En ciertos barrios donde se fabrican objetos árabes para los viajeros, cada calle está ocupada por un gremio especial, que la da el nombre de su profesión: calle de los Joyeros, calle de los Broncistas, etc. Muchas de las tiendas son simples cuevas abiertas en el muro, á un metro de altura. El dueño se muestra con las piernas cruzadas sobre una estera, en medio de sus mercancías, que cuelgan del techo, de las paredes ó de la fachada.

Tienen las tiendas más ricas en su exterior un empavesado de nave antigua. Ondean como banderas y flámulas los chales de seda traídos de Asia; grandes platos de cobre repujado brillan lo mismo que los escudos de combate que se colgaban en fila de las bordas. Flota en el ambiente un olor de rosa y de otros perfumes orientales, densos y persistentes. Pastillas diversas humean sus aromas de harén á las puertas de los almacenes, para atraer á los transeuntes.

Como en todos los países habitados por el musulmán, siempre predispuesto á la inmovilidad y el ensueño, abundan aquí los cafés, con semicírculos de silenciosos clientes sentados sobre esteras. En unos escuchan al tañedor de roubab, violín de tres cuerdas; en otros peroran los cuentistas verbales, rapsodas que relatan semanas y semanas los innumerables episodios de una misma historia, añadiéndola cada vez nuevos detalles. A estos novelistas, ignorantes del arte de escribir, debemos que Las mil y una noches hayan llegado hasta nosotros. El viejo Cairo conservó la gran colección de cuentos orientales tanto como Bagdad.

Sus monumentos árabes más dignos de aprecio son las mezquitas. La Ciudadela ofrece un aspecto interesante contemplada de lejos, pero sus edificios actuales, examinados de cerca, no merecen admiración. Los más notables resultan copia de otros de Constantinopla. El palacio que habitó Saladino está en ruinas. Sus columnas, caídas ahora en el suelo, pertenecieron á los templos faraónicos de Memfis. En un patio de dicha Ciudadela se abre el llamado «pozo de José», que la leyenda atribuye al hijo del patriarca Jacob, no se sabe con qué fundamento. Las mezquitas que sirven de tumbas á los soldanes tienen una elegancia fastuosa á la turca, que las da aspecto de salones de recepción.

Lo mejor de la Ciudadela es lo que puede verse desde sus antiguos baluartes, construídos por Saladino. El Cairo se extiende abajo, con centenares y centenares de minaretes y cúpulas que parecen repartidos al azar, aglomerándose en unos barrios y rarificándose en otros. Más allá de la brillante lámina del Nilo se yerguen las tres pirámides de Gizéh, y otras más pequeñas marcan el emplazamiento de la antigua necrópolis de Memfis.

Esta ciudad, que es la más grande de Oriente después de Constantinopla, tiene cuatrocientas mezquitas, según dicen los musulmanes, y de ellas doscientas cincuenta alzan sus agudas torres en un cielo siempre azul. Cincuenta gozan de cierta fama por la riqueza de su arquitectura, y las tres más célebres son la del sultán Haasán, la de Tulun y la Universidad religiosa de El-Azhar. Visito las dos primeras, templos mahometanos suntuosos, pero que no se diferencian mucho de los que vi en Constantinopla y otras ciudades musulmanas. Lo que deseo con impaciencia es visitar la célebre Universidad religiosa, establecida desde hace numerosos siglos—tantos como tiene de vida la ciudad del Cairo—en la mezquita de El-Azhar.

Dicho nombre significa Mezquita de las Flores, y tal vez la llamaron así los musulmanes por comparar las doctrinas que se enseñan en ella con las fragancias de un jardín.

Se halla situada en el corazón de la ciudad árabe, y sus tres puertas dan sobre otras tantas callejuelas, cuyas casas están ocupadas por pequeños comercios é industrias de familia. Sus fachadas y sus esbeltos minaretes amarillos, con fajas rojas horizontales, no se pueden ver en conjunto, pues lo impide la aglomeración de edificios en torno de ella. Es la mezquita santa por excelencia, el sacro colegio musulmán, al que acuden todos los que quieren instruirse en la teología y las leyes islámicas.

No hay nación mahometana que no tenga aquí su grupo de jóvenes. La enseñanza es gratuita, no existen matrículas, el estudiante permanece en ella mientras cree que aún le queda algo que aprender, se marcha cuando considera terminados sus estudios, y algunos de fe insaciable se quedan para siempre. Los profesores tampoco son en número limitado ni necesitan títulos especiales. Todo el que quiere explicar un curso se presenta en El-Azhar, y sentado en el pavimento de su patio ó junto á una de las columnas del interior de la mezquita empieza sus explicaciones. Siempre hay estudiantes para formar corro en torno á él. Le escuchan; si creen que vale la pena seguir oyéndole, permanecen inmóviles. Si consideran mediocres sus enseñanzas, se alejan, y el maestro acaba por desaparecer, falto de discípulos.

Ningún profesor goza de retribución; los que no son ricos viven de las lecciones particulares que puede proporcionarles su prestigio adquirido en El-Azhar ó de hacer copias de libros antiguos.