El pueblo egipcio, bajo la dominación de sus soldanes, acabó por transformarse en un organismo nuevo, y ahora hay que rascar su revestimiento mahometano para entrever lo que fué en la época faraónica. El fellah todavía posee un alma igual á la del cultivador de los tiempos de Memfis y Tebas; la misma resignación, idéntica tendencia á evitar el trabajo, ya que este trabajo nunca es justamente remunerado. El rey de hace miles de años lo explotaba sin misericordia, quebrantándolo á palos cuando no presentaba al recaudador el grano exigido. Colonos griegos y romanos le trataron con idéntica crueldad. Los señores feudales de la época musulmana no se mostraron con él más dulces, y sólo en nuestro tiempo empieza á mejorar su situación, aproximándose poco á poco á la de un agricultor de Europa.
Dentro de las ciudades es donde se nota la influencia moderna, en la educación de las personas mayores, en la instrucción de los niños, en la manera de vivir. Los musulmanes fanáticos, la clase media y el pueblo conservan las antiguas costumbres, por creer que son las únicas de acuerdo con las doctrinas del Profeta; pero la alta sociedad sigue los usos de Occidente, aunque guarda por orgullo patriótico muchos resabios orientales en su manera de vestir.
A pesar de la afluencia de viajeros durante el invierno, son infinitamente más numerosos en las calles principales del Cairo los transeuntes que van vestidos á la musulmana. Las esposas de altos funcionarios, las damas de la clase media y sus hijas mezclan las galas tradicionales de las mujeres de harén con los adornos europeos. La falda extremadamente corta, que es de moda ahora en los pueblos occidentales, la usan las egipcias del Cairo. Su yabrah, ó sea el dominó de seda negro, que en las señoras mayores y en las musulmanas tradicionalistas es amplio y largo como un saco, lo llevan las jóvenes muy corto y abierto por la parte inferior, para que todos puedan ver su falda breve á la moda de Europa y sus piernas con medias de seda y zapatos de alto tacón. Por abajo parecen muchachas de París disfrazadas á la oriental; por arriba conservan el misterio del tapujo, el velo estrecho y largo que les sirve de máscara y sólo deja ver sus ojos agrandados por una hábil combinación de líneas azules y negras.
La juventud masculina del Cairo copia con no menos fervor las modas de Europa, pero en este momento extrema igualmente su nacionalismo, desea emanciparse de la influencia inglesa, ve con indignación cómo pasan por las calles de su capital piquetes de soldados británicos con el fusil al hombro, y por esto, sea cual sea su traje, chaqueta, chaqué ó smoking, conserva en la cabeza el tarbuch, gorro rojo de cono truncado, que los egipcios usan más alto que los turcos. Los ulemas ó sacerdotes van vestidos como los burgueses musulmanes, con túnica blanca ó azul, entreabierta superiormente para que se vea el chaleco rayado de vivos colores, y tocados con el turbante. Éste les sirve de distintivo. Los que se creen descendientes del Profeta lo usan verde; los coptos, que á pesar de sus creencias cristianas van vestidos como los mahometanos, lo llevan de color negro.
Ofrece El Cairo una mezcla rara de orientalismo é influencia europea mayor que la que se nota en Constantinopla. Sin embargo, conserva gran parte de su carácter original, pues las construcciones de gusto moderno, las calles amplias tiradas á cordel, las avenidas con árboles y las casas de muchos pisos sólo existen en los barrios nuevos. Los invernantes, al permanecer á veces muchos días en estos barrios del Cairo, bailando en los grandes hoteles y volviendo á reunirse á la hora del té en establecimientos á la inglesa, tienen que hacer un esfuerzo mental para acordarse de que viven en Egipto.
El Cairo árabe es un dédalo de callejuelas que se entrecruzan, formando ángulos y curvas, retroceden para continuarse á sí mismas paralelamente, ó se cortan con brusquedad, convirtiéndose en callejones sin salida. El plano de uno de sus barrios ha sido comparado á un árbol de ramas torcidas y entrelazadas. Durante la expedición de Bonaparte á Egipto, resultó frecuente que los destacamentos de soldados de la primera República francesa, al circular por El Cairo, se extraviasen, necesitando detener á uno de los transeuntes para que les sirviese de guía.
Representan los cincuenta y tres harah ó barrios de la ciudad árabe la red urbana más complicada que existe. Para hacer más fácil su circulación, la autoridad municipal ha dado recientemente nombres á las calles y numerado las casas en los lugares más importantes; pero aun con esta medida, el extranjero que circula solo por el verdadero Cairo puede estar seguro de perder su rumbo.
La estrechez de las calles y sus frecuentes alternativas de sol y de sombra resultan agradables en este país de temperatura cálida. Las casas son altas, hallándose separadas solamente por los escasos metros de amplitud que tiene la calle, y como los diversos pisos terminan en miradores avanzados unos sobre otros, los últimos casi se tocan.
Para librar del sol á los transeuntes, se tienden en las vías más anchas, de una terraza á otra, celosías horizontales de listones ó de cañas con toldos multicolores, que dan al pavimento sombra y frescura. Algunas están empedradas con guijarros; otras, más estrechas, con losas de granito; pero esto sólo se ve en aquellas que tienen bazares ó pequeños talleres domésticos. En la mayoría, el piso es de tierra y está siempre húmedo á las horas de sol.
Posee la administración egipcia aparatos de riego para los barrios modernos, iguales á los que emplean los municipios de las capitales más progresivas; pero en la ciudad indígena, cuyas calles angostas no permiten el paso de un vehículo, el riego lo hacen los saqua, llevando un odre de macho cabrío en los brazos, cuya agua derraman lentamente sobre el polvo.