Hasta en los jardines más céntricos de Colombo están los árboles cargados de cuervos. Duermen ó graznan sobre sus ramas; aletean por las avenidas, lo mismo que las palomas en los jardines de Europa. Un olor complejo de pimienta, de jazmín, de clavel, de sándalo y de murciélago vampiro, eternos perfumes de la India, sale á nuestro encuentro bajo todas las frondas.

Es famoso Ceilán por sus jardines botánicos. En el de Colombo admiramos las dimensiones de sus grupos de bambúes. El hombre resulta un insecto al lado de estas cañas que se remontan en el espacio hasta alturas sólo conocidas por los árboles colosos. Algunos de estos árboles abarcan con su raigambre á flor de tierra espacios tan extensos como sus copas, y el visitante, para llegar hasta el tronco, tiene que ascender por una sucesión de raíces exteriores, escalinata de peldaños torcidos y obscuros como trompas de elefante.

Cerca de este jardín botánico, poco considerado por los cingaleses cuando lo comparan con el de Paradenya, han construído los ricos de Ceilán toda una ciudad nueva de palacios. En sus avenidas es frecuente ver indígenas viejos elegantemente vestidos de blanco, como un funcionario recién llegado de Londres. Llevan, sin embargo, los pies desnudos y la peineta de los dos cuernecitos sobre su cabeza, tradicionalismo que no les impide ocupar un automóvil propio. Son los millonarios del país, los dueños de las plantaciones de té. Por conveniencia nacional propagan los ingleses en toda la tierra el té de su isla, pretendiendo establecer rivalidades entre Ceilán y la China. Son infinitamente superiores en número los que prefieren el brebaje chino, pero esto no obsta para que muchos cingaleses cultivadores de la citada hierba posean fortunas enormes.

El vecindario indígena de Colombo parece ocuparse del porvenir político de la India más que el de otras ciudades. Casi todas las tiendas ostentan el retrato de Gandy en lugar preferente. Es un retrato melodramático, que muestra al famoso agitador casi desnudo, sentado con las piernas cruzadas sobre las losas de su calabozo, y una reja á sus espaldas.

Gandy está en la cárcel desde hace meses á causa de su propaganda en favor de la independencia de la India, pero lo van á libertar de un momento á otro. Muchos comerciantes han colocado un anuncio sobre el mostrador declarando que venderán con rebaja de cincuenta por ciento el día que Gandy salga de su encierro.

Todos los que poseen tienda abierta y los que ofrecen géneros como vendedores ambulantes bajo las arcadas de la gran avenida usan zapatos. Consideran oportuno ir calzados para presentar á los viajeros las piedras de luna y las aguasmarinas que sacan á puñados de sus bolsillos envueltas en papel de seda, así como los zafiros más hermosos del mundo. Pero yo creo que al anochecer, cuando se retiran á sus viviendas, les falta el tiempo para descalzarse.

Afirman los ingleses que el indostánico abomina de los zapatos, y á causa de esto han establecido en sus casas particulares y en los hoteles que todo el que tiene rostro cobrizo debe marchar con los pies desnudos, sin distinción de categorías. Los recaderos de los «Palaces» de Colombo visten con una elegancia europea, extremadamente vistosa: dolmán escarlata de cinco filas de botones, gorro redondo inclinado sobre una oreja, á estilo de los soldados de la Guardia, placa de plata en el costado izquierdo, pantalones hasta la rodilla... y á partir de aquí las piernas desnudas. En los comedores de los grandes hoteles ya he dicho que los domésticos, uniformados á usanza oriental, llevan los pies desnudos, deslizándose silenciosamente en torno á las mesas que ocupan señoras y señores vestidos de ceremonia. Cuando el maître d'hôtel es indostánico, van de frac, con inmaculada pechera, corbata blanca, pantalón negro basta los pies, y sin zapatos.

—Hay que respetar las costumbres—dicen los ingleses establecidos en la India—. El nativo no quiere ir calzado, y sería una crueldad imponerle tal tormento.

Tengo un amigo en Bombay, doctor portugués que lleva más de veinte años en el país, y es hombre de ingenio, algo aficionado á las paradojas.

—No los crea usted—me dice—; pura hipocresía británica. Fingen respeto á las costumbres, pero lo que desean verdaderamente es que el indígena no se aficione á usar zapatos. Si los trescientos millones de indostánicos se calzasen, no quedarían suela ni cuero en el país para hacer envíos á las Islas Británicas. Y entre que lleven zapatos los vecinos de Londres ó los súbditos de la India, resuelven la cuestión afirmando que el indostánico sólo puede vivir descalzo y es preciso respetar sus aficiones.