—¿Viene usted á cazar tigres ó elefantes salvajes?...
¿Yo?... ¿Qué mal me han hecho esos animales?... Deseo ver otras cosas más interesantes para mí.
Pasamos al entrar en el puerto ante grandes hoteles rodeados de jardines. El desarrollo de los medios de comunicación ha empequeñecido la tierra, ensanchando considerablemente el espacio en que se mueven las personas adineradas. Hace unas docenas de años nada más, los ricos de Europa, al trasladarse en invierno á la Costa Azul, creían mostrar con ello una audacia aventurera. Luego, la moda convirtió en estaciones invernales Argelia y Egipto. Ahora estos viajes resultan mezquinos y sin novedad. Lo chic para las gentes ricas y de humor vagabundo es embarcarse en un paquebote del Extremo Oriente y pasar los meses de frío en Ceilán.
A causa de la afluencia de clientes opulentos, los hoteles de las cercanías de Colombo son ahora tan grandes como los de América del Norte. Su numerosa servidumbre no lleva zapatos, pero es muy limpia y tiene cierta elegancia exótica vestida con túnicas siempre inmaculadas y tocada con turbantes color de fuego. En torno á estos edificios, verdaderos cuarteles de la riqueza, los jardineros improvisan edenes, sometiendo á las disciplinas de su invención todas las exuberancias y variedades de la flora tropical. Colombo es lugar de obligado descanso para los buques que van al Extremo Oriente ó vuelven á Europa. Imposible hacer uno de ambos viajes sin echar el ancla en su puerto, depósito enorme de combustible.
La avenida central de esta ciudad de paso cambia varias veces de aspecto en el curso de un solo día. Repentinamente, los vendedores ambulantes agrupados bajo las arcadas, los que están á la puerta de su tienda, los que tiran de ricshas, los niños que piden limosna, dejan de hablar inglés y empiezan á gritar á su modo palabras francesas. Es que un trasatlántico procedente de la Indo-China acaba de anclar en el puerto. Los grupos de viajeros llevan el uniforme militar de las colonias ó el casco blanco, con traje de igual color, cerrado hasta el cuello, que usan funcionarios y comerciantes. Las señoras tienen un aspecto nostálgico y distinguido de parisinas en el destierro.
Pasadas unas horas, nadie habla francés. Los viajeros han regresado á su buque. Ahora llena la ciudad otro alud de gentes que se expresan en inglés, y sin embargo parecen hallarse en casa ajena. Pertenecen á un paquebote llegado de Australia. Y así sucesivamente van pasando por Colombo grandes buques de todos los países, que vuelcan por unas horas su población fugaz.
Entre la muchedumbre cobriza y políglota que grita ante las puertas de los establecimientos pugnando por atraer á una clientela que se embarcará horas después, para no volver nunca, hay muchos que hablan español. Todos empiezan á ser viejos y realizan un esfuerzo mental para evocar palabras que sabían perfectamente y han olvidado por falta de uso. Cuando el archipiélago filipino pertenecía á España, era frecuente el paso de españoles por Colombo, y sus mercaderes consideraban necesaria nuestra lengua. Ahora sólo de tarde en tarde, al pasar el vapor-correo de Manila, se acuerdan los tenderos cingaleses de que existe nuestro país.
El lector conoce seguramente los adornos masculinos de esta isla. Todo europeo, al desembarcar, se siente desorientado y necesita tiempo para establecer una diferencia indispensable entre los machos y las hembras de Colombo. Deja crecer el hombre sus cabellos y los lleva en forma de rodete, sujetos con un peine ó caídos sobre el cogote, á estilo de «castaña», como se decía en otro tiempo. Además, usa una pieza de tela arrollada á las piernas en forma de falda. Su lujo es llevar pintadas boca y mejillas, los ojos agrandados con líneas negras, y usar pulseras, pendientes y collares. El bigote, que se dejan crecer los más, es lo único que distingue al hombre de la mujer. Hasta los criados, en hoteles y cafés modestos, llevan faldas blancas y una peineta sobre su cabellera anudada á estilo femenil.
El uso de la peineta resulta general en Colombo, y hasta la conservan los cingaleses que adoptaron el traje europeo. Es una media corona de carey puesta al revés, de modo que sus extremos quedan á ambos lados de la frente, pareciendo de lejos sus puntas dos cuernecitos.
Así va la marinería que se agrupa en los muelles, cerca de sus barcos larguísimos, estrechos, y sin embargo con velas grandes y audaces, pudiendo navegar estas piraguas sin volcarse, gracias al balancín sostenido paralelamente á uno de sus costados por gruesos bambúes. Así también, la muchedumbre pedigüeña y pegajosa, igual á la de todos los grandes puertos, que pasa el día en medio de la calle y sigue al viajero de tienda en tienda, esperando á la puerta para ofrecer sus servicios.