Vamos en automóvil por un camino ancho que tiene á ambos lados tierras bajas, con el color negruzco del barro nilótico. Veo ante mí la línea donde terminan los campos fértiles del valle y empieza el declive arenoso del desierto Líbico. Este desierto no tiene aquí montañas. Presenta un borde horizontal y regular, una arista de meseta interminable. Únicamente á un lado de ella se alzan aisladas tres montañas blancas, tan blancas, que á esta hora temprana parecen de sal ó de nieve.
Las tres, de vértices desiguales, forman escalones según se alejan, y se adivina que esto no es sólo un efecto de óptica. La más grande de las montañas en triángulo es en realidad la más próxima, la que se alza á continuación la mediana, y la última la de menos altura.
A nuestra espalda queda El Cairo. Hemos llegado á él con las primeras luces del día, después de un viaje de veinte horas desde Luxor.
Estos campos, verdes de trigo ó negros y recién arados en espera de una nueva siembra, sirvieron de solar hasta hace once siglos á Memfis, la más antigua de las capitales egipcias y la que vivió más siglos.
En la época romana los viajeros iban ya á visitar Tebas como un lugar solitario de ruinas interesantes, y en ese tiempo todavía existía Memfis, sobreviviéndose ocho siglos más.
Fueron los musulmanes los que en el siglo II de su era, al fundar la ciudad del Cairo, acabaron con Memfis, borrándola completamente de la superficie de Egipto. Los restos de sus templos fueron llevados á la nueva capital para construir mezquitas y palacios. Sólo se salvaron los edificios mortuorios situados en el vecino desierto de Gizéh, unos por ser macizos como las Pirámides y de larga demolición, otros por haberlos cubierto la arena.
Memfis fué la ciudad más antigua de Egipto. Su fundación se pierde en tinieblas remotísimas, seis mil años antes de nuestra era, cuando se inicia confusamente la historia de este país y los relatos fabulosos sólo hablan de gobiernos de dioses y de héroes.
La historia egipcia cambió de rumbo según la situación de su capital y la hegemonía del Bajo ó el Alto Egipto. La inmovilidad que se atribuye á este pueblo durante siglos y siglos es simplemente un error de los griegos. Cuando llegaron por primera vez á Egipto lo vieron en decadencia, dominado por los sacerdotes, sometido al faraón, dueño absoluto de tierras y vidas, con una historia guardada en secreto para que el pueblo no conociera su pasado, é imaginaron que siempre había sido así.
Como todas las naciones, Egipto sufrió sacudimientos revolucionarios y guerras de invasión, que cambiaron el emplazamiento de su capital, dando orientaciones diferentes á su política y su cultura. Siempre que dominaba Tebas, ciudad del Alto Nilo perdida en el interior del país, Egipto era un mundo cerrado, refractario á las influencias exteriores, oprimido por la presión teocrática, y su preponderancia política iba acompañada de una regresión material y moral. Cuando dominó Memfis al principio de la vida egipcia y otras ciudades del delta en los últimos siglos de su independencia, Egipto estuvo en comunicación con el resto del mundo por hallarse más cerca del mar, iniciándose períodos de progreso y mayor libertad en las costumbres.
Empieza á rarificarse la vegetación á ambos lados de nuestro camino. Vemos desmoronamientos de piedras rojizas procedentes de los acantilados del desierto y capas de arena que el kamsin dejó caer sobre los campos alejados del Nilo.