Se detiene el automóvil en una especie de plaza, ensanchamiento de la carretera rodeado de edificios. Aquí terminan los rieles de un tranvía que hemos venido siguiendo desde El Cairo. Nos asalta una muchedumbre igual á la que se encuentra en todos los lugares con ruinas célebres: vendedores de fotografías, de escarabajos sagrados ó estatuillas funerarias, guías, borriqueros y camelleros.
Cerca del Hotel Semíramis (¿por qué tal nombre en este lugar?) hay una doble fila de camellos, más de cien, con la joroba oculta bajo el paño rojo que cubre su silla. Se agolpan los camelleros en torno al automóvil, enalteciendo cada uno á gritos las condiciones de su bestia y su propia experiencia como guía.
Los más de los visitantes de las Pirámides consideran obligación ritual instalarse aquí sobre la giba de un camello manso para subir la corta pendiente que les separa de aquéllas. Saben que al pie de la Gran Pirámide aguarda un enjambre de fotógrafos, prontos á retratarlos montados lo mismo que si fuesen audaces exploradores del desierto, y estas fotografías circulan después como documentos interesantísimos por Europa y América.
En el momento de mi llegada veo muchos grupos de clientes de la Agencia Cook en tratos con los camelleros. Se deshace la doble y larga fila de animales pacienzudos y cuellilargos. Las familias se distribuyen estas monturas exóticas, escogiéndolas con el pensamiento puesto en el retratista. El padre ocupa una, la madre otra, y siguen tras ellos los diversos hijos, riendo y dando gritos de entusiasmo á causa de esta novedad ambulatoria. Varias misses ríen también como niñas, mientras los camelleros de ojos ardientes aprovechan la ocasión para ayudarlas á montar, apoyando sus manos más abajo de las femeninas espaldas. Alemanas de casco blanco, anteojos redondos y mechones de un rubio pálido acompañan los movimientos de su camello balanceándose isócronamente al compás de su cuello rojizo y su cabeza chata, que parten el aire como una proa.
Prescindo de esta farsa «turística». No quiero hacerme retratar en lo alto de uno de estos animales, ocupado solamente durante algunos minutos. He montado por necesidad en camello más de una vez, y declaro que su andadura resulta molesta, hasta el punto de dar un mareo peor que el de los viajes marítimos á los que no estamos acostumbrados á tal género de locomoción. Además, un escrúpulo que puede llamarse de respeto histórico me impulsa á llegar hasta las Pirámides á pie, como los viajeros de Atenas y de Roma que empezaron á visitarlas y á propagar su fama en el mundo, hace veinticuatro siglos.
Subo en automóvil la cuesta que existe entre los postreros campos del valle y la meseta líbica. En la última revuelta algo se interpone entre mis ojos y el cielo blanquecino de luz: un cono inmenso, que parece cubrir con su compacta solidez todo el horizonte. Las ruedas delanteras del vehículo se hunden en la arena y continúan volteando entre nubecillas rojas sin poder avanzar más. Abandono el carruaje y doy unos pasos sobre el suelo caliente y blando. Tropiezo con piedras ásperas y cortantes como la lava, pero á pesar de ello no miro abajo ni miro tampoco horizontalmente ante mí. He echado mi cabeza atrás.
—¡Al fin te veo!...
Tengo ante mis ojos la Gran Pirámide. Para todos, este primer encuentro representa una emoción inevitable, no por lo que se ve, sino porque al fin se ha conseguido verlo.
Desde que nuestra razón empieza á formarse en la escuela de primeras letras, nos enseñan á admirar ciertas maravillas, unas existentes, otras que desaparecieron, pero igualmente célebres: las Pirámides, el Coloso de Rodas, el Partenón, el Coliseo, etc. ¿Quién no ha pasado una parte de su vida deseando ver, sea cuando sea, estas construcciones que admiramos desde niños en los grabados de los libros y nos son tan familiares como la casa de nuestros padres?...
Vuelvo á repetir mentalmente mi exclamación: «¡Al fin te veo!...», pero camino con la prisa de un espectador que tiene conciencia de que se halla mal colocado y desea cambiar de sitio.