—¿De dónde viene usted?—me pregunta una de ellas—. Hace mucho tiempo que no le vemos.
—De dar la vuelta al mundo. Acabo de desembarcar.
Las dos sonríen con alegre incredulidad. Adivino que van á llamarme bromista, pero una de ellas contiene á la otra y cesa de sonreir. Recuerda haber leído algo de este viaje. Después afirma que está perfectamente enterada de él por los periódicos.
Un ambiente de curiosidad me rodea instantáneamente. Otros conocidos que abandonan el café y van hacia el Casino se detienen junto á mí al saber la noticia. Todos me acosan con sus preguntas. Quieren saber qué es lo que considero más interesante de mi viaje...
Estos sedentarios del juego han permanecido aquí seis meses, colocándose todos los días ante una enorme mesa verde, para mirar las mismas caras. Mientras yo corría el mundo, los únicos episodios de la existencia de estas señoras han sido estrenar dos ó tres vestidos y otros tantos sombreros, perder mucho dinero y recobrar un poco de él, celebrando dicho éxito engañoso con una vanidad infantil.
La gente sigue entrando en el Casino.
Una de las damas insiste en preguntar cuál es la idea resumen de mi viaje, la enseñanza concreta que me ha proporcionado ver tantos pueblos distintos, tantas creencias religiosas, tantas organizaciones sociales.
—Lo que he aprendido, amigas mías, no es alegre ni tranquilizador. Creo que existe ahora en el mundo más gente que nunca. Los adelantos de la higiene y la facilidad de los transportes han evitado una gran parte de las matanzas, las epidemias y las hambres que formaron siempre nuestra pobre historia humana. Somos cada vez más numerosos sobre la corteza de nuestro planeta, y esto resulta inquietante, pues los alimentos no se multiplican con la misma rapidez. Podría hacer un resumen brutal diciendo que más de la mitad de los hombres viven sufriendo hambre. Nosotros los blancos llevamos la mejor parte hasta ahora; pero ¿y si algún día los centenares de millones de asiáticos encuentran un jefe y un ideal común?... Este viaje ha servido para hacerme ver que aún está lejos de morir el demonio de la guerra. He visto futuros campos de batalla: el Pacífico, la China, la India, ¡quién sabe si Egipto y sus antiguos territorios ecuatoriales! Esos choques futuros puede ser que aún los presenciemos nosotros, y si nos libramos de tal angustia, los verán seguramente las próximas generaciones... ¡Tantas cosas que podrían evitar los hombres si dedicasen á ello una buena voluntad!
Me parece inútil seguir entreteniendo á unas personas que después se meterán en el Casino pensando en las excelencias de un número. Además, siento de pronto la atracción de mi casa; deseo verme cuanto antes en mi jardín.
Pero la dama curiosa parece esperar algo más, y antes de marcharme añado como resumen: