Los oficiales nos muestran una especie de pelota blanca destacándose sobre la costa, por encima de la línea negra ó rojiza en la que chocan las ondulaciones del mar. Este pequeño globo pálido á ras de tierra, que se mueve según avanzamos, es la cúpula de San Pedro.

Su aparición inesperada emociona á muchos pasajeros. Piensan que es Roma lo que se ve, y siguen con ojos de histórica veneración el globito que va pasando sobre colinas, golfos y promontorios, siempre paralelo á nosotros, hasta que al fin se cansa, lo mismo que un corredor falto de aliento, va quedando atrás, se esfuma y desaparece.

Al cerrar la noche nos hablan las luces de los faros, despertando nuestros recuerdos. Cada parpadeo rojo en la sombra representa una evocación histórica ó literaria: Elba, Monte-Cristo, Caprera.

Cuando despierto á la mañana siguiente, noto que el buque permanece inmóvil. Miro por el ventano del camarote y veo frente á mí el Casino de Monte-Carlo. A un lado está Mónaco, al otro Cap Martin, tapando con su lomo verde el golfo de Mentón y su dilatadísimo caserío. En el estrecho espacio de mar que existe entre el buque y la ribera se deslizan los audaces velámenes de una regata de balandras lujosas.

Permanezco dudando unos momentos: «¿Será verdad mi viaje alrededor del mundo, ó lo he soñado y acabo de despertar?...»

Las exigencias del desembarco cortan mis vacilaciones. Bajamos á tierra. Algunos de mis compañeros de viaje desean ver Niza cuanto antes. Otros muestran impaciencia por entrar en los salones del Casino de Monte-Carlo. Todos quieren conocer de un golpe la Costa Azul entera. ¡Adiós, amigos míos! ¡Adiós, tal vez para siempre!...

Quedo en el muelle con veintitrés cajas grandes y varios bultos de mi equipaje personal. Los desocupados y los funcionarios de la Aduana contemplan con risa y asombro toda mi impedimenta. He ido adquiriendo vajillas enteras, trajes exóticos, imágenes de diversas religiones, libros, espadas, lanzas, metales repujados, ¡qué sé yo!...

Abandono todo esto á los que vinieron á recibirme y subo en mi automóvil la cuesta que conduce á Monte-Carlo. Al atravesar la plaza siento el deseo de echar pie á tierra y detenerme unos momentos en el Café de París, frente al Casino.

¡Todo está igual! Las gentes entran en el palacio policromo para jugar. En los bancos de la plaza y las mesillas del café veo los mismos tipos de medio año antes. Están esperando la hora de la suerte decisiva, que nunca llega.

Saludo á dos damas en una mesa inmediata. Son inglesas, rusas ó escandinavas; da lo mismo. En realidad, son de Monte-Carlo, pues aquí pasan la mayor parte del año, como muchas otras, perdiendo dinero, lamentándose de haberlo perdido y volviendo á jugar.