Estoy á espaldas de la Gran Pirámide, en la cara donde se abre el pequeñísimo túnel, á unos quince metros de altura, por el que se penetra hasta la única cámara mortuoria que existe en sus entrañas. Desde aquí sólo veo uno de los lados, y su masa oculta á las otras pirámides. Hay que bordearla, pasando á la cara opuesta, que es donde se desarrolla el verdadero paisaje clásico que todos conocemos: las tres pirámides, alineadas por orden de altura, y delante de ellas, como si emergiese de una excavación de arena, la colosal y misteriosa Esfinge.
Marcho unos minutos por el suelo movedizo y pasan junto á mí filas de camellos con sus arrogantes jinetes de ocasión, así como muchas abonadas de Cook montadas en borricos, lo mismo que la reina de Saba.
Dos fellahs de larga camisa color añil se agregan á mí en espera del bacshis. Me toman de los brazos como si fuese á caerme; uno me espanta las moscas pegajosas con una rama de palmera; el otro saca mi pañuelo de un bolsillo del pecho, me quita el casco y enjuga mi frente. ¡Simpáticos ayudantes!... ¡Pensar que á la hora del bacshis, aunque les dé la propina más inaudita, fingirán desilusión y enfado, corriendo inmediatamente en busca de otros viajeros!...
Dejo atrás un ángulo de la pirámide, doblo luego un segundo ángulo, y veo de pronto en la realidad lo que tantas veces contemplé en libros y cuadros.
La pirámide más grande, á cuyo pie estoy, es la de Kheops; más allá se alza la de Khefren, y en último término la de Micerino. Estos nombres de los reyes que ordenaron tales construcciones no son exactos, pues los desfiguró la traducción griega. En realidad, los tres monarcas de la cuarta dinastía se llamaron Khufu, Khafra y Menkara.
Esta masa enorme, edificada por Kheops, tenía antes 144 metros de altura y trabajaron en ella cien mil hombres á la vez, renovados cada tres meses por un ejército de trabajadores de igual número. La obra duró treinta años. Hubo que buscar bloques al otro lado del Nilo, en las canteras del desierto Arábigo, construir caminos en rampa para su arrastre basta la orilla fluvial, embarcarlos, traerlos en balsas á las cercanías de Memfis, echarlos á tierra y empujarlos de nuevo á lo alto de la meseta líbica. Para su colocación en esta montaña artificial se construyó una calzada de suave pendiente, que iba ascendiendo por las caras de la pirámide á medida que aumentaba su altura, y terminada aquélla, hubo que demoler el camino arrollado á sus cuatro superficies como una cinta ascendente.
Las tres pirámides de Gizéh resultan las más conocidas, las más populares, pero existen muchas otras en el desierto paralelas al Nilo. Estas tres son las obras más antiguas de piedra que existen en Egipto, pero no por esto debe tenérselas por las más remotas de las construcciones, como se cree generalmente. Antes de que á los mencionados faraones se les ocurriese la edificación de unas tumbas tan absurdas por su costo, otros reyes habían levantado ya pirámides para sus cadáveres.
Es la pirámide una concepción primaria de los pueblos. A todos los grupos humanos se les ha ocurrido colocar un montón de piedras sobre las tumbas, y los egipcios pasaron de esto á la construcción de la pirámide tal como la conocemos. Los remotos monarcas de la protohistoria egipcia levantaron pirámides de ladrillos y en escalones, como las de los sumerianos, los asirios y otros pueblos de la Mesopotamia. Indudablemente existió una influencia sumeriana, tal vez ochenta ó noventa siglos antes de nuestra era, en un período obscurísimo, más allá de los datos presentes de la Historia, y los reyezuelos del Egipto Bajo, deseosos de engrandecer la majestad faraónica, imitaron con ladrillos, ó sea con lo que tenían más á mano, los monumentos de la civilización mesopotámica, á la que dan algunos historiadores de diez mil á once mil años de antigüedad.
Cuando los monarcas egipcios se vieron poderosos, gozando una autoridad absoluta sobre su pueblo, consiguieron realizar las mismas obras, pero en piedra, trayendo sobre trineos y balsas la calcárea del desierto Arábigo y el granito rojo de más arriba de Assuan.
Debo confesar que las Pirámides, en el primer momento de su aparición, no conmueven al visitante. ¡Las hemos visto tantas veces en libros, en cuadros y hasta en pisapapeles antes de contemplarlas en la realidad!... Sólo sabemos repetir en nuestro interior que son muy grandes, absurdamente grandes.