Todas las revoluciones y motines del Cairo, originados las más de las veces por un incidente de orden religioso, tuvieron como iniciadores á los estudiantes de El-Azhar. De aquí partieron las manifestaciones revoltosas, atravesando las callejuelas de la ciudad árabe, hasta el palacio de los kedives. En el presente momento, dicha juventud, que en su mayor parte no es egipcia, se une á los nacionalistas de Egipto y figura en todas las asonadas contra las autoridades inglesas, que persisten en «proteger» al país.
Me sirve de guía un empleado de la casa, algo así como un inspector, encargado de velar por las buenas costumbres universitarias. Es pequeño, de pelo rojizo, y contra el uso de los musulmanes tradicionalistas, lleva el rostro afeitado, sin más que un pequeño bigote, mezcla de rojo y blanco. Entre las cejas tiene una mancha herpética que parece de sangre y sus ojos divagan con un estrabismo que le da cierta expresión de astucia y disimulo.
Cruza algunas palabras con el guía que me acompaña, y como parece de acuerdo con él, se digna enseñarme la universidad. Me doy cuenta inmediatamente de su fanatismo. Es algo que se desprende de él, como el olor natural de ciertos cuerpos.
Al entrar por la puerta de los Barberos, pasamos ante un pabellón que es la biblioteca. He oído hablar muchas veces de la biblioteca de El-Azhar. En ella se guardan manuscritos muy importantes de la historia árabe de España. La célebre elegía del moro valenciano después de la toma de su ciudad por el Cid, su poética lamentación al ver Valencia saqueada y arruinada por el adalid cristiano, la guarda esta librería secular.
Manifiesto deseos de conocer su interior, y el musulmán hace un gesto de escándalo, como si le propusiera un sacrilegio. Insinúo la posibilidad de comprar algún libro de los publicados por los maestros de El-Azhar para llevármelo como recuerdo, pero el fanático desprecia mi anzuelo tentador. Ni biblioteca, ni libros.
Me va enseñando á toda prisa la parte pública de la universidad, ó sea el patio y la mezquita.
Cuando el guía le dice que soy de España, alza los ojos con cierta admiración religiosa é inicia un gesto de interés. Ha oído algo indudablemente de este país remotísimo, al otro lado del mundo conocido, que fué durante varios siglos musulmán. Pero recuerda tal vez nuevas cosas, pues á continuación me lanza una mirada de ironía, de hostilidad, de menosprecio, todo á un tiempo. Debe saber que sus hermanos, los verdaderos fieles, fueron echados de mal modo de la mencionada tierra.
Seguimos caminando entre los grupos sentados en el patio. Uno de estos corros, compuesto de estudiantes muy jóvenes, adolescentes los más, escucha en silencio á un narrador que es todavía un niño, pero con cierto aire de pilluelo del Cairo.
Parece haber nacido en la ciudad, se adivina en su vestimenta. No lleva camisa larga ni turbante; usa calzoncillos blancos y chaqueta del mismo color sobre la piel rojiza de su tronco desnudo. La cabeza de mono malicioso la cubre con un gorrito blanco y redondo, semejante al de los mercaderes.
Su familia habita tal vez en el barrio y lo envía á la universidad próxima para librarse de él. También es posible que la frecuente de un modo espontáneo, por parecerle divertida tal visita. Los otros estudiantes escuchan su charla con una expresión de lugareños asombrados y regocijados á la vez.