Una vez visitadas tres ó cuatro de estas tumbas faraónicas, el viajero ansía nuevos espectáculos para su curiosidad. El calor hace agradable al principio la permanencia en los hipogeos, palacios frescos y silenciosos. Luego causan malestar este ambiente subterráneo que huele á momia, esta luz blanca de lámparas eléctricas brillando en pleno día, y se desea volver á las refracciones solares del valle líbico, comparable por su color y su alta temperatura á un caldero de bronce rojo.

Renunciamos al Valle de las Reinas, para correr por la llanura cultivada que se extiende entre las colinas y el Nilo. De esta llanura, ahora verde por los trigales próximos á madurar, surgen columnatas y colosos.

Vemos el Ramaseum, templo que Ramsés II se erigió á sí mismo, depósito de numerosas estatuas con el rostro de hermosura convencional que quiso atribuirse. En el suelo hay otra estatua suya de proporciones gigantescas, tal vez la más enorme de Egipto. Los temblores de tierra sufridos por Tebas poco antes de la era cristiana, en su época de mayor abandono, derribaron la efigie de este faraón insaciable de gloria, que en los templos de la orilla derecha borró muchas veces el cartucho heráldico de otros monarcas para grabar el suyo.

Existió igualmente en esta llanura el Amenofium, templo funerario de Amenofis III. Sólo quedan de él dos colosos de piedra obscura que flanqueaban la puerta de su pilón. Nada más ha sobrevivido de obra tan enorme. Los fellahs llevan centenares de años arando el limo de su solar.

No consiguió siquiera el faraón autor del Amenofium que conservasen su nombre los dos gigantes de piedra hechos á su imagen. Todo el mundo los llama los colosos de Memnón.

Este guerrero mitológico, hijo del rey de los etíopes, marchó á Troya para socorrerla, y se batió con Aquiles, sucumbiendo después de largo combate. Cuando los viajeros griegos empezaron á explorar Egipto, ya estaba despoblada Tebas y de este templo de Amenofis sólo quedaban en pie los colosos. Se les ocurrió á algunos de aquéllos dar el nombre de Memnón, personaje homérico, á una de las estatuas del rey olvidado, y la otra estatua fué, por deducción lógica, su madre Eos ó la Aurora, la cual pidió á Júpiter concediese á su hijo la inmortalidad. Desde entonces fueron llamadas las dos imágenes de Amenofis «los colosos de Memnón», y con igual nombre las conocieron los romanos.

La corriente de turistas que enriquece á Egipto actualmente no es una novedad. Hace más de dos mil años venían aquí habitantes de Atenas y de Roma para admirar las Pirámides, la Esfinge y los colosos de Memnón, lo mismo que ahora.

Una leyenda se fué esparciendo por el mundo pagano. Rajó un temblor de tierra la cabeza y el pecho de la estatua que representaba á Memnón, y á partir de tal accidente se produjo un fenómeno asombroso para los antiguos. Cuando los primeros rayos solares empezaban á dorar la estatua, ésta resonaba, emitiendo el ruido de una lira que se rompe... Era Memnón contestando al saludo de su madre.

El coloso fué restaurado después con argamasa, quedando en la forma que aún conserva actualmente, y desde entonces cesó el fenómeno. Éste era originado, según se ha dicho, por el paso del aire á través de los poros y las roturas de la piedra. El caldeamiento de la atmósfera bajo la primera luz del sol producía las vibraciones melodiosas.

Hasta hace pocos años, los dos colosos de Memnón se reflejaban en una laguna que el Nilo dejaba en torno de ellos, al retirarse, después de su crecida. Ahora el terreno ha sido levantado por los agricultores, y para llegar hasta los colosos necesito abrirme paso á través de un campo de trigo. Las varillas verdes agitan sus espigas todavía sin granar á la altura de sus pies.