La paz del Ganges es simplemente una figura poética de sus devotos. El santo río está infestado de caimanes enormes, caimanes que llevan siglos de existencia, y esperan que muera un santo ó una epidemia se cebe en los niños para comer con abundancia.

Vemos desde el buque al venerable bracmán, que parece vivo. Su cadáver ocupa una silla dorada, está envuelto en velos blancos y una barba alba y sedosa desciende hasta la mitad de su pecho. Suenan músicas y cánticos. Cuatro devotos levantan la silla y se meten con ella en el río, hasta que el agua toca sus hombros. Allí sueltan el sagrado depósito, y asiento y cadáver flotan un momento en la corriente, acabando por desaparecer. ¡Carne santa á los caimanes!...

Nos aproximamos luego á otro gath que tiene aspecto de feria. Hay gimnastas á varios metros del suelo, que voltean sobre bambúes sostenidos por sus camaradas, con el vientre hundido en el remate de dicha percha y los cuatro miembros abiertos en aspa. El eterno encantador de serpientes toca su gaita ante el redondo cesto de reptiles balanceantes. Prestidigitadores sin más traje que un taparrabos sacan de su cuerpo pajarillos, ramilletes de rosas, transforman serpientes en varas, repiten la misma operación á la inversa y mantienen una cuerda en sus manos recta y rígida como si fuese un palo.

El interminable banco de pétalos y guirnaldas que flota junto á la orilla empieza á descomponerse bajo el ardor solar, exhalando un perfume semejante al de las flores de cementerio. El Ganges, color de ajenjo, esparce á la vez olores de jardín húmedo, de madera quemada, de hollín de cadáver, de cuerpo de mujer ungido con jazmines, uniéndose á esto el hedor de las letrinas de la ciudad que descienden á perderse en el río santo, imagen de la vida y de la muerte.

Miles y miles de hombres continúan inmóviles dentro de él, como una humanidad quimérica compuesta de bustos flotantes. Olvidan al caimán que se mueve una docena de metros más allá, en las aguas profundas, masticando su presa fresca. Están absorbidos por la oración, y si inclinan su cabeza es para beber á buches el agua cargada de zumo de flores y zumos humanos.

Un canto vibrante, que tiene el dulce temblor del cristal, corta el espacio y parece imponer silencio á los mil ruidos de la muchedumbre. Es una voz de tenor, ardorosa, impulsiva, autoritaria, lanzando gorjeos complicados, semejantes á los de las canciones tirolesas.

Veo al cantor, grandote, musculoso, destacándose por su robustez sobre la flaca muchedumbre indostánica. Su rostro cobrizo está partido por la barra de unos bigotes negros. Lleva sobre su cabeza un turbante verde, puntiagudo y con rabo, como el de todos los musulmanes.

Juzgamos inexplicable el canto de este tenor infiel, enemigo del brahmanismo. El guía mestizo que nos acompaña le escucha con deleite, y cuando su voz hace una pausa, contesta á nuestras preguntas:

—Es un himno en honor del padre Ganges. Los musulmanes han acabado por adorar la santidad de nuestro río.

III
LA SAGRADA BENARÉS