Entre nuestra embarcación y la orilla van pasando, aunque permanecen inmóviles, nuevas masas de hombres metidos en el río hasta los hombros, insensibles á la frialdad de su corriente, los ojos en alto ó mirando el propio pecho con religiosa tenacidad. No hacen el más leve movimiento curioso ante el buque que pasa junto á ellos y les bate los pectorales con las ondas de su desplazamiento. Están en oración, una oración rutinaria y monótona que absorbe sus sentidos.

La ribera baja del Ganges es insegura para las edificaciones. Crecidas frecuentes y la flojedad de un suelo de aluvión parecen burlarse de los esfuerzos del hombre. Pasamos ante los restos de un templo grandioso, que se amontonan, parte en la orilla y parte dentro del río. Este monumento de arquitectura indostánica no se ha desmenuzado al derrumbarse. Cayó en secciones, partido en piezas, como los edificios que sirven de juguetes á los niños, yéndose cada fragmento por su lado. Hay cúpulas que permanecen enteras con su base en el fango, ladeadas sobre el agua. Escalinatas de una sola pieza, caídas sobre una de sus caras laterales, tienen los peldaños derechos lo mismo que un muro que se hubiese plegado en ángulos de acordeón. Algunas galerías, al desplomarse, hundieron sus arcos en el Ganges, quedando en forma de puentes. Los remates de torre erguidos sobre la lámina fluvial resultan habitaciones acuáticas en las que penetran los nadadores. Columnas completas emergen como palmeras desmochadas. Sobre sus capiteles hay faquires andrajosos, que prefieren para su oración estas islas de piedra, altas y vistosas, donde apenas pueden moverse. El mismo instinto hizo instalarse en el remate de las columnas faraónicas á los «estigiritas», santos y huraños derviches del cristianismo egipcio.

Nadie ha hecho el menor esfuerzo por pescar las piezas gigantescas de este monumento caído en el río y reconstruirlo. Para el indostánico, lo mismo valen las intenciones que los hechos. El templo ya fué levantado; el padre Ganges lo ha querido en esta nueva forma, y no hay que contrariarle. La divinidad ya conoce las intenciones de sus constructores.

Más allá, una nube fuliginosa y un olor de grasa anuncian el gran crematorio de Benarés. Navegamos lentamente ante las plataformas y escalinatas de este lugar donde vienen á consumirse los personajes más poderosos de la India.

Varias hogueras arden á la vez. Una cúpula de humo azulado esfuma las fachadas de templos y palacios que se alzan en el fondo, haciendo temblar las líneas de sus remates. Hombres negros de hollín van y vienen entre las hogueras, derramando cazos de aceite para animarlas. Otros golpean con barrotes de hierro á los cadáveres y los parten, acelerando de este modo su cremación.

Aunque los restos son arrojados al Ganges, queda en estas plataformas una gruesa capa de cenizas siempre tibias. Los cuerpos recién quemados calientan las escorias de las incineraciones anteriores.

No queriendo ver de más cerca esta operación, permanecemos en el río. Evitamos tropezar con esqueletos calcinados que aún guardan su forma; meter el pie en los restos de un cadáver; aspirar á corta distancia el humo humano. Arden ocho piras á la vez, y los que están junto á ellas son mendigos induístas, lisiados, leprosos, paralíticos cubiertos de llagas, horrible colección de esbozos de hombres, que al presenciar el espectáculo de la muerte se consuelan de su miseria y sienten el orgullo de vivir.

Adivinamos desde lejos la casta social de los que arden en el quemadero. Hoy son cadáveres de pobres, á juzgar por su escasa leña. Uno se tuesta con las piernas fuera del brasero, y estas piernas, hinchadas y ennegrecidas por las llamas, toman la forma de morcillas chorreantes de grasa. Los operadores fúnebres las parten con dos golpes de tridente; luego las pinchan en el suelo, para arrojarlas á continuación en el centro de la hoguera.

El incendio fúnebre envía hasta el río telarañas de hollín; otras veces expele un sacudimiento de plumitas negras, que nos obliga á alejarnos. Además, nuestro «capitán» quiere que presenciemos una ceremonia extraordinaria que se está desarrollando en el último peldaño de otro gath.

Una procesión cubre su graderío. El navegante gangético nos explica que el día anterior ha muerto en Benarés un santo varón, célebre por sus virtudes y milagros, y van á echarle al agua. A los personajes sacerdotales de Benarés no los queman al morir. Gozan el mismo privilegio que los niños de corta edad, los cuales tampoco son incinerados. Sus cadáveres los llevan al río para que permanezcan eternamente en las profundas y pacíficas entrañas del Ganges.