De cerca son dos gigantes heridos en las piernas y el torso con profundos tajos. Sus caras parecen quemadas, y son tantas sus cicatrices, que nada guardan ya de humano. Hacen recordar las figuras monstruosas é informes que, por capricho de la Naturaleza, afectan desde lejos algunos peñascos, en montañas y costas.
Tienen grabadas en sus piernas inscripciones y versos, pero no en inglés, como se encuentran en todos los monumentos egipcios. Son en griego y latín, y las trazaron hace veinte siglos excursionistas que pasaban por aquí sin casco blanco, vistiendo túnicas de lino con grecas de púrpura, cubriendo su cabeza, para librarse de una insolación, con la punta de la clámide ó la toga.
Salgo del campo de trigo y me detengo para observar á un fellah que labra su pedazo de tierra negra, preparando una segunda cosecha.
Es un beduíno de los que se dedicaron á agricultores en tiempos de Mohamed-Alí. Lleva túnica á rayas, algo sucia, pero todavía de vivos colores, y en la cabeza el tarbuch rojo con una tela blanca arrollada en forma de turbante. Su yunta no puede ser más extraordinaria. Un asno grande, huesudo, y un camello viejo, zanquilargo, con la joroba blanda, forman pareja tirando del arado. Esta yunta es digna de los colosos sedentes, que la contemplan ir y venir, emergiendo como escollos sobre el mar verdoso del trigo.
Tengo ante mí una visión clásica del Egipto: Memnón, estatua famosa que cantaba hace dos mil años, y este beduíno que abandonó la vida errante de sus abuelos para hacer germinar el limo nilótico, lo mismo que hicieron las generaciones de hace treinta ó cuarenta siglos, cuyo polvo forma parte de la tierra arcillosa pegada á nuestros pies.
¡Sencillo labriego egipcio, insensible á los cambios de gobierno y de religión, atento únicamente al suelo de barro que lo sustenta!... Contemplo con simpatía á este arador que aún guarda en su trabajo la altivez y la elegancia natural del árabe. Le veo venir hacia mí siguiendo al camello y al burro, empuñando la esteva, sereno el rostro, con la noble gravedad del musulmán. Quisiera saber su lengua para hablarle... Siento deseos de estrechar su mano callosa.
Él, como si adivinase mi pensamiento, inmoviliza su yunta, abandona el arado, se aproxima, me saluda á estilo oriental, llevándose una mano á la frente, abre la boca, y con voz algo bronca dice:
XIX
LAS PIRÁMIDES Y LA ESFINGE
Las ruinas de Memfis.—Camellos para retratarse.—«¡Al fin te veo!»—Las pirámides de Gizéh.—Otras pirámides más antiguas.—La Esfinge y su rostro enigmático.—Ponemos en lo que nos rodea el misterio que llevamos dentro de nosotros.—Remotísima antigüedad de estos monumentos.—La civilización todavía más remota que los produjo.—Diversa duración de la historia egipcia y la historia judía.—Imposibilidad de colocar la una dentro de la otra.—Las Pirámides, saqueadas hace miles de años.—Inutilidad de estos monumentos orgullosos.—Dos leyendas de la tercera pirámide.—Nitokris, «la bella de las mejillas de rosa».—El incesto faraónico.—Cómo Nitokris vengó á su esposo y luego se dió muerte.—La cortesana Rodopis.—Su ascensión á faraona gracias á una sandalia de papiro.—La novela, hermana mayor de la historia.