Se nota inmediatamente la gran variedad étnica de esta juventud estudiosa. La mayor parte se compone de indígenas del Egipto Bajo y del Alto, con rostro de fellah. Los hay de tez obscura, procedentes de la Nubia y del Sudán; otros son de un negro de ébano, brillante y sudoroso, venidos del África ecuatorial; y revueltos con ellos, árabes, turcos, persas, marroquíes é indostánicos de los antiguos dominios del Gran Mogol. Como ya dije, no hay país mahometano que no tenga estudiantes en El-Azhar.

En torno al patio, en las tres alas de edificios que lo completan con la mezquita, existen varias dependencias, divididas con arreglo á las diversas nacionalidades de los estudiantes. Cada grupo posee su departamento propio, pero no puede dormir en él, por ser considerablemente mayor el número de sus individuos que el espacio de que disponen. Dentro de dichas piezas sólo existen armarios divididos en cajoncitos, y cada escolar guarda sus provisiones en uno de ellos. Tales provisiones consisten en galletas duras y enmohecidas que envía la familia todos los trimestres. A este pan añade el estudiante, cuando puede, una cebolla ó un puñado de habas crudas. Las más de las veces tiene que contentarse con el pan á secas.

Basta verles para darse cuenta de su sobriedad; mejor dicho, de su energía firmísima para despreciar el hambre. Algunos ni siquiera reciben pan de su familia, y se lo proporciona la dirección de El-Azhar, parcamente, pero de un modo gratuito. Herencias dejadas á su muerte por mahometanos piadosos aseguran el pan de los estudiantes pobres.

Estos indigentes, para procurarse el resto de su alimentación, sirven á los compañeros menos miserables ó trabajan en la limpieza de la mezquita, barriendo el suelo con ramas de palmeras.

El traje de todos ellos es modesto y popular; llevan una simple camisa azul, babuchas y turbante. Algunos, venidos de lejanas tierras, van descalzos, guardan todavía el garrote del viaje y un manto de raídas pieles de oveja les sirve de asiento y cama.

Voy pasando entre los grupos que escuchan las lecciones ó estudian aparte. Un franco menosprecio por el visitante infiel me acompaña á través del patio y la mezquita. El profesor, sentado en el suelo, levanta los ojos hacia el curioso que pasa, hace un gesto elegante de indiferencia, y continua hablando, como si le hubiese distraído por leves momentos una mosca ó una hormiga.

Algunos pasos más allá, un escolar que parece marroquí se ha dejado caer en las losas tibias y duerme, falto de turbante, con la rapada cabeza bajo los ardores solares, sin ningún apoyo que le sirva de almohada, amenazado por la congestión. Pero, según parece, no es accidente de temer para estas cabezas, que dan á nuestros ojos de occidentales una impresión de dureza, de tenacidad invulnerable. Se cansó de escuchar la explicación, y para no levantarse se ha tendido á dormir en el mismo sitio, mientras el maestro continúa hablando.

Dentro de la mezquita llena de luces, que parece próxima á desplomarse de puro vieja, se refugian los pájaros á millares. Su continuo piar se une á los recitados monótonos y abundantes en jotas que murmuran los estudiantes á solas, balanceándose sobre sus caderas como muñecos desarticulados.

Muchos me miran con hostilidad, especialmente los mulatos y negros. Tienen frentes estrechas, mandíbulas salientes, ojos ardorosos de iluminados. Su gesto agresivo hace recordar al Mahdí.

Es una juventud dispuesta á morir por su fe y más dispuesta aún á matar por ella. Estos escolares volverán á sus países, ostentando como título de santidad su paso por El-Azhar. Serán escuchados por las muchedumbres del interior de África como personajes inspirados por Dios. Aquí repiten lecciones, recitan versos, aprenden los comentarios teológicos del profesor sobre cada sura del Corán. Dentro de unos años, tal vez marchen á caballo, entre banderas de cofradías fanáticas, con una cimitarra en la diestra, proclamando la guerra santa.