Encontramos otra vez al Franconia en el puerto de Alejandría. Se reanuda nuestra existencia marítima, fresca, cómoda, entre blancuras higiénicas.
Terminaron las moscas pegajosas, acostumbradas á vivir en torno á la boca y los ojos del indígena, el polvo, la arena que invade los vagones, las turbas de mendigos que parecen cultivar sus llagas y sus harapos para infundir más interés... ¡todas las plagas de Egipto!
Pero esta vida marítima sólo va á durar una semana. Mientras navegamos por el Mediterráneo, bajo la frescura de una primavera que conocimos ya adelantadísima en otros países y ahora empieza á iniciarse en la Europa meridional, se nota en nuestro buque un movimiento semejante al de las familias cuando van á mudarse de casa.
Pasillos y salones se estrechan diariamente con nuevas barricadas de cofres y maletas. Muchos pasajeros se hablan con cierta melancolía pensando en la próxima separación. Unos tomarán el tren en Nápoles para visitar Italia, otros desembarcarán en Mónaco, yendo luego á París. Sólo una mitad sigue directamente hasta Nueva York sin abandonar el buque, haciendo el viaje redondo.
Un atardecer, cuando el sol fugitivo da un color anaranjado á pueblos y cumbres, pasamos entre la Italia continental y el macizo abruptamente montañoso de Sicilia. En el fondo vemos emerger de un mar violeta, como si fuesen llamas de oro, varios pitones volcánicos: las islas cónicas de Lipari.
A la mañana siguiente nuestro palacio flotante está pegado á un muelle del puerto de Nápoles. Permanecemos tres días en esta ciudad. Mis compañeros corren la ribera del golfo hasta Sorrento, pasan al otro lado del promontorio cubierto de limoneros y naranjos, visitan Amalfi y Salerno ó ascienden por los senderos de la isla de Capri, que fué toda ella un palacio.
Durante los tres días me quedo en el buque leyendo ó paseo por la ciudad. ¡He visto tantas veces estos paisajes!...
Terminó el viaje para mí. Aún paso en el Franconia un día más de navegación. Hemos salido de Nápoles al amanecer, y vamos siguiendo la costa italiana todo lo más cerca que puede marchar un paquebote de gran calado.
Esta navegación representa una novedad para mí. Contemplo las numerosas islas alineadas á lo largo de la costa napolitana, cuyos nombres recuerdan episodios de la historia española y de la dominación de los reyes aragoneses: Ponza, Ischia, Prócida, etc.
Luego vemos Gaeta, vasto caserío rojizo al pie de un promontorio, cuyo lomo ocupa su fortaleza, célebre en otros tiempos. Cuando estamos frente á Ostia, una noticia circula por el buque, y la gente corre á agolparse en las barandillas de las diversas cubiertas por la parte de estribor.