Vuelan los cuervos en bandas sobre los prados ó se dejan caer en ellos, cubriéndolos con una sábana negra y ondeante. Los búfalos, al descansar sobre sus patas encogidas, mantienen en el lomo un pajarraco de esta especie, que hunde el pico en su pelambrera, buscando los parásitos incubados por la fecundidad tropical. Tiemblan las ramas de los árboles y resuenan sus hojas con el estrépito de carreras invisibles. Poco después, vemos descender por el tronco un lagarto de luenga cola, casi del tamaño de un gato, con el lomo partido en dos filas de verrugas negras y verdes.
Nuestro chófer indígena desvía de pronto su vehículo para evitar un obstáculo que sólo él ha podido distinguir. Siguiendo sus indicaciones, vemos la segunda mitad de una boa que debe tener cuatro metros de longitud y cuya redondez de tronco viviente está cubierta por una piel cuadriculada y tricolor. Este reptil extraordinario acaba de atravesar el camino y continúa deslizándose por uno de sus lados. Durante algunos segundos, marchan en igual dirección la boa y el automóvil. Puedo observar el resbalamiento de la bestia sin ver su cabeza, que se hunde en las ramas secas y en todos los obstáculos del suelo cortados por su arrastre. La tierra parece abrirse ante el zigzag de su cuerpo. Al avanzar levanta un susurro de hierbas dobladas, un crujir de hojas. De pronto le infunde inquietud nuestra compañía, tuerce su marcha á la izquierda, y remontando un pequeño ribazo, se pierde en la tupida vegetación.
Por la otra orilla del camino han pasado al mismo tiempo varias mujeres que llevan fardos ó vasijas sobre sus cabezas. No han hecho un gesto al ver á la serpiente ó no se han tomado el trabajo de enterarse de su presencia. La boa es una compañera de los habitantes del campo; no la temen como á la cobra, que mata casi instantáneamente con su mordedura. Sólo se atreve á enroscarse al hombre cuando lo encuentra dormido en la selva, y le rompe los huesos con el estrujamiento de sus anillos, que son su única arma agresiva.
Todas las viviendas, sueltas ó formando pueblos, tienen una columnata anterior, adornada con vasos colgantes de flores, y entre columna y columna vemos fuertes celosías hechas de una madera dura, casi tan resistente como el metal. Gracias á estos obstáculos que impiden el acceso á la casa y dejan pasar al mismo tiempo el aire de la noche á través de sus pequeños agujeros, los cingaleses consiguen dormir seguros y frescos en este país de calores sofocantes. Así no puede penetrar hasta su cama la serpiente, animal de gustos domésticos, que se siente atraída por la vivienda del hombre y acude á ella desde enormes distancias. También el tigre ronda junto á las celosías, seducido por la luz que filtran sus orificios, pero acaba por alejarse, creyendo tal obstáculo más fuerte que sus garras.
Nos encontramos frente al tigre una hora después de habernos tropezado con la boa. El gobierno de Ceilán ha construído en el camino de Kandy un jardín zoológico como no existe otro en ninguna parte de la tierra. Carece de edificios y los animales ignoran la estrechez de la jaula. Considerables espacios de selva están limitados por una alambrada de varios metros de altura, cuyos hilos metálicos tienen el grosor de un dedo. En estos compartimentos que ocupan centenares de metros cuadrados y carecen de techo, las fieras cingalesas saltan, corren, rugen, se suben á los árboles con toda libertad, como si estuviesen en campo libre.
Vemos muchos de estos animales sin abandonar nuestro camino. Los tigres, al darse cuenta de que pasan viandantes, avanzan hacia el borde de aquél con una cautela agresiva, preparándose para atacar, hasta que tropiezan con el enrejado. Aunque esta alambrada es fuerte examinada de cerca, parece mediocre desde lejos, al compararla con los árboles, los animales y las rocas que pueden contemplarse á través de su tejido. Hasta se duda de la existencia de dicho obstáculo, llegando en ciertos momentos á no verlo.
Pasamos una revuelta, verdosa y sombría bajo la cúpula que forman varios árboles al juntarse, y al otro lado de ella vemos de pronto un tigre casi encima de nosotros: un animal majestuoso por su tamaño, la piel rayada de blanco y oro, la cabeza tan enorme, que resulta en desproporción con el resto de su cuerpo. Este tigre real descansa en el brazo de un árbol de copa gigantesca, pero queda dentro de la red metálica, que ahora nos parece tan insignificante como una telaraña. Unos cuantos tigres más pequeños, indudablemente sus hijos, juguetean al pie del tronco, semejante por su anchura á un torreón negro. El terrible padre guarda la misma actitud de sus mocedades, cuando cazaba con toda libertad al hombre en las selvas, poniéndose al acecho en lo alto de los árboles para dejarse caer sobre los descuidados cingaleses.
Todos hemos visto tigres á través de los hierros de una jaula, animales entumecidos por la estrechez del espacio y una forzosa inmovilidad. Además, los hemos contemplado estando en el mismo plano. Aquí existe frente á nosotros un tigre majestuoso, con toda la robustez de la vida libre, y lo vemos de abajo á arriba, subido en un árbol, como un gato que toma el sol en un alero, sin más obstáculo intermediario que una especie de red que nos imaginamos fácil de saltar para una bestia de patas vigorosas, lo que resulta un espectáculo nuevo y poco tranquilizador.
El chófer ha detenido instintivamente su automóvil, interesado por dicha aparición. No es suceso ordinario que un animal de talla tan enorme abandone sus frondosidades predilectas para venir á curiosear en la orilla del camino. Lo tenemos casi encima de nosotros. Hemos de echar atrás nuestras cabezas para verle bien. La magnífica bestia deja caer de las esmeraldas de sus ojos dos chispas verdosas sobre las presas insolentes que la contemplan desde abajo. De tarde en tarde parpadea, entreabre las quijadas para dar salida á un mudo bostezo, y vuelve á mirarnos con despectiva fijeza. Sus pupilas color de mar tienen ahora dos redondeles amarillos como monedas de oro. Indudablemente estos ojos nos hablan:
—Miradme bien; aprovechad la ocasión. ¡Ay, si no existiese nada entre nosotros!