Añadamos que este pueblo, politeísta en apariencia y deificador de toda clase de animales, llegó á poseer en el curso de los siglos una concepción monoteísta. El pueblo y las clases ricas poco ilustradas siguieron fieles al conjunto de supersticiones que constituían su religión nacional. La gran masa de los sacerdotes fomentó igualmente las diversas adoraciones del politeísmo egipcio, gracias á las cuales pudo continuar poseyendo las mejores tierras del Nilo. Pero ciertos faraones cultos y algunos sacerdotes de alta categoría guardaron entre ellos, como si fuesen misterios, las concepciones de su mentalidad superior, y los egiptólogos han encontrado en documentos de aquella época lo más hermoso que se ha dicho por los antiguos sobre la existencia de Dios, único y omnipotente.
Siento las molestias de una temperatura muy elevada cuando el carruaje empieza á rodar por los desfiladeros que conducen al Valle de los Reyes. Seguimos un camino de arena rojiza que apenas tiene la anchura necesaria para que pasen dos vehículos á la vez. Las paredes en pendiente de las colinas son igualmente rojas, con un tono de sangre seca. Parecen absorber la luz y no devolverla; la transforman en un calor semejante al de los carbones sin llama, que secan el ambiente de una habitación y no añaden ninguna claridad.
Estos pasadizos de las colinas líbicas se van ensanchando hasta formar una especie de olla roja, que es el llamado Valle de los Reyes. Ni un árbol ni una planta; peñas nada más; derrumbamientos de piedra suelta desde los filos de las colinas.
Unos gendarmes egipcios siguen con ojos vigilantes el trabajo de varios obreros. Elevan éstos un estrado de madera, adornándolo con percalinas floreadas y banderas nacionales. Mi cochero me explica que dentro de unos días, ó de una semana, y bien pudiera ser pasado un mes, vendrán altos funcionarios del Cairo para proceder á la apertura de una nueva sala en la famosa tumba de Tutankhamen. Después añade que tal vez no vengan nunca, á pesar del gran número de viajeros que llenan á estas horas los hoteles de Luxor. El «snobismo» les ha hecho volver luego de terminada la estación invernal, arrostrando el calor creciente. Hasta príncipes reales y grandes personajes viven en Luxor esperando esta segunda apertura de la tumba.
Creo que á la mayoría de ellos nada les importa Tutankhamen, rey de una de las últimas dinastías tebanas, cuyo nombre ignoraban hace unos meses. Pero ahora no se habla de otra cosa, y como el faraón está de moda, se disputan el honor de entrar en su sepultura y esperan en Luxor, aventándose las moscas, á que el gobierno egipcio decida una nueva exploración para poder decir: «Yo estaba allí.»
Me enseñan la puerta de la célebre tumba: una boca de cueva dando acceso á una siringa en pendiente; ni más ni menos que las entradas de los otros hipogeos. Lo extraordinario de ella hasta el presente son los muebles encontrados, mas éstos se hallan ya en el Museo del Cairo y podré verlos antes de transcurrida una semana.
Seguimos adelante, para conocer otras tumbas no menos completas y famosas. La de Seti I, padre de Ramsés II, es el tipo perfecto del hipogeo real. Sus siringas oblicuas llegan á una gran profundidad. Hay que pasar por puentecitos de madera sobre abismos abiertos intencionadamente para que los exploradores se equivocasen y descendiesen á ellos creyendo encontrar á su término la cámara mortuoria.
Todas las tumbas del Valle de los Reyes son ahora fáciles de visitar. La luz eléctrica brilla en los techos de salas y galerías; el camino desde la entrada al final resulta directo; pero hay que imaginarse los titubeos y desorientaciones que debieron sufrir los egiptólogos del pasado siglo antes de poseer el secreto de estas sepulturas subterráneas, cuyos constructores inventaron toda suerte de engaños y obstáculos.
Son admirables las pinturas murales que adornan el hipogeo del padre de Ramsés. Se alinean en ellas centenares de figurillas, con sus cabezas siempre de perfil, representando ceremonias religiosas y funciones de la vida ordinaria. El hipogeo está iluminado ahora con bombillas eléctricas; pero los artistas que trazaron en el muro tales pinturas no tuvieron para realizar su obra otra luz que la de las antorchas. Justo es añadir que los pintores de las últimas dinastías tebanas, ó sea el período en que Egipto apareció más rico y poderoso, eran artistas rutinarios y trabajaban de un modo casi maquinal.
Escultores y pintores empezaron copiando directamente la Naturaleza. Luego sus discípulos imitaron con minuciosidad lo que ellos habían hecho, y de copia en copia se fué estilizando la representación de las cosas.