Durante los tres siglos anteriores á nuestra era fué la metrópoli comercial é intelectual del mundo. Fundada por Alejandro el Grande, su teniente Ptolomeo, al ocurrir la muerte de éste, se declaró rey de Egipto, dando principio á una dinastía de trescientos años, que terminó con Cleopatra y fué el último gobierno independiente del país.
Los Ptolomeos, griegos hábiles, amigos de las letras y las ciencias, hicieron de Alejandría el depósito de las riquezas de Oriente, el centro de las transacciones entre Asia y Europa, el lugar de encuentro de los sabios más ilustres y los artistas más célebres.
Una gran parte de la herencia griega, recibida por los pueblos modernos, no vino directamente de las pequeñas repúblicas helénicas; fueron los habitantes de Alejandría quienes guardaron y aumentaron el tesoro de la sabiduría antigua, transmitiéndolo luego á la Europa occidental.
La célebre escuela de Alejandría es la última gran escuela de la antigüedad. Esta filosofía alejandrina, llamada neoplatónica, representaba un eclecticismo filosófico, producción digna del emplazamiento geográfico en que nació. Alejandría llegó á unir el mundo griego y el mundo oriental. Gracias á ella, los griegos, hasta entonces rebeldes á lo vago y lo místico, se asimilaron con su curiosidad inteligente el pensamiento de los pueblos orientales. Plotino representó la doctrina de esta escuela en su período más culminante. Jamblico, Porfirio y otros la sostuvieron en épocas menos gloriosas.
También ofreció un ambiente favorable al pueblo hebreo. La prosperidad mercantil de los judíos y su importancia social empezaron en Alejandría. Los más emprendedores de ellos, al encontrar estrecho para sus actividades el pequeño reino de Judea, se trasladaron paulatinamente á Alejandría, y al fin, resultó más considerable el número de judíos en la ciudad greco-egipcia que en Jerusalén.
Filón estima que en su tiempo los judíos de Alejandría llegaban á un millón, haciendo de esta capital la más poblada del mundo después de Roma. Desempeñaban todos los empleos administrativos, cobraban los impuestos, poseían los más altos cargos militares. Los últimos Ptolomeos, incluso Cleopatra, tuvieron á su servicio cuerpos mercenarios de judíos, y también pertenecieron á la misma nacionalidad y religión los generales más importantes de sus tropas.
El apoyo dado por los monarcas greco-egipcios á los personajes hebreos, el odio que inspiran siempre los encargados de exigir el pago de las contribuciones, así como los mercaderes hábiles en sus negocios, motivaron varias sublevaciones antijudías del populacho alejandrino. Al extinguirse los Ptolomeos, sus inmediatos sucesores los Césares de Roma dictaron crueles decretos contra los judíos de Alejandría y éstos intentaron resistir, pero sus revueltas quedaron ahogadas en sangre.
Fué tal la extensión de la actividad hebrea en Alejandría, que la mayor parte de su flota estuvo mandada por capitanes de dicha raza. También los intelectuales de Palestina sintieron la influencia de la metrópoli de los Ptolomeos. Antes de su fundación, el Oriente y el Occidente eran dos mundos enteramente cerrados el uno para el otro. Cuando aquélla irradió su luz atractiva, acudieron los judíos cultos, adoptando, lo mismo que sus correligionarios comerciantes, la lengua griega, y olvidando casi enteramente el hebreo. Puede afirmarse que, con sus lecturas asiduas de Homero, Platón y todos los poetas y filósofos griegos, estos judíos estudiosos se embriagaron de helenismo. A su vez, difundieron en la sociedad pagana algunos de los principios fundamentales de su religión: la unidad de Dios y la fe en una justicia superior, con lo cual prepararon en cierto modo el advenimiento del cristianismo.
Su actividad literaria les llevó á traducir la Biblia en griego, versión que resultaba necesaria, pues la mayor parte de los judíos alejandrinos, acostumbrados á tratar en griego sus negocios, no conocían ya su lengua propia. Esta traducción de la Biblia, que es famosa bajo el nombre de «Versión de los Setenta», costó mucho tiempo, empleándose en ella varias generaciones. Obra de los traductores alejandrinos fueron la historia de Susana y otros relatos bíblicos.
La rivalidad entre griegos y hebreos y la envidia inevitable del pobre hacia el rico dieron nacimiento en dicha capital á la mayor parte de las calumnias y hechos inverosímiles atribuídos á los judíos, invenciones que sirvieron luego de pretexto para persecuciones y grandes asesinatos en la Edad Media, y han llegado hasta nuestros días en forma de fanática propaganda antisemítica.