Además, en el delta todo es planicie, no se ven montañas ni tampoco las colinas amarillentas que sirven de pedestal al desierto arenoso. Sobre el verde perpetuo de los campos se extiende el telón de un cielo siempre sereno, ardoroso y sin nubes. Esta llanura rayada de canales y cultivada hasta en sus últimos rincones recuerda la huerta de Valencia y otras vegas famosas. Pero la tierra es aquí barro negro, el célebre limo nilótico, y negras se muestran igualmente las casas, cubiertas de carrizos.

Las techumbres no son en caballete y á dos aguas. Como en este país apenas llueve, los fellahs colocan sobre sus viviendas un tejido de cañas sin pendiente, imitando la horizontalidad de las casas de las ciudades, todas con una terraza en vez de tejado.

Están separadas las tierras por altos malecones de limo duro. Los canales, en esta época de aguas bajas, deslizan su corriente profunda entre dos muros negros, altos como diques. Tales obstáculos, que contienen y dirigen las aguas cuando llega la inundación, sirven ahora de caminos. Pasan por su borde superior filas de asnos, camellos y bueyes de larguísima cornamenta en forma de lira, que ayudan al fellah en sus labores. Las mujeres de manto negro y larga cola parecen monjas. Muchas conservan la máscara que les llega á las rodillas, mientras caminan llevando sobre sus cabezas, verticalmente, ánforas de barro ó estrechos cestos.

Tienen los pueblos aspecto de minas á causa de la ligereza de sus techumbres. No se ven éstas á cierta distancia, y parece que los muros sean de construcciones á las que un vendaval arrancó sus cubiertas. Sobre los grupos urbanos del delta, lo único sólido y grato á la vista son las mezquitas, con sus cúpulas de barro blanqueado y sus minaretes que surgen airosos por encima de las palmeras.

Como vamos hacia el Norte, la temperatura desciende agradablemente. Ya se puede permanecer al sol mucho tiempo sin sentir quemada la epidermis. En las estaciones pasean egipcios de aspecto acomodado, usando gabanes en pleno día. Para ellos indudablemente hace frío.

Cada cuarto de hora pasa el ferrocarril sobre un canal navegable. Vemos barcos en todos ellos con las lonas izadas ó escuadrillas al ancla frente á los caseríos. La marina fluvial es enorme. Debe constar de miles y miles de veleros, que llevan los productos á las grandes ciudades ó hacen el cabotaje entre las numerosas aldeas del delta.

Avanzan á través de los campos muchos buques invisibles. Se desliza su gran velamen triangular sobre el verdor de la tierra, quedando el casco con sus tripulantes hundido en el profundo canal.

Llegamos á Alejandría, ciudad famosa que nada guarda de su pasado. Para los que vienen de Europa y desembarcan en ella, puede representar un engañoso é incompleto avance de la vida oriental. Ven por primera vez la muchedumbre pedigüeña y tramposa, compuesta de berberiscos, judíos, griegos, etc., aglomerada en el puerto y los barrios populares; conocen igualmente los cafés egipcios, con sus parroquianos perezosos, sus músicos y cuentistas, y los bailes de almeas, que no resultan mejores ni peores que los del Cairo. A los que vienen del interior de Egipto les parece Alejandría una ciudad casi europea, semejante á otras muchas de Levante, con sus tiendas cosmopolitas y su vecindario de griegos é italianos. De su pasado sólo le queda como monumento una simple columna, que los del país llaman de Pompeyo y perteneció en realidad á Diocleciano.

Tal vez fué Alejandría la ciudad que reunió durante siglos mayor número de monumentos célebres; pero hace más de mil años que dejaron de existir, habiendo desaparecido hasta sus restos. Aquí estuvo «el Faro», una de las siete maravillas del mundo, torre de cien metros con una hoguera en su cima durante la noche y un espejo de pulido acero que reflejaba en las horas diurnas la imagen de los buques desde que aparecían en el horizonte. Hoy, unos bloques de mármol y unos pilares de granito que se ven á través de las aguas, en el Puerto Nuevo, es todo lo que subsiste de esta obra maravillosa del primero de los Ptolomeos.

Aquí el Museum, con la famosa biblioteca de Alejandría, la más grande del mundo en aquellos tiempos, poseedora de 700.000 volúmenes procedentes de todos los países, y que Julio César quemó cuarenta y siete años antes de nuestra era, al incendiar en el puerto la flota de los alejandrinos rebeldes. El Serapeum era, después del Capitolio de Roma, la más famosa de las construcciones. Este templo á Serapis, situado donde ahora se yergue la que llaman columna de Pompeyo, fué destruído el año 389 por los cristianos, que al saquearlo quemaron los 100.000 volúmenes guardados en su biblioteca. El Poseidon, gran templo de Neptuno, el palacio de los Ptolomeos y otros monumentos célebres de Alejandría han desaparecido igualmente, sin dejar huellas.