«Con esta gente dulce, tolerante, respetuosa—dice un obispo anglicano conocedor del país—, resulta imposible obtener una sola conversión.»

Hacemos alto ante otro templo, pintado interiormente de rojo. La piedra de sus muros, labrada con la minuciosidad de la arquitectura indostánica en forma de cupulitas, figurillas y lianas, resulta uniforme bajo esta costra que parece de sangre seca. Entra en él una procesión de peregrinos, todos con ropas cortas y turbante de color azafrán, apoyándose en varas que tienen una calabaza en su remate. Los sacerdotes salen á recibirles, conduciéndolos luego ante un altar de cuatro frentes en el centro del santuario. No podemos ver más. La muchedumbre que circula apretadamente por el callejón, pegándose á los muros para dejar paso á las vacas sagradas, nos impide permanecer ante las puertas de los templos.

Un personaje sacerdotal viene á ofrecernos el balcón de su casa. Es de madera, semejante á los miradores turcos, y desde él podemos abarcar con la vista los patios interiores de varios santuarios y el río de cabezas que discurre incesantemente por la callejuela. Se reconoce á los judíos indostánicos por sus gorritos negros y redondos. Varios faquires mendicantes agitan campanillas, cadenas, tridentes, y entonan cánticos sagrados para implorar la limosna de los devotos. Ascienden sobre las terrazas, cortando la atmósfera intensamente azul, numerosas flechas de templos, blancas y doradas. Pasean por sus aleros pavos reales con la cola abierta, loros saltones, tropas de monos, que parecen dueños de todas las techumbres de la ciudad.

Nos van enseñando, entre las mujeres que pasan, á las servidoras de los templos ó bayaderas, las cuales se dan á conocer por ciertos detalles de su vestimenta.

Este título de «bayadera», usado por los europeos, no es indostánico. Se debe á los portugueses, que tantos nombres crearon para designar cosas y personas de Asia. Al ver, en sus primeros avances por la India, á las bailarinas de las pagodas, las llamaron baladheiras, y de ahí la designación europea de bayaderas. El nombre indostánico verdadero es debadasi, que significa «esclava de los dioses». Así como las divinidades indostánicas tienen en sus cielos tropas domésticas de apsarasas ó ángeles femeninos, los bracmanes, siguiendo tal ejemplo, crearon para el servicio de sus pagodas á las debadasi.

Todo indostánico puede consagrar una de sus hijas al servicio divino; pero hasta hace pocos años esto pesaba como obligación imprescriptible sobre la clase de los tejedores. No había en dicho oficio quien se librase de entregar á los bracmanes su quinta hija, y si tenía menos de cinco, la más joven. Nos parece ahora irritante este honor triste y cruel; pero oportuno es recordar que, hace menos de un siglo, las familias ricas y nobles de los países católicos todavía destinaban una ó varias de sus hijas á la vida religiosa, sin pedirles consentimiento, sin preocuparse de si tenían ó no vocación para la vida claustral.

No son tan numerosas las bayaderas como en otros tiempos, pero aún reciben la misma educación desde su infancia, ejercitándose en el baile, el canto, los juegos mímicos, la lectura de los libros sagrados y el arte de escribir. En algunas regiones de la India ejercen la prostitución con un carácter sacerdotal, entregando parte de su producto al templo de que dependen. Sus hijos quedan en él como músicos y sus hijas las suceden en su profesión.

Las debadasi de la India meridional tienen la tez muy obscura y la frotan con azafrán para aclararla, lo que no aumenta los encantos de su cuerpo bronceado. Las del Norte, más famosas, por pertenecer casi todas á la raza blanca, son las que crearon el renombre misterioso de la bayadera, tan agrandado y desfigurado por la poesía.

Salimos al caer la tarde del centro de la ciudad, para correr sus suburbios.

Aquí encontramos calles más anchas, mejor dicho, caminos polvorientos orlados de pequeños edificios, y podemos montar en automóvil para ir al templo de la Fuente de Durga, llamado también «Templo de los Monos» á causa de las numerosas bandas de estos animales que viven en sus techumbres.