes y nababs, anclados frente á sus palacios, que sólo navegan cuando se celebra una fiesta acuática en honor del padre Ganges. Estas galeras, mayores que la nuestra, sustentan igualmente una amplia casa sobre su casco y una terraza en su techumbre, pero están pintadas, á partir de la línea de flotación, con más abigarrados colores. Unas son rayadas como el tigre ó la cebra, otras blancas con guirnaldas de flores enormes; algunas tienen ojos y una proa fisonómica, lo que les da aspecto de bestias fabulosas.
No hay una sección de la orilla sin su capa flotante de pétalos y su muchedumbre que se baña ó hace oración. En algunos recodos desaparece el agua enteramente bajo las cabezas y no se sabe dónde empieza la orilla.
Una hilera de quitasoles que parecen techumbres de chozas sigue las sinuosidades de la ribera. Estos hongos colosales son de paja trenzada y tienen inscripciones en indostano pintadas de negro con grandes caracteres. Debajo de cada uno de ellos existe un santo bracmán, un sacerdote de nombre célebre, que lleva años y años viniendo á ocupar todos los días, á la salida del sol, el mismo lugar, y así continuará mientras exista.
Veo á uno de estos personajes que llega tarde á su puesto y se coloca bajo la cúpula del quitasol en una postura que guardará hasta el ocaso. Se sienta con las piernas cruzadas sobre una tarima que avanza unos cuantos palmos sobre el río. Tuerce su cúpula amarillenta para que la sombra le cubra mejor, se balancea á un lado y á otro hasta quedar cómodamente sobre sus pantorrillas en aspa, y una vez que ha tomado esta posición, semejante á la del Buda, queda inmóvil, mirando la corriente del Ganges con meditativa fijeza.
Estos santos varones tienen su fama y su clientela. Los fieles vienen á visitarlos desde enormes distancias, trayéndoles presentes á cambio de certificados que acrediten su viaje al Ganges, de recetas milagrosas, de oraciones escritas y de fetiches. Todos poseen arriba, en el viejo Benarés, casa propia, y la frescura de sus trajes inmaculados ó de ardientes colores contrasta con la miseria de sus devotos.