Las obras más antiguas de Egipto son las más notables, las que verdaderamente interpretaron el tipo nacional. La célebre estatua Cheik-el-Beled debe tal nombre á que en el acto de ser descubierta por unos fellahs, éstos lanzaron gritos de asombro viendo su exacto parecido con el alcalde ó cheik de su pueblo. Por esto se da el nombre de «Alcalde del pueblo» á dicha imagen de madera, la más antigua que se conoce en el mundo. Después de varios miles de años, la semejanza resulta perfecta entre un funcionario de las remotas dinastías faraónicas y un cheik de aldea de los modernos kedives. Lo mismo puede decirse de otras estatuas de igual época que existen en diversos museos de Europa.
En cambio, las imágenes colosales de piedra de los grandes faraones de Tebas, esculpidas veinte siglos después, y las estatuas que representan sacerdotes y altos funcionarios, son tan rígidas y monótonas que apenas si se distinguen entre ellas. El arte bajo la influencia teocrática se había hecho hierático, sin expresión natural, obedeciendo á un canon rutinario.
Los visitantes de la tumba de Seti I la encuentran vacía. Su momia está en el Museo del Cairo junto á la de su hijo Ramsés II. El cadáver de éste y los de otros monarcas fueron descubiertos en un escondrijo, donde los habían depositado muchos siglos antes, por miedo á los beduínos ladrones que se dedicaban al saqueo de hipogeos en el Valle de los Reyes.
La única tumba «habitada» es la de Amenofis II. Está la momia en el centro de la cámara sepulcral y su sarcófago de piedra tiene una tapadera de vidrio, para que se pueda ver el cadáver tendido de espaldas. Una bombilla eléctrica pende de lo alto, junto al rostro del faraón. Todos los días, en las horas fijadas para las visitas por el director de Monumentos históricos del Cairo, este monarca del Alto y el Bajo Egipto, deificado por sus sacerdotes, señor absoluto de sus súbditos, dueño de sus tierras, constructor de templos, tiene que sufrir la luz extraña y blanca que arde sin calor sobre su rostro, exponiéndolo á la curiosidad de tantos miles de transeuntes de otras razas, que le miran, sonríen, hacen comentarios, muchas veces irreverentes, y se alejan siguiendo al guía, con un libro bajo el brazo y los gemelos en bandolera. Para un hombre-dios que dió órdenes á millones de esclavos, ésta es la más cruel é inesperada de las esclavitudes. Su «doble», afrentado de tal profanación, debe haber huido para siempre de la caverna mortuoria, que ya no está cerrada por la losa de una puerta fingida.
No por esto se encuentra solo el pobre faraón en sus horas de obscuridad. Se llega hasta su sepulcro pasando por varios corredores, y en uno de ellos vemos una capilla lateral con varias momias tendidas sobre el pavimento, sin sarcófago, sin un ataúd siquiera de los que imitan el contorno del cuerpo humano.
Fueron encontradas al descubrirse el hipogeo real y las dejaron en el lugar que ocupan. Unos las creen de la familia del faraón; otros las aprecian como de altos funcionarios de su servidumbre que quisieron acompañarle en la muerte. Lo único indiscutible es que no pertenecen al pueblo. Estos cadáveres tienen los cabellos largos como una mujer y teñidos de rojo chillón.
El rubio y el rojo fueron los colores de pelo preferidos por la aristocracia egipcia. Estos hombres cobrizos que se llamaban «rojos» querían tener sus cabellos como los «Pueblos del mar», guerreros rubios, de tez blanca, que desembarcaron algunas veces en el delta, y para ello embadurnaban con pastas bermejas sus melenas intensamente obscuras, de un negro casi azulado. Entre los sudaneses y en ciertas tribus del África ecuatorial aún persiste esta costumbre del tiempo de los faraones. Muchos guerreros negros cubren su cabeza crespa con una peluca roja, que en días de gran calor esparce gotas sangrientas sobre su tez de ébano pulido.
Lo que más sorprende en las momias es su pequeñez. Parecen cuerpos de adolescentes y algunas veces de niño, si el difunto fué de baja estatura. El embalsamamiento achica y adelgaza. Ramsés II, que conserva en su féretro las dimensiones de un hombre de nuestra época, medianamente alto, fué sin duda enorme. Amenofis II, en cuya tumba estamos, también debió ser de aventajada estatura, aunque algo más pequeño que el jactancioso Sesostris. Su rostro, á pesar de la tirantez inexpresiva del embalsamamiento, tiene cierta serenidad majestuosa y benévola.
Las momias caídas en la cripta próxima y resguardadas por una simple lámina de cristal resultan horribles. Sus cabelleras teñidas de color de fuego, que persisten después de tres mil años como madejas de polvo endurecido, sus ojos con las cuencas vacías, que se conservan abiertos y parecen mirar, la risa inmóvil de sus bocas con labios de herida tumefacta, su estatura infantil, incompatible con unos rostros de ancianos milenarios, hacen de ellas verdaderos demonios de pesadilla. Seguramente han perseguido á muchos visitantes hasta el otro lado de la tierra, reapareciendo en sus ensueños.
Acaba el viajero por fatigarse en el Valle de los Reyes bajando tantas galerías en pendiente para remontarlas poco después. Las paredes de siringas y salas fúnebres han sido libros abiertos para egiptólogos y artistas. Muchas de las pinturas representan fragmentos de Las letanías del Sol, El libro de la abertura de la boca, El libro del que está en el infierno, El libro de las puertas, obras religiosas cuyos papiros se colocaban junto á las momias. En ciertas tumbas de reyes se ven pintadas escenas del mundo infernal, que contrastan con los risueños episodios de los hipogeos particulares.