En las vías secundarias las casas están pintadas de azul, blanco ó rosa. Los hombres que salen de las tiendas para mostrar sus géneros, así como los vendedores ambulantes y los vagabundos, saludan á todo el que llega llamándole «capitán». Es tal vez un recuerdo de la dominación portuguesa. También resulta verosímil que en este puerto, siempre lleno de buques, el título más honorífico que puede discurrir un cingalés es el de «capitán». Los niños ofrecen á las viajeras flores de estanque, enormes, con intenso perfume. Otros granujas bronceados y completamente desnudos llaman «papá» y «mamá» á los europeos, con un balido humilde de bestezuela desamparada, mientras guardan sus ojos ardientes cierta expresión de picardía.
Muestran estos pilluelos un conocimiento algo retrasado de las modas de Europa, y para halagar á los blancos, cantan á coro Tipperary, la canción inglesa de la guerra, al mismo tiempo que se meten una mano en el sobaco opuesto y dan golpes de codo para apoyar su cántico con un acompañamiento de ruidos inconvenientes.
Se nota en las calles la escasez de caballos. En Ceilán no existen otros que los del ejército y los de algunos ricos. Los animales del país son el elefante, dedicado aquí á las faenas agrícolas, el toro y el búfalo. Pero estos últimos sólo merecen su nombre en diminutivo. En ninguna parte del mundo pueden encontrarse toritos como los de Ceilán. Tienen aire de viejos, y sin embargo su alzada no va más allá de la de un asno. Parecen creados para una humanidad de pigmeos. Los búfalos, á causa de su giba, aún resultan más grotescos en su pequeñez. Estos animales tiran valerosamente de carretas y vehículos de recreo. Se les ve á veces muy peinados y limpios, con los cuernecitos rojos ó verdes, enganchados á un tílburi ú otro carruaje de lujo.
El pasado de Colombo nos sale al encuentro al transitar por sus calles populares, lejos de la avenida central, donde sólo existen almacenes ingleses. Los comerciantes del país se muestran orgullosos de sus apellidos, colocándolos en letras doradas sobre las puertas de sus tiendas. No hay calle en que no viva algún Silva, Fonseca, Costa, Gómez, Fernando ó Perera. Todos cuentan con orgullo que son portugueses, como si se hubiesen embarcado años antes en el puerto de Lisboa; pero basta mirar sus caras cobrizas, sus ojos asiáticos, para poner en duda tal origen. Descienden de remotos soldados de Portugal que se cruzaron con hembras del país. También pueden ser nietos de esclavos que tomaron el apellido de su señor.
Los conquistadores portugueses fundaron Colombo, estableciendo aquí las primeras bases de la civilización europea. Cuando Portugal fué anexionada á España por Felipe II, los holandeses, en continua agresión contra las colonias españolas, se adueñaron de Ceilán, conservando esta isla, que puede llamarse gemela de Java por sus productos y su hermosura, hasta que á su vez los ingleses les arrojaron de ella.
Todos estos hombres con cabellera de mujer, rostro pintado, mirada inquietante, una chaqueta blanca abrochada sobre la epidermis y una pieza de tela inglesa arrollada á las piernas, tienen ennegrecida su dentadura y las encías hinchadas, de color sanguinolento. Las mujeres, feas é indolentes, que llevan por todo vestido una tela obscura á guisa de falda y un sari ó blusa muy corta, dejando visible la morcilla circular de su carne entre los bordes de ambas prendas, muestran una boca igualmente negra y ensangrentada. Todos mascan betel. Hasta los niños de corta edad tienen una sonrisa repugnante.
En medio de la muchedumbre cobriza se ven ancianos de tez puramente blanca. Deben pertenecer á una tribu medio extinguida, de las muchas que fueron superponiéndose en esta tierra considerablemente poblada por los aluviones de la civilización y la conquista. Algunos de estos arios, con barba blanca y un pedazo de tela por toda vestidura, recuerdan la estatua de Víctor Hugo desnudo cincelada por Rodín.
Lo mismo que Rangoon, es Ceilán un gran centro del budismo. En ambas regiones indostánicas dominan las doctrinas de Gautama. Vencidas hace mil años por los bracmanes en el resto de la India, tienen fuera de ella tantos millones de adeptos, que el budismo figura aún como la más numerosa de las religiones.
Se encuentran aquí los mismos bonzos de manto azafranado que en Rangoon; pero los sacerdotes budistas de Ceilán son mendicantes, viven de la caridad de los fieles, y sus envolturas deshilachadas ya no guardan el hermoso color primitivo á causa de su vejez. Todos llevan la olla de cobre debajo del manto, lo que les da, vistos de lejos, un aspecto de mujeres encinta. Se detienen ante los vendedores callejeros, abren su capa, avanzan la olla, reciben la limosna, y vuelven á cerrar la envoltura, prosiguiendo su camino.
Triunfante el brahmanismo en el resto de la India, vino á Ceilán en busca de su adversario. Los reyes de la isla, convertidos al budismo en los mejores tiempos de dicha religión, se mantuvieron fieles á ella, y todo el país es budista con cierta vanidad religiosa, considerándose superior á Birmania. Esto no impide que los bracmanes tengan varios templos en Colombo, extremando las ceremonias de su culto con un fervor propagandista. Sus pagodas están cubiertas exteriormente de cartelones colorinescos representando las apsarasas y otras divinidades del cielo induísta, todas ligeras de ropa, con desnudeces tentadoras. Unos sacerdotes voltean campanas en el atrio de estos pequeños templos; otros tañen dulzainas ó golpean tambores con ambas manos. Su estrépito para atraer creyentes recuerda el de los barracones de las ferias. Algunos bracmanes más jóvenes salen al medio de la calle para regalar guirnaldas de flores rojas y amarillas á los que pasan, invitándoles á que visiten su santuario.