Resulta enorme, comparado con los santuarios del viejo Benarés. Los constructores pudieron esparcirse aquí en amplios terrenos, y el templo y sus patios tienen además, como murallas defensivas, cuatro alas de edificios que ocupan los sacerdotes.
Subimos á las terrazas de este cuadrilátero que rodea el santuario de la diosa. No sentimos deseo alguno de penetrar en la residencia de la terrible mujer de Siva. Sabemos que su culto consiste en el degüello de cabras para que su sangre corra por las baldosas. Preferimos pasear entre los monos, viendo de arriba á abajo los patios y el vestíbulo, donde están en cuclillas varios sacerdotes. Algunas cabras blancas, de cuernos en espiral, balan y corretean, sin presentir cuál será su suerte al día siguiente.
Una niña como de doce años, gorda, descocada, casi desnuda, se entretiene en cabalgar á estas cabras, una tras otra, azuzándolas con gritos y golpes para que troten. Es de raza blanca; lleva al aire sus abultadas pantorrillas de ambarino color, y una camisa recogida entre los muslos, su única vestimenta, se entreabre sobre el busto, dejando ver un pecho carnoso, en el cual la pubertad no ha hinchado aún los suaves abultamientos del sexo. Por debajo del turbante blanco asoma su rostro mofletudo, con ojos negros y crueles. Debe ser hija de alguno de estos sacerdotes de cabeza rapada y vestiduras color de azafrán que contemplan sonriendo sus juegos varoniles.
Los monos de las terrazas acaparan nuestra atención. Se aproximan chillando y tendiendo sus manos de palmas violáceas. Antes de subir hemos comprado en la puerta del templo varios cucuruchos de papel llenos de maíz tostado, manjar predilecto de estos animales, cortos de piernas, rechonchos, con una pelambrera rojiza. Son innumerables; trepan por los muros; marchan balanceándose como beodos sobre el filo de las balaustradas. Las hembras dejan de espulgar á sus pequeñuelos para venir igualmente hacia nosotros, atraídas por el maíz.
Abajo continúan sonando los gritos de la niña gorda y sus violentas cabalgadas á lomos de los pobres animales, que se resisten á tal deporte. Mi guía me habla, otra vez con los ojos bajos, sobre la identidad de esta amazona ruidosa. No pertenece al sexo que yo me imagino. Es un muchacho rollizo, al que miman los sacerdotes, dejándole hacer cuanto quiere... ¡Ah!
Uno de estos personajes ha subido á la terraza para darnos explicaciones sobre el templo y la divinidad sanguinaria que lo habita. Alguien le ha hecho saber mi profesión, y me habla en una mezcla ininteligible de inglés é indostano. Al mismo tiempo pretende abarcar con los movimientos de sus brazos todo el templo rojo y sus dependencias, que van tomando un color de naranja bajo el sol poniente.
Sólo puedo entender dos palabras que repite con tenacidad y suenan en mis oídos: «Mark Twain...» ¿Qué puede hacer aquí el famoso humorista americano?... Mi intérprete aclara al fin lo que viene repitiendo con tanta insistencia el bracmán.
—Dice que á usted le interesará saber que mister Mark Twain estuvo aquí, y después de un largo examen declaró que todo estaba en regla.
Hago que me repitan la incomprensible noticia, y el bracmán obedece, sin añadir nada nuevo. Al fin desisto de pedir nuevas aclaraciones. ¡Ah, burlón serio y glacial!... ¿Qué es lo que estaba en regla?... ¿Los sacerdotes de la diosa?... ¿Los monos de los tejados?... ¿El gordinflón de equívoco sexo que hace trotar á las cabras antes de que las degüellen?...
Ha empezado el anochecer. Volvemos á la parte inglesa de Benarés, donde están los hoteles europeos y el campamento de las tropas. En los caminos polvorientos nos cruzamos con muchos carritos indígenas, de los que tiran bueyes pequeños como asnos. Sus conductores ocupan una de las varas, con las piernas colgantes.